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José Zorrilla
Sofronia

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  • Acto único
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Escena XIV

SOFRONIA y PUBLIO

PUBLIO    Llego al fin: allí está: ¡Sofronia, esposa!

 Pero ¡ay de mí! ¿Qué es esto? ¿Qué afrentosa

 sospecha infunde en mí tanto silencio?

 ¡Sofronia!

 

SOFRONIA                 ¡Atrás, verdugos de Majencio,

 atrás!

 

PUBLIO          Sueña tal vez. ¡Sofronia!

 

SOFRONIA                                               ¡Cielos!

 ¿Quién me nombra? Esa voz...

 

PUBLIO                                             ¡Sofronia mía!

 

SOFRONIA ¡Publio!

 

PUBLIO             Yo soy,

 

SOFRONIA                         ¡Tú colmas mis anhelos,

 cielo santo! Perdido te creía.

 

PUBLIO Y perdidos los dos sin duda estamos.

 

SOFRONIA No, pero unidos otra vez nos vemos,

 y sin mancilla aún nos conservamos.

 

PUBLIO Qué ¿el César...

 

SOFRONIA                            Juntos ya no le tememos.

 Mas pasa el tiempo, Publio: los instantes

 preciosos son. ¿Y Siro, el fiel esclavo?

 

PUBLIO ¿Siro? De entre sus labios expirantes

 el ay postrero de escucharle acabo.

 

SOFRONIA ¡Cómo!

 

PUBLIO             Es un caso horrendo.

 

SOFRONIA                                               Habla.

 

PUBLIO                                                  Escucha.

 Hoy el Emperador, con nuevo edicto,

 de Roma los cristianos ha proscrito.

 

SOFRONIA ¡A los cristianos!

 

PUBLIO                           Sí; mas gente mucha

 cuenta esa raza, que aunque ayer nacida,

 y ocho veces en Roma exterminada,

 cada día se ve más extendida

 y germina doquier bajo la espada.

 

SOFRONIA La mantiene su fe.

 

PUBLIO                             Su fe me asombra.

 Yo, sujeto al tiránico dominio,

 iba con mis lictores en la sombra

 pregonando su bárbaro exterminio.

 A par mío el Prefecto pretoriano

 pregonaba también de Baco y Flora

 la fiestas. Inundó el pueblo romano

 las calles y las plazas á deshora;

 y la alegría en unos, la pavura

 en otros, lo distinto de los cultos

 en la turba, produjo prematura

 la delación, la lid y los tumultos.

 El pueblo y los soldados se metieron

 en repentina lucha: los romanos

 sobre la raza condenada dieron,

 y se cubrió la tierra de cristianos.

 

SOFRONIA ¿De su señor en contra se volvieron?

 

PUBLIO No: libres y sin armas en las manos,

 de indignación y miedo sin asomos,

 dijeron á una voz: cristianos somos.

 

SOFRONIA ¡Oh!

 

PUBLIO        ¡Me espantó su heroica osadía!

 Cerré el pueblo con ellos: bajó Augusto

 con cuantas haces en palacio había.

 Y yo, sólo por ti sintiendo susto,

 sólo pensando en su pasión funesta,

 entre el tumulto huí: corrí exhalado,

 busqué á Siro en los pórticos de Vesta,

 mas le hallé á puñaladas traspasado,

 nuestra fuga á Majencio manifiesta,

 y yo también á muerte condenado

 supe que fuí con él. Sofronia mía,

 huyamos, si aún es tiempo todavía.

SOFRONIA Es tarde, Publio: la imperial sentencia

 por doquier nos ataja: las salidas

 tomadas nos tendrán: no hay resistencia.

 Demos ¡oh Publio! al César nuestras vidas,

 pues suyas son; y al cielo soberano

 ileso demos el honor romano.

 

PUBLIO ¿Nuestras vidas al César? ¿Yo á la muerte

 te he de entregar á ti, sin que el aliento

 me falte defendiéndote? ¿Yo verte

 resignado caer? No: ¡el firmamento

 antes sobre mi frente se desplome!

 Sígueme, pronto, ven: que no halle presa

 el león imperial cuando se asome.

 Partamos, pues.

 

SOFRONIA                         De atormentarte cesa,

 Publio infeliz, que su decreto ignoras.

 Viendo él mismo que nada me rendía,

 de nuestras vidas aplazó las horas.

 «Mañana, dijo, al expirar el día,

 si rendida á mi ley, mi ley no adoras,

 él cadáver será, tú esclava mía.»

 

PUBLIO ¡Villano! ¿Conque al fin desesperados

 moriremos los dos ó deshonrados?

 

SOFRONIA No, sino en calma, y como á nobles toca.

 

PUBLIO Tienes razón, Sofronia, te comprendo.

 Sálvenos este acero (su puñal), y su ira loca

 muertos nos halle aquí.

 

SOFRONIA                                    ¿Qué estás diciendo?

 

PUBLIO Noblemente es morir...

 

SOFRONIA                                      ¿Eso es nobleza?

 

PUBLIO Me confundes, Sofronia; no te entiendo:

 ¿cómo salvar si no nuestra cabeza?

 

SOFRONIA ¿No me has dicho que has visto á los cristianos

 con su humildad burlar su impía saña

 entregándose inermes en sus manos?

 

PUBLIO En su fe, esa humildad es una hazaña;

 mas en la nuestra, quien su honor aprecia

 muere como Catón, como Lucrecia.

 

SOFRONIA Publio, para burlar su ley tirana,

 ¿no alcanza más tu corazón pagano?

 

PUBLIO No: ¿qué poder atajará al tirano?

 

SOFRONIA El poder de mi fe: yo soy cristiana.

 

PUBLIO ¡Dioses, cristiana tú!

 

SOFRONIA                                Mi madre lo era,

 su fe es la mía: mas la fuerza adora

 de esta fe, de los flacos protectora,

 que tu honra salva y mi virtud entera.

 

PUBLIO ¡Cristiana!... ¡Oh nueva y doble desventura!

 ¡Por tu proscrita fe blanco de su ira,

 codicia de su amor por tu hermosura,

 el mundo entero contra ti conspira!

 

SOFRONIA Mi fe, del mundo entero me asegura.

 Ve, Publio, de mi Dios la omnipotencia,

 pues nos alienta su creencia santa

 á ofrecer con tan noble indiferencia

 al hierro y al dogal nuestra garganta.

 Ve el poder de este Dios que á la inocencia

 y á la debilidad da fuerza tanta,

 que nos hace morir dando á la vida

 deseada y alegre despedida.

 

PUBLIO Que á los verdugos sin piedad te arroja,

 que de los brazos de mi amor te arranca.

 ¡Injusto Dios por quien de sangre roja

 teñirse veo tu garganta blanca,

 y á quien no impido mi mortal congoja,

 ni el llanto que en mis párpados se estanca,

 que cuanto en ti esperé no me destruya

 sólo porque mi fe no es la fe tuya!

 

SOFRONIA No, Publio: ¡Dios, que nuestro amor ampara,

 que guarda nuestro honor ileso y puro;

 Dios, cuya gloria mi baldón repara;

 Dios, que me arranca del tirano impuro;

 Dios, que en pos de la muerte me prepara

 reino más duradero y más seguro;

 Dios, en quien busco en la aflicción asilo

 con fe sincera y corazón tranquilo

 Ese es mi Dios, ¡oh Publio! no esa impía

 creencia terrenal de oro y placeres

 que de nada nos vale en este día.

 

PUBLIO Grande es el Dios por quien tan grande mueres,

 muy grande es ese Dios, Sofronia mía,

 que á los niños inspira y las mujeres

 ese valor insigne que me espanta.

 

SOFRONIA Publio, el cielo es alfombra de su planta.

 No hay á sus ojos sombras ni misterios,

 nada pueden contra él nuestros tiranos;

 su soplo pulveriza los imperios.

 Publio, ese es Dios: el Dios de los cristianos.

 

PUBLIO Pues bien, Sofronia, acato su grandeza,

 su majestad conozco y fortaleza:

 mas no querrá ese Dios, es imposible

 que quiera que te expongas vanamente

 del tirano á la cólera terrible.

 Ven; justo es que antes libertarte intente

 por cuantos medios procurarme pueda:

 ven; si á tu salvación no hallo camino,

 el muro santo de tu fe te queda;

 cumple, Sofronia mía, tu destino.

 

SOFRONIA Pronto se cumplirá: mira.

(SOFRONIA señala al fondo, hacia donde PUBLIO se vuelve,

retrocediendo espantado.)

 




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