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| José Zorrilla Sofronia IntraText CT - Texto |
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Escena XI El EMPERADOR y SOFRONIA (SILANO, que la conduce, se aleja por el fondo, dejándola en escena.) EMPERADOR (Hela aquí: su beldad admiro mudo.) Salve, ¡oh Sofronia!
SOFRONIA Augusto, ya os saludo.
EMPERADOR Deja, deja la grave ceremonia y humilde tono para el vulgo rudo. Tu esclavo soy, no más:manda, ¡oh Sofronia!
SOFRONIA Excusadme, señor, frases molestas de galanteos, para mí perdidos, que ni en mis labios hallarán respuestas, ni hallarán atención en mis oídos.
EMPERADOR Ya sé que, mis ofertas rehusando, mis amorosas cartas no leíste; y ya sé qué, mi enojo despreciando, á mi esclavo, tenaz, «nunca»,dijiste. Mas tu obstinada resistencia entiendo: conoces lo que vale tu hermosura, y a mis ojos la estás encareciendo: bien haces, ¡oh celeste criatura! Mas baste ya de tu rigor injusto, bañe tu faz, bellísima Sirena, en vez del ceño que la entolda adusto, sonrisa de placer dulce y serena. ¿De qué te sirve ¡oh ninfa encantadora! tu ardiente corazón y tu hermosura, si se te va la vida hora tras hora en calma triste y soledad obscura? Otra existencia de placer te brinda mi poder y mi amor: deja que al cabo el tuyo, hermosa, á mi pasión se rinda; déjame que á tus pies expire esclavo.
SOFRONIA Señor, mi corazón mentir no sabe: no os amó nunca; y vuestro impuro halago, imposible ha de ser que de él recabe un solo impulso del amor más vago. Vos lo veis: encerrada eternamente de mi cámara oculta en el retiro, se desliza mi vida dulcemente, sin que el placer de esta ciudad demente me arranque al corazón sólo un suspiro. Noble, rica, envidiada y bien querida, podría yo llevar, si me pluguiera, inquieta, alegre y disipada vida, como vos la lleváis y Roma entera, y así, dejando vuestra ley cumplida, á tachármela nadie se atreviera; mas yo sé bien lo que á mi honor le debo, y vida tal, porque me importa, llevo.
EMPERADOR La llevas, pobre tórtola enjaulada, la llevas, porque nunca has sospechado que tras los muros de que estás cercada, otra vida hay mejor que no has gozado. ¿Sabes tal vez cuán plácidas las horas se van, fuera de este ámbito sombrío? ¿Sabes tú cuántas fiestas seductoras, cuánto en delicias hierve encantadoras esa ancha Roma del imperio mío? Un imperio de dicha y bienandanza, donde el único fin es la ventura, un imperio de amor, donde no lanza su rayo el duelo, y el pesar no alcanza, y donde reina libre la hermosura. Pues bien: del universo soberano no hay nada que á mi antojo se resista; ese imperio feliz está en mi mano, yo le pongo á tus pies, es tu conquista.
SOFRONIA Apartaos, señor, ved que me ofende de vuestra loca audacia la grandeza; si la hermosura ó el amor se vende, no se ha vendido nunca la nobleza.
EMPERADOR Óyeme, y ve la asoladora llama que tú en mi corazón has encendido, fuego que más tu resistencia inflama, y á odiar me arrastra cuanto tú no has sido. Una sola mujer no hubo en mi imperio á quien yo no llamara esclava mía; nunca embozó mi amor vano misterio, y mandaba mi amor, no se rendía. Mas no así al tuyo el corazón se atreve, que cuanto te ama más, más se recela, y más conoce que arrastrarse debe ante los sacros pies del bien que anhela., Rendido está; mas tiéndele una mano, y tu planta en pos dél tiende á mi trono. Reina; y si sirve de mi fe en abono ó halaga tu capricho soberano, mándalo, y á tu voz, polvo liviano será esa Roma que excitó tu encono: el orbe entero se hundirá conmigo si una sonrisa de tu amor consigo.
SOFRONIA Basta, señor, que me afrentáis.
EMPERADOR ¡Sofronia!
SOFRONIA Ya sé que vuestro imperio abominable avergüenza á la misma Babilonia por vuestro ejemplo torpe y execrable. Ya sé que en Roma, sin pudor ni freno, no hay más Dios que el placer, más ley que el gusto; cuanto os halaga á vos se da por bueno, cuanto lleva al placer se da por justo. Ya sé que al pueblo mantenéis esclavo con la embriaguez del vino y la licencia, sin que haya un corazón que sepa bravo acotar vuestra bárbara impudencia: sé que fiestas infames se instituyen; leyes que la hermosura os esclavizan y á las nobles matronas prostituyen, y los vicios y el crimen divinizan. Mas no llega hasta mí su aliento impuro: en mí se estrella vuestra ley tirana, que aquí en mi pecho, tras de doble muro, entera vive la virtud romana. ¿Á mis plantas ponéis vuestra corona, Emperador Augusto? Yo la piso; sepa Roma que aún guarda una matrona que la tuvo á sus pies y no la quiso.
EMPERADOR En fiera saña tu soberbia loca encendiera mi pecho, si pudieran palabras que han salido de tu boca producir más que amor. En mí no alteran el que yo te consagro, que esta llama, que un ánima vulgar sofocaría, con tu frío desdén crece en la mía; viento es tu voz que su volcán inflama. Yo te adoro, Sofronia; mas escucha, que aunque este amor no atajarán tus bríos, de él me cercenan indulgencia mucha, y van al fin á despertar los míos. Mi capricho es mi ley; de hierro ó de oro, bajo mi cetro estás: de ambos elige.
SOFRONIA Estoy en vuestras manos, no lo ignoro; mas prefiero la muerte, ya os lo dije.
EMPERADOR ¡Muerte! Veamos, pues: fe ni ternura no bastan á rendirte á mis anhelos; derroque, pues, la fuerza tu bravura; todo ceda á mi amor.
SOFRONIA ¡Valedme, cielos! (El EMPERADOR se lanza hacia SOFRONIA. Ésta le huye, y en tal punto se presenta SILANO por la derecha.)
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