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José Zorrilla
Apoteosis de Don Pedro Calderón de la Barca

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ESCENA IV

MÚSICA                 Alzaos del sepulcro

               los que dormís en paz.

 

    Aún se oyen vuestros cánticos

 gloriosos resonar;

 sobre las alas rápidas

 de las centurias van;

 de vuestros nombres ínclitos

 la lumbre celestial,

 el mundo por sus ámbitos

 iluminando está.

           Alzaos del sepulcro

        los que dormís en paz.

 

    Ni ingrata á vuestro espíritu

 la patria desleal,

 en vuestros secos mármoles

 os dejará posar.

 Con vuestra fama espléndida

 feliz se ufanará,

 si acuerda á vuestras ánimas

 origen inmortal.

            Alzaos del sepulcro

          los que dormís en paz.

Ábrense las puertecillas del escenario, cada cual á su turno,

dejando ver una débil aureola de luz, símbolo de la gloria, y se presentan á su vez HOMERO, VIRGILIO y Shakespeare, coronados de laurel, apareciendo sus nombres sobre sus respectivas puertas en letras de luz, y conforme van presentándose.

 

HOMERO    ¿Quién á luz torna mis desiertos ojos?

 ¿Quién música tan dulce en mis oídos

 vierte, y á vida vuelve mis despojos,

 en el abismo de la sombra hundidos?

    Oigo una voz más suave y halagüeña

 que las aguas del Xanto y del Eurotas,

 que de mi patria la ilusión risueña:

 ¡memorias dulces por la muerte rotas!

    Alcanzo en el espacio, vagarosos,

 ricos de gloria y varios en colores,

 ir en montón espíritus famosos

 cantando al par su religión y amores.

    ¿Quiénes son esos héroes que embozados

 van en tropel, y nacen de una lira

 cuyos cantares, con vigor lanzados,

 de mi Grecia el espíritu no inspira?

    No conozco sus faces, escondidas

 tras de los cascos que los rayos doran,

 ni comprendo sus trovas, confundidas

 con plegarias al Dios á quien adoran.

    No van á los Elíseos por descanso,

 ni á Júpiter invocan, mas su acento

 baja solemne y armonioso y manso

 por la región del azulado viento.

    ¡Cantad, héroes, cantad, que-mis oídos

 os oyen con placer, y el alma mía

 en vuestros sones va desconocidos,

 á torrentes bebiendo la armonía!

    Yo os escucho, cantad; mi largo sueño

 mecéis con vuestra voz: ¡cisnes extraños!

 Verted deliciosísimo beleño

 en el insomnio de mis luengos años.

 

VIRGILIO    Yo de entre las hojas de mi laurel sonoro

 brotar de un arpa nueva el inspirado son,

 y desperté sintiendo de sus bordones de oro

 los misteriosos ecos herirme el corazón.

    No fué, sin par Homero, la voz de tus valientes

 ni el himno de tu Grecia la música que ;

 sus notas son más graves, y excitan reverentes

 memorias religiosas con que jamás viví.

    No adornan sus misterios los mirtos de Cartago,

 la voz de las Sibilas, ni el carro del Amor,

 de Venus las palomas, ni de Carón el lago,

 ni el porvenir de Roma, á quien fingí mejor.

    Mas yo, mientras escuche las notas de esa lira,

 no quiero de mi lecho volver al cabezal;

 quienquiera que tú seas, quien con tu voz suspira,

 tu canto no interrumpas, ¡oh Bardo celestial!

 Te escucho, y tu armonía dulcísima me suena

 como la voz lejana del espumoso mar,

 como el susurro manso de la floresta amena

 y el ala de la garza que empieza á remontar.

    La sombra de los olmos en la abrasada siesta,

 de un límpido arroyuelo el desigual rumor,

 no son para el viajero que á reposar se apresta,

 cual para mí son dulces tus cántigas de amor.

    Sí, canta, y de mi gloria, con reverente oído

 en mi inmortal insomnio tu voz escucharé,

 y aromará mis sueños el plácido sonido

 de tus palabras bellas, que comprender no .

Shakespeare    Yo su voz primera descendiendo

 á esta mansión de sombra y de reposo,

 y allá en el alma el porvenir midiendo,

 miré á lo lejos y alcancé un coloso.

    Yo te conozco bien, hijo del canto;

 yo comprendo la voz de esas quimeras

 que en un delirio misterioso y santo

 lanzas al mundo, de quien nada esperas.

    ¿Quién resiste tu voz? Lanzada al cielo,

 te franquea sus puertas eternales;

 lánzala al viento, y detendrá su vuelo

 al vivo lampo de sus mil fanales.

    El averno, la mar y el orbe todo,

 de tu arpa cede al colosal imperio:

 sí; cuanto existe de insondable modo,

 de su existencia te mostró el misterio.

    ¿Quién como tú? Los mundos á tu orden,

 ante tus ojos obedientes giran;

 átomos son que hierven en desorden,

 y á tu voz nacen, y á tu voz expiran.

    Soplas sobre ellos, y á tu soplo viven;

 si necesitan voz, les das tu acento;

 si forma, de tus manos la reciben;

 si atributos, les das tu pensamiento.

    Eres un manantial rico y fecundo,

 tu lengua es un torrente de ambrosía,

 tu mente radia como el sol, y el mundo,

 al son de tu palabra se extasía.

    De águila son tus ojos; son tus alas

 de ardiente querubín; á las tormentas

 en el impulso de tu vuelo igualas,

 y á reposar en el cenit te sientas.

    Allí sueltas tu voz, y allí á tu canto

 el curso de los astros se suspende;

 Dios te envuelve en las orlas de su manto,

 y en su divino espíritu te enciende.

    Sacerdote de Dios, cantas su gloria;

 bardo de religión, tú la penetras;

 tu patria diviniza tu memoria,

 y los sabios aprenden de tus letras.

    Canta, y en tanto que tu genio aborte

 de místicos fantasmas luenga tropa,

 á la sombra inmortal de su cohorte

 yo dormiré, y aplaudirá la Europa.

 




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