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| José Zorrilla Cada cual con su razón IntraText CT - Texto |
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ESCENA VII DOÑA ELVIRA en el sofá fingiendo profundo y letárgico sueño. EL REY entrando por el balcón.
REY (Hacia fuera.) ¡Alerta estad, don Guillén! El papel me sorprendió, mas á mi vez vengo yo á sorprenderles también. (Viendo á D. Elvira.) ¡Qué veo! ¿Me engaño?... ¡Oh, no! Duerme: ¡cuán hermosa está! (Vuelve la luz de modo que le dé en los ojos.) No manchan tintas extrañas su tez, y el fulgor que da la luz, prolongando va la sombra de sus pestañas. ¡Nunca vi rostro como él! Sublime á par que sencillo, dióle con dócil pincel sus contornos Rafael y su misterio Murillo. Al contemplarla tan bella en su imprudente descuido, mi audacia en su faz se estrella, y estoy, ¡vive Dios! corrido al verme delante de ella. ¡Cuál se agita mansamente con la igual respiración! ¡Qué sueño tan inocente! El blando compás se siente con que late el corazón. Á interrumpírsele voy y á sus pies me arrojaré. (Dudando.) No, que duerma... Necio estoy. ¿Su fe no ha empeñado hoy? Sí; pues que su amor me dé. (Llamándola.) ¿Elvira? No me responde. ¿Elvira? ¡Sueño tenaz! ¡Si lo fingiera falaz!... No, que su pecho no esconde tan villana liviandad. Elvira..., mi bien..., mi dueño... Calla: qué piense no sé. Bastara si fuera empeño, mas en mujer no vi, á fe, jamás tan profundo sueño. Túrbase más mi deseo cuanto dudo en su virtud. (Ve la carta.) Mas ¡cielos! ¿Qué es lo que veo? Aquí hay una carta, creo puesta de intento á la luz. (Mirándola.) ¿Mi necia ilusión me engaña? Es el sobre para mí. Sí claro está: ¡cosa extraña! Felipe cuarto de España...; entero está el nombre, sí. Ábrola y leo. (Lee.) «Señor morir así fué su estrella; yo, mirando por mi honor, matéla tan sólo á ella, que ó vos no tuve valor. El sueño en que la encontráis, sueño es de mortal veneno: vos muerte, señor, la dais; que despierte no temáis, que no hay ya vida en su seno.» ¡El alma á creer no acierta tan extrema bizarría! ¡Elvira!... No, no despierta. ¿Conque es verdad que está muerta..., y pensaba que dormía? ¿Conque por mí te mataron, casta y celestial belleza? ¿Por mí al mundo te robaron? ¿Por mí tu cristal quebraron, vaso de limpia pureza? Aun que respira parece, aun tenue calor conserva, cual seca y estéril crece en muralla que envejece, recia é inútil la hierba. (Ruido de espadas dentro.) Mas ¡qué rumorl ¡Por quien soy, que es de acero contra acero! ¿Hay más desventuras hoy? De mí mismo huyendo voy. (Va á salir por el balcón, y al mismo tiempo salta por él D. Pedro en la escena, diciendo:)
PEDRO Buenas noches, caballero.
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