Escena XI
El EMPERADOR y
SOFRONIA
(SILANO, que la conduce, se aleja por el fondo, dejándola en
escena.)
EMPERADOR (Hela
aquí: su beldad admiro mudo.)
Salve, ¡oh Sofronia!
SOFRONIA Augusto, ya os
saludo.
EMPERADOR Deja, deja la grave ceremonia
y
humilde tono para el vulgo rudo.
Tu esclavo soy, no más:manda, ¡oh Sofronia!
SOFRONIA
Excusadme, señor, frases molestas
de galanteos, para mí
perdidos,
que ni en mis labios
hallarán respuestas,
ni hallarán atención
en mis oídos.
EMPERADOR Ya sé
que, mis ofertas rehusando,
mis amorosas cartas
no leíste;
y ya sé qué,
mi enojo despreciando,
á mi esclavo, tenaz,
«nunca»,dijiste.
Mas tu obstinada
resistencia entiendo:
conoces
lo que vale tu hermosura,
y a mis ojos la estás encareciendo:
bien haces, ¡oh
celeste criatura!
Mas baste ya de tu rigor injusto,
bañe tu faz,
bellísima Sirena,
en vez del ceño que la entolda adusto,
sonrisa de placer
dulce y serena.
¿De qué te sirve ¡oh ninfa encantadora!
tu ardiente corazón y
tu hermosura,
si se te va la vida
hora tras hora
en calma triste y
soledad obscura?
Otra existencia de placer te brinda
mi poder y mi
amor: deja que al cabo
el
tuyo, hermosa, á mi pasión se rinda;
déjame que á tus pies expire esclavo.
SOFRONIA Señor, mi corazón mentir no
sabe:
no
os amó nunca; y vuestro impuro halago,
imposible ha de ser que de él recabe
un solo
impulso del amor más vago.
Vos lo veis: encerrada eternamente
de
mi cámara oculta en el retiro,
se
desliza mi vida dulcemente,
sin que el placer de esta ciudad demente
me arranque al
corazón sólo un suspiro.
Noble, rica, envidiada y bien querida,
podría yo
llevar, si me pluguiera,
inquieta,
alegre y disipada vida,
como
vos la lleváis y Roma entera,
y
así, dejando vuestra ley cumplida,
á tachármela nadie se
atreviera;
mas
yo sé bien lo que á mi honor le debo,
y
vida tal, porque me importa, llevo.
EMPERADOR La llevas, pobre tórtola enjaulada,
la
llevas, porque nunca has sospechado
que tras los muros de que estás cercada,
otra vida hay mejor que
no has gozado.
¿Sabes tal vez cuán plácidas las horas
se van, fuera de este
ámbito sombrío?
¿Sabes tú cuántas fiestas seductoras,
cuánto en
delicias hierve encantadoras
esa
ancha Roma del imperio mío?
Un imperio de dicha y
bienandanza,
donde
el único fin es la ventura,
un
imperio de amor, donde no lanza
su
rayo el duelo, y el pesar no alcanza,
y donde reina libre la hermosura.
Pues bien: del universo
soberano
no
hay nada que á mi antojo se resista;
ese
imperio feliz está en mi mano,
yo le pongo á tus pies, es tu conquista.
SOFRONIA
Apartaos, señor, ved que me ofende
de vuestra
loca audacia la grandeza;
si
la hermosura ó el amor se vende,
no
se ha vendido nunca la nobleza.
EMPERADOR Óyeme, y ve la asoladora
llama
que tú en mi corazón has encendido,
fuego que más
tu resistencia inflama,
y
á odiar me arrastra cuanto tú no has sido.
Una sola mujer no hubo en mi imperio
á quien yo no llamara
esclava mía;
nunca
embozó mi amor vano misterio,
y
mandaba mi amor, no se rendía.
Mas no así al tuyo el corazón se atreve,
que cuanto te ama más, más se recela,
y más conoce que
arrastrarse debe
ante los sacros pies
del bien que anhela.,
Rendido está; mas tiéndele una mano,
y tu planta en pos dél tiende á mi trono.
Reina; y si sirve de mi fe en abono
ó halaga tu capricho soberano,
mándalo,
y á tu voz, polvo liviano
será esa Roma que excitó tu encono:
el orbe entero
se hundirá conmigo
si
una sonrisa de tu amor consigo.
SOFRONIA Basta, señor, que me afrentáis.
EMPERADOR
¡Sofronia!
SOFRONIA Ya sé que vuestro imperio abominable
avergüenza
á la misma Babilonia
por
vuestro ejemplo torpe y execrable.
Ya sé que en Roma,
sin pudor ni freno,
no
hay más Dios que el placer, más ley que el gusto;
cuanto
os halaga á vos se da por bueno,
cuanto
lleva al placer se da por justo.
Ya sé que al pueblo
mantenéis esclavo
con
la embriaguez del vino y la licencia,
sin
que haya un corazón que sepa bravo
acotar
vuestra bárbara impudencia:
sé que fiestas infames se instituyen;
leyes que la
hermosura os esclavizan
y á las nobles
matronas prostituyen,
y los vicios y el
crimen divinizan.
Mas no llega
hasta mí su aliento impuro:
en
mí se estrella vuestra ley tirana,
que aquí en mi pecho, tras de doble muro,
entera vive la
virtud romana.
¿Á mis plantas ponéis vuestra corona,
Emperador Augusto? Yo
la piso;
sepa
Roma que aún guarda una matrona
que la tuvo á sus pies y no la quiso.
EMPERADOR En
fiera saña tu soberbia loca
encendiera mi
pecho, si pudieran
palabras
que han salido de tu boca
producir más que amor. En mí no alteran
el que yo te
consagro, que esta llama,
que un ánima
vulgar sofocaría,
con tu frío desdén crece en la mía;
viento es tu voz que
su volcán inflama.
Yo te adoro,
Sofronia; mas escucha,
que aunque este amor no atajarán tus bríos,
de él me cercenan
indulgencia mucha,
y van al fin á
despertar los míos.
Mi capricho es mi ley; de hierro ó de oro,
bajo mi cetro estás:
de ambos elige.
SOFRONIA Estoy en vuestras manos, no lo ignoro;
mas
prefiero la muerte, ya os lo dije.
EMPERADOR ¡Muerte! Veamos, pues: fe ni ternura
no
bastan á rendirte á mis anhelos;
derroque, pues, la fuerza tu bravura;
todo ceda á mi
amor.
SOFRONIA ¡Valedme,
cielos!
(El EMPERADOR se lanza hacia SOFRONIA. Ésta le huye, y en tal
punto se presenta SILANO por la derecha.)
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