ESCENA IV
MÚSICA
Alzaos del sepulcro
los que dormís en paz.
Aún se oyen vuestros cánticos
gloriosos
resonar;
sobre
las alas rápidas
de las centurias van;
de vuestros nombres
ínclitos
la lumbre
celestial,
el
mundo por sus ámbitos
iluminando
está.
Alzaos del sepulcro
los que dormís
en paz.
Ni ingrata á vuestro espíritu
la patria desleal,
en vuestros secos
mármoles
os dejará
posar.
Con vuestra fama
espléndida
feliz
se ufanará,
si
acuerda á vuestras ánimas
origen
inmortal.
Alzaos del
sepulcro
los que dormís en paz.
Ábrense las puertecillas del escenario, cada
cual á su turno,
dejando ver una débil
aureola de luz, símbolo de la gloria, y se presentan á su vez HOMERO, VIRGILIO
y Shakespeare, coronados de laurel, apareciendo sus nombres sobre sus
respectivas puertas en letras de luz, y conforme van presentándose.
HOMERO ¿Quién á luz torna mis desiertos ojos?
¿Quién música tan dulce en mis oídos
vierte, y á vida
vuelve mis despojos,
en el abismo de la
sombra hundidos?
Oigo una voz más suave y halagüeña
que las aguas del
Xanto y del Eurotas,
que de mi
patria la ilusión risueña:
¡memorias dulces por la muerte rotas!
Alcanzo en el espacio, vagarosos,
ricos de gloria y varios en colores,
ir en montón
espíritus famosos
cantando al par su
religión y amores.
¿Quiénes son esos héroes que embozados
van en tropel, y
nacen de una lira
cuyos
cantares, con vigor lanzados,
de
mi Grecia el espíritu no inspira?
No conozco sus faces, escondidas
tras de los cascos
que los rayos doran,
ni comprendo
sus trovas, confundidas
con
plegarias al Dios á quien adoran.
No van á los
Elíseos por descanso,
ni
á Júpiter invocan, mas su acento
baja solemne y armonioso y manso
por la región
del azulado viento.
¡Cantad, héroes, cantad, que-mis oídos
os oyen con placer, y
el alma mía
en vuestros sones va
desconocidos,
á torrentes bebiendo la
armonía!
Yo os escucho,
cantad; mi largo sueño
mecéis
con vuestra voz: ¡cisnes extraños!
Verted deliciosísimo
beleño
en el insomnio de mis luengos años.
VIRGILIO Yo oí de entre las hojas de mi laurel
sonoro
brotar de un arpa
nueva el inspirado son,
y desperté sintiendo
de sus bordones de oro
los
misteriosos ecos herirme el corazón.
No fué, sin par Homero, la voz de tus valientes
ni el himno de tu
Grecia la música que oí;
sus notas son más
graves, y excitan reverentes
memorias religiosas
con que jamás viví.
No adornan sus misterios los mirtos de
Cartago,
la voz de las
Sibilas, ni el carro del Amor,
de Venus las palomas,
ni de Carón el lago,
ni el porvenir de
Roma, á quien fingí mejor.
Mas yo, mientras escuche las notas de esa
lira,
no quiero de
mi lecho volver al cabezal;
quienquiera que tú seas, quien con tu voz suspira,
tu canto no
interrumpas, ¡oh Bardo celestial!
Te escucho, y tu armonía dulcísima me suena
como la voz
lejana del espumoso mar,
como
el susurro manso de la floresta amena
y el ala de la garza que empieza á remontar.
La sombra de los olmos en la abrasada siesta,
de
un límpido arroyuelo el desigual rumor,
no
son para el viajero que á reposar se apresta,
cual para mí son dulces tus cántigas de amor.
Sí, canta, y de mi gloria, con
reverente oído
en
mi inmortal insomnio tu voz escucharé,
y
aromará mis sueños el plácido sonido
de tus palabras bellas, que comprender no sé.
Shakespeare Yo oí
su voz primera descendiendo
á esta mansión de sombra y de reposo,
y allá en el alma el
porvenir midiendo,
miré á lo
lejos y alcancé un coloso.
Yo te conozco bien, hijo del canto;
yo
comprendo la voz de esas quimeras
que
en un delirio misterioso y santo
lanzas
al mundo, de quien nada esperas.
¿Quién resiste tu
voz? Lanzada al cielo,
te franquea sus puertas eternales;
lánzala al
viento, y detendrá su vuelo
al
vivo lampo de sus mil fanales.
El averno, la mar y el orbe todo,
de
tu arpa cede al colosal imperio:
sí; cuanto existe de insondable modo,
de su existencia te
mostró el misterio.
¿Quién como tú? Los mundos á tu orden,
ante tus ojos
obedientes giran;
átomos son que
hierven en desorden,
y á tu voz nacen, y á
tu voz expiran.
Soplas sobre ellos, y á tu soplo viven;
si necesitan voz, les
das tu acento;
si forma, de tus
manos la reciben;
si atributos, les das
tu pensamiento.
Eres un manantial rico y fecundo,
tu lengua es un
torrente de ambrosía,
tu mente radia como
el sol, y el mundo,
al son de tu palabra
se extasía.
De águila son tus ojos; son tus alas
de ardiente querubín;
á las tormentas
en el impulso de tu
vuelo igualas,
y á reposar en el
cenit te sientas.
Allí sueltas tu voz, y allí á tu canto
el curso de los
astros se suspende;
Dios te envuelve en las orlas de su manto,
y en su divino
espíritu te enciende.
Sacerdote de Dios, cantas su gloria;
bardo de religión, tú
la penetras;
tu patria diviniza tu
memoria,
y los sabios aprenden
de tus letras.
Canta, y en tanto que tu genio aborte
de místicos fantasmas
luenga tropa,
á la sombra inmortal
de su cohorte
yo dormiré, y
aplaudirá la Europa.
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