Escena IV
SOFRONIA y PUBLIO
PUBLIO
¡Aún aquí tú, Sofronia mía!
Mas ¿qué pesar te asalta? Ese encendido
color
del rostro..., de tu mano fría
el
temblor...
SOFRONIA
¡Tu ilusión!
PUBLIO No; yo he
sentido
minar
mi corazón lenta y traidora
una
sospecha ruin, y harto ha que veo
que tu pecho secretos atesora
que en vano espío y
comprender deseo.
SOFRONIA Publio, y has visto bien; honda tristeza
me
prensa el corazón.
PUBLIO ¿Quién,
dulce amiga
te
la pudo causar?
SOFRONIA Esta grandeza,
este
fausto de Roma me fatiga.
Ansío soledad, reposo
anhelo;
pluguiérame un lugar de aquí lejano
donde más puro
se gozara el cielo,
más libre el aire y el placer. más
llano.
Será un capricho mujeril si quieres,
mas á mí que te adoro, esposo mío,
tú me bastas, y el
lujo y los placeres,
de contento en lugar,
me dan hastío.
Si tú me amas así, la pompa deja
de
esta corte imperial, y los honores;
de
esta continua bacanal me aleja,
donde
parecen mal castos amores.
Salgamos de esta Roma
corrompida,
y
uno para otro amor, mutuo consuelo
dulce llevemos y envidiable vida
en más tranquilo y
retirado suelo.
PUBLIO No sé, Sofronia mía, qué adivino
de siniestro y fatal en tus palabras;
me extraña ese
capricho repentino;
todo tu corazón fuerza es que me abras.
¿Qué temes, di? ¿Qué dudas? ¿Qué recelas?
¿Qué secreta razón ó qué manía
á Roma te hace
odiar? ¿Por qué me velas
tu
recóndito mal, Sofronia mía?
SOFRONIA Siempre, Publio, te amé.
PUBLIO Lo sé.
SOFRONIA
Por eso,
constante
siempre, y respetada esposa,
guardar
supe tu honor puro e ileso
en
medio de esta Roma escandalosa.
Nunca temí que el
viento corrompido
que
en su recinto infame se respira
llegara
á un corazón bien defendido;
mas
esta débil esperanza expira.
PUBLIO Sofronia, si hasta á ti llegar osado
pudo
algún miserable libertino,
muy
mal con su razón lo ha consultado.
Nómbrale.
SOFRONIA
Es más fatal nuestro destino,
Publio. El suelo de
Roma es una sima
que
si con pronta fuga no evitamos
nos
sorberá por fin; mi aviso estima,
y
cree á mi corazón: Publio, partamos.
PUBLIO ¿Todo un glorioso porvenir es fuerza
que
abandonemos? Mi fortuna crece,
nada hay que mi favor derroque ó tuerza,
porque el
Emperador me favorece.
Mío es su imperio; la
pesada carga
del
gobierno en mis hombros deposita,
y
á mucho acaso mi ambición se alarga,
mucho
Roma tal vez me necesita.
Te confieso en verdad que algunas veces
la licencia
imperial me escandaliza;
mas
hombre soy, y mi ambición atiza
el
quererte ofrecer cuanto mereces.
SOFRONIA No pienses, P ublio, en mí: yo nada quiero;
tú
eres mi único bien, mas odio á Roma,
y de ella pronto que me alejes quiero.
PUBLIO Sofronia, ahora dejarla es imposible.
¿Mi cargo renunciar,
cuando á sus puertas
se
acerca con ejército terrible
Constantino? Sospechas daré ciertas
de, traición á
Majencio, y será acaso
mi sentencia
de muerte mi renuncia.
SOFRONIA Nuestra vida se encierra en frágil vaso,
Publio, y cercana
tempestad se anuncia.
Esta ciudad de
crimen, que se aduerme
arrullando el placer de sus señores,
tal vez anhela en su
reposo inerme
otra estirpe mejor de
emperadores.
PUBLIO ¡Sofronia!
SOFRONIA Sí, la sangre y la
vergüenza
el manto son en que se envuelve Roma.
¿Qué mucho, pues, que Constantino venza
á quien el yugo de la
infamia doma?
¿Qué hace tu Emperador? Pisa y viola
cuantas leyes
al pueblo dan amparo;
su
imperio airado, y sin razón, asola,
y
celebra sus vicios con descaro.
Contribuciones sin poder impuestas,
en festines opíparos
destruye,
embriaga al vulgo con
inmundas fiestas
y las damas romanas
prostituye.
Despierta, Publio; nada está seguro;
un capricho
imperial lo puede todo,
y
penetra el recinto más obscura
su
malicia infernal de cualquier modo.
PUBLIO Basta, Sofronia, basta; te
comprendo.
SOFRONIA Mira.
(Dándole la carta del EMPERADOR.)
PUBLIO ¡Y así me pagas mis servicios!
¡Y mientras yo tu imperio te defiendo,
víctima soy de tus horrendos vicios!
Claro lo veo
al fin: ¡tanta privanza,
tanto
imperial favor, tanta ventura,
mi
fe y mi lealtad no me la alcanza!
¡Es el precio no más
de su hermosura!
¡Basta, tirano; tu
vileza entiendo!
SOFRONIA
Salgamos, pues, de Roma.
PUBLIO Sí,
salgamos,
mas en las sombras de
la noche, huyendo,
antes que en su
poder, ambos caigamos.
Tengo ¡oh! Sofronia mía! felizmente,
regio
poder, y una orden de mi mano
nos franqueará las puertas libremente,
y el furor
burlaremos del tirano.
¡Oh! ¡Bien mi corazón
me lo decía!
No en vano fermentaban mis recelos.
Tienes razón; huyamos, alma mía,
y amparen píos
nuestro amor los cielos.
SOFRONIA Publio, y que pronto sea, porque acaso
ya
la astuta serpiente se introduce
bajo
el lecho nupcial, y un solo paso
á la
infamia ó á la muerte nos conduce.
PUBLIO ¿Tienes valor?
SOFRONIA Sí, Publio, para todo
todo
lo renuncié por amor tuyo,
y
á cuanto me ordenares, me acomodo:
«quédate», y permanezco;
«húyele», y huyo.
PUBLIO Pues
apréstate á huir; oro recoge
que nos compre otra
vida en otra tierra,
y que halle el
gavilán, cuando se arroje,
que
ya la red al colorín no encierra.
|