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José Zorrilla
Cada cual con su razón

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  • Acto tercero
    • ESCENA VI
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ESCENA VI

EL MARQUÉS é INÉS.

INÉS ¡Señor! ¡Señor!

 

MARQUÉS                          ¿Qué traéis,

 que ni hablar, dueña, podéis?

 

INÉS Ahí están.

 

MARQUÉS                 ¿Quiénes?

 

INÉS                                  Los dos.

 

MARQUÉS ¿Quién son los dos?

 

INÉS                                 Por la puerta

 del jardín entrando están;

 ved que son ellos, don Juan.

 

MARQUÉS Mas ¿quién son?

 

INÉS                            Estoy muy cierta

 que es el Rey.

 

MARQUÉS                        ¡El Rey!

 

INÉS (Señalando al balcón.)

                                        Miradle.

 

MARQUÉS (Azorado.)

 Guardad las puertas, Inés;

 detenedle.

 

INÉS                   Inútil es,

 que entra ya.

 

MARQUÉS (Poniendo mano á la daga, y mirando al cielo.)

                        ¡Señor, salvadle!

 Bien; á Elvira me llamad.

(Vase Inés.)

 Pronto, dueña. ¡Santo Dios,

 libres saldremos los dos,

 ó muertos, de la ciudad!

(Con profunda agitación.)

 Mataré al Rey; es su estrella...

 No, ¡por Cristo! Noble soy;

 matarla prefiero á ella.

 Mas ¿cómo, siendo tan bella,

 tan sin culpa? ¡Loco estoy!

 Venceré tal enemigo

 muriendo yo seré cruel

 tan solamente conmigo.

 Más dejándola con él,

 en mi muerte, qué consigo?

 ¿A ella?... Nunca, que es mi amor.

 ¿A él?... No puedo, que es mi rey.

 ¿A mí?... En peligro mayor

 la dejo... ¡Maldita ley

 del orgullo y del honor!

 ¿Conque valerme no puedo

 contra un hombre que me ultraja?

 ¿Conque habré de estarme quedo

 cual si me infundiera miedo

 quien mis puertas descerraja?

 Mas ¿no viene contra mí?

 ¿Y no es defenderme ley

 de quien va á ofenderme? Sí.

 Mas ¿cómo puedo ¡ay de mí!

 defenderme contra el Rey?

 Pasos allá abajo siento;

 miraré por el balcón.

 Mas... ¡cielos qué pensamiento!

 Dios me da en este momento

 tan osada inspiración.

(Se sienta en el velador, escribe una carta, la cierra, la pone junto á la lámpara, pone el velador junto al sofá y llama.)

 ¡Oh, sí!..., escribo...; bien está:

 dejo á la luz el papel...

 cerca de ella...; á hablarla irá,

 verá el papel, le leerá,

 y en sí volverá con él.

 ¡Elvira! ¡Inés!

(Llamando.)

 

INÉS Y ELVIRA (Saliendo.)

                         ¿Qué mandáis?

 

MARQUÉS Una copa.

 

INÉS                  ¿En vos estáis

 

MARQUÉSInés, que sale.)

 ¡Calle!...

D. Elvira, señalando el sofá.)

                 Reclínate aquí,

 y haz que duermes.

 

ELVIRA                               Mas ¿miráis

 que á solas...

 

MARQUÉS                       Yo estaré allí.

(Al interior.)

(La dueña trae las copas: el Marqués las deja sobre el velador, quita la luz de los ojos de D. Elvira, que se habrá reclinado en el sofá, mira por el balcón, etcétera, etc., todo con el cuidado más prolijo, como quien pone á riesgo en ello cuanto puede tener de más interés el corazón de un buen padre)

D. Elvira.)

 Por más que intente apurar

 no despiertes, ¡por tu vida!

 Por el balcón ha de entrar.

 Le abro.

(Abre el balcón, va á salir, y vuelve para decir á D. Elvira:)

 

ELVIRA                 Ve que eres perdida

 si no sabes despertar.

 




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