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José Zorrilla
Cada cual con su razón

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  • Acto segundo
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ESCENA X

EL REY, D. ELVIRA, D. PEDRO y EL MARQUÉS.

El Rey recobra la majestad de su persona, aparentando su afectada galantería. Doña Elvira muestra temor; Don Pedro, celos; y el Marqués sigue recatando el rostro como en el acto primero.

REY (Con arrogancia)

    ¿Quién sois vosotros, que doquier tenaces

 seguís á vuestro Rey? ¿Dais al olvido

 que ahuyenta las salvajes alimañas

 del soberbio león ronco el rugido?

 ¿Me entendéis? Despejad.

 

PEDRO (Adelantándose con orgullo.)

                                             Mucho te engañas

 si piensas aterrarme con tus voces.

 Si imbéciles reptiles de repente

 á la voz del león huyen veloces,

 atrevida le aguarda la serpiente.

 Bajo tu ley nací, nací vasallo,

 mas también á su dueño se somete

 el orgulloso y lidiador caballo,

 y tira, sin embargo, á su jinete.

 Óyeme ¡oh Rey! y mi cuestión decide.

(El Rey se cala su sombrero, que habrá dejado sobre el velador en la anterior escena, y sentándose en el sillón dice con la altivez y majestad que requiere la situación:)

 

REY Valiente me pareces; ya te escucho;

 habla, y con tiento tus palabras mide,

 que hablando con tu Rey te importa mucho.

 

PEDRO No sé quién soy; el nombre con que firmo,

 no sé, Felipe cuarto, á quién le debo;

 mas ó villano ó real, me lo confirmo,

 y con audacia y altivez le llevo.

 Ignoro todavía por qué mano,

 de oro y consejos mi porción recibo;

 mas buenos son, de noble y castellano,

 y humilde yo los obedezco y vivo.

 No conocí ni padres ni parientes,

 que me esquivó el placer desde la cuna;

 solo he vagado entre diversas gentes

 esto es mi porvenir y mi fortuna.

(Mostrando la espada.)

 Llegué un día de Flandes á esta casa,

 que en anónima carta me mostraron

 como un asilo en mi orfandad, y pasa

 de años seis que sus puertas me franquearon.

 Aquí á Elvira encontré, y aquí amé á Elvira.

 La adoro ¡oh Rey! y voto al firmamento

 que si no ha sido su pasión mentira,

 su amor con nadie en dividir consiento.

 Yo no tengo más padres, más hermanos,

 más ilusión que Elvira, y más fortuna:

 robármela es ahogar con necias manos

 al tigre sus cachorros en la cuna.

 Ahora bien, pues no tengo otra esperanza,

 ni otra ventura en mi existencia quiero,

 tigre seré que por la selva avanza,

 vengador de sus hijos, carnicero.

 No transijo con rey ni con villano,

 y meditadlo bien, que yo, altanero,

 si noble no nací ni caballero,

 me siento con aliento soberano.

 

MARQUÉS Basta, mancebo, basta; tu nobleza

 bien la audacia atestigua de tu boca;

 tu causa acaba do la mía empieza;

 cédeme tu lugar, que á mí me toca.

(Pónese delante del Rey, recatando el rostro como hasta aquí.)

(Al Rey)

 Yo amaba á una mujer más que á mi vida,

 era el único bien que me quedaba;

 luz de mis ojos, para mí perdida,

 presa de la vejez, ¿qué me restaba?

 Un mancebo, señor, fué sin consejo

 el bien á hurtarme que perdido lloro;

 la sedujo, le amó, y el pobre viejo

 quedó en su soledad sin su tesoro.

 

REY ¿Sin espada os dejó? ¿Qué hicisteis de ella?

 

MARQUÉS No me atreví con él.

 

REY                                  Cobarde fuisteis.

 

MARQUÉS No era esquivar por eso la querella.

 

REY Entonces, ¿por qué, pues, lo consentisteis?

 

MARQUÉS Porque noble nací.

 

REY                               Y ¿eso es nobleza?

 

MARQUÉS Yo ni ultrajado con mi rey me atrevo.

 

REY ¡Mentís, anciano!

 

MARQUÉS (Desembozándose.)

                               Por mejor certeza,

 doña Ana era mi amor, vos el mancebo.

(El Rey se levanta y le mira. Don Pedro pone mano á la daga, y D. Elvira exclama:)

 

ELVIRA ¡Padre mío!

 

PEDRO                     ¡Su padre!

 

MARQUÉS (Á D. Elvira.)

                                         (Aparta.)

(Á D. Pedro.)

                                                          (Tente.)

(Al Rey.)

 Perdonar pude al Príncipe, debía;

 mas al futuro Rey mengua sería

 igualar con don Juan de Benavente.

 

REY ¿Me amenazáis?

 

MARQUÉS                            No sé, mas escuchadme.

 El Rey gozó mi amor, y por cubrillo...

 (¿que lo diga teméis? mas perdonadme),

 me encerrasteis, señor, en un castillo.

 

REY Basta, Marqués; si en el castillo os tuve,

 fué por traidor no más, que vuestra gente

 alzasteis contra mí; mas presto anduve

 y sofoqué la hoguera de repente.

 ¿Calláis? Vos el rebelde fuisteis, sólo

 lo sabemos los dos bien á conciencia;

 pagarnos fué no más dolo por dolo,

 por eso fué prisión vuestra sentencia.

 

MARQUÉS Mal lo entendéis; no os pido de doña Ana

 cuentas aquí, que de mi honor las pido.

 

REY (Con desprecio.)

 Si hija hubierais á fe menos liviana,

 jamás hubiera por su amor venido.

 

MARQUÉS (Avergonzado.)

 ¡Oh, que tenéis razón!

 

PEDRO                                     Yo no soy padre.

 Yo también de su amor os pido cuenta;

 mirad si me la dais.

 

REY                                ¡Tal vez te cuadre

 que olvide que soy rey! ¿No te contenta?

 

PEDRO Pláceme, ¡vive Dios! y defendeos.

 

REY (Sin hacer caso de D. Pedro.)

 Marqués, por el balcón llamad mi gente

 y que os prenda otra vez.

 

ELVIRA (Dando el papel á su padre.)

                                            Señor, teneos,

 que perdonado estáis, si no inocente.

 

REY ¿Qué es eso?

 

ELVIRA                        Su perdón; lo habéis sellado.

 

MARQUÉS ¡Hija mía!

 

ELVIRA                  Mirad si obré liviana;

 tanto á vos por mi padre me he humillado.

 

REY (Después de un momento de silencio.)

 Dos partess tiene esa promesa insana;

 os perdono, Marqués, cumplo la mía.

(Don Pedro se adelanta hacia el Rey. El Rey sin hacerle caso se dirige primero á D. Elvira)

 

PEDRO Que falta ved la de quien no perdona.

 

REY (Á D. Elvira.)

 Para cumplir la vuestra os doy un día;

 (Á D. Pedro, con desprecio.)

 y á vos..., ved quién os presta una corona.

(El Rey sale apartando á D. Pedro y cae el telón.)

 

 




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