ESCENA IV
DON PEDRO, en
la reja. DOÑA ELVIRA, en el jardín.
ELVIRA Mi don
Pedro, perdón si misteriosa
dando á un santo
deber rostro liviano,
amiga infiel y amante
mentirosa,
tu limpio amor al
parecer profano.
Si ora verme pudieras
y escucharme,
¡oh! con harta razón
me detestaras;
mas cuanta más
hallaras para odiarme,
mayor razón para
quererme hallaras.
Tú me creyeras á tu amor perjura,
y nunca en tu cariño más constante,
en las tinieblas de la noche obscura
cuanto muestro liviana, guardo amante.
No lo alcanzas, lo
sé; mas siempre ignora
este secreto que mi
honor no infama,
siempre mi firme
corazón te adora,
segura amante ó sospechosa
dama.
PEDRO (En la reja.)
¿A qué para venderme,
misteriosa,
dar á esotra pasión
rostro liviano?
¿Por qué si no me
amas, mentirosa,
tu amor me velas á mi
amor profano?
¡Oh, si pudieras verme y escucharme,
cómo mi atrevimiento detestaras!
¡Mas si razón tenías
para odiarme,
medio mejor de
despedirme hallaras!
No así liviana y á tu
amor perjura,
acudiendo á misterios de constante,
en el isilencio de la noche obscura
vendieras al galán
con el amante.
¡Ése el secreto fué,
que ya no ignora
mi alma ofendida y
que tu honor infama!
Perdióte al fin mi
amor pero aun te adora
segura amante ó
sospechosa dama.
ELVIRA Siento pasos.
PEDRO
Sin duda de esa puerta
dióle las llaves.
ELVIRA ¡Ayudadme, cielos,
que mi inocencia veis!
PEDRO ¡Celos,
alerta,
que pues sueños no son, ya no sois celos!
|