ESCENA IV
DON RODRIGO y THEUDIA.
(Llueve.)
RODRIGO Háblame de mi España, Theudia amigo;
háblame de ella tú,
que fuiste el solo
en quien traición tan
fea no halló abrigo,
en quien tu pobre Rey
no encontró dolo.
Dime, ¿conserva aún
el pueblo hispano
recuerdo alguno de la
antigua gloria?
¿Qué piensa del
vencido Soberano?
Theudia, ¿qué sitio
ocupa en su memoria?
THEUDIA No me lo preguntéis.
RODRIGO ¡Ah! Te comprendo:
me culpa sólo á
mí.
THEUDIA Sois el
vencido,
RODRIGO Desengaño es á un rey, duro y tremendo.
¿Conque sólo me
dan...
THEUDIA Mengua ú
olvido.
Mas basta ya, que
vuestro afán entiendo.
Y ¿cómo os hallo aquí?
RODRIGO Triste es
mi historia,
Theudia.
THEUDIA Y la mía.
RODRIGO Y yo, ¿cómo te
hallo?
THEUDIA Huyendo
de los moros.
RODRIGO ¿La
victoria
llevan?
THEUDIA Ya
es nuestro pueblo su vasallo.
RODRIGO ¡Tierra infeliz!
Sí, á fe. Toda la ocupan
esos infieles
ya.
RODRIGO ¿Ya nada resta?
THEUDIA Un rincón
en Asturias, do se agrupan
los que escaparon de la lid funesta.
RODRIGO Pero ¿podrán allí...
THEUDIA No pueden
nada,
por más que, de ira y de venganza rayo,
levantó su pendón con alma osada
vuestro valiente
primo don Pelayo.
RODRIGO ¿Y mis
nobles con él?
THEUDIA No, no hay
ninguno.
RODRIGO ¡Ninguno dices!
THEUDIA Perecieron todos
á manos de los moros uno á uno.
RODRIGO ¿Qué
resta, pues, de los ilustres godos?
THEUDIA Vos y yo
nada más; porque no cuento
al que con vil
traición nos ha vendido.
RODRIGO ¿Aun vive
don Julián?
THEUDIA Para escarmiento
de los que á sus contrarios han servido.
RODRIGO ¡Vive! Y
¿qué es ora de él?
THEUDIA En
una torre
estuvo largo tiempo,
mas con maña
huyó de allí... Su
estrella le socorre.
RODRIGO Sí, sí; mi estrella, tan fatal á España.
¡Ay, bien mi corazón
me lo decía:
su estrella marcha
con la estrella mía!
THEUDIA ¿Qué es
lo que habláis, señor?
RODRIGO
Es mi secreto.
(No para ti, de mi
amistad objeto.)
Es agüero fatal que á fin terrible
de mi existencia el término ha
sujeto.
THEUDIA ¡Y en
agüeros creeis! Es imposible.
RODRIGO Theudia,
son los destinos celestiales
inmutables, y es justo su castigo
para los que han causado tantos males
en la tierra, cual yo.
THEUDIA Soñais os
digo.
El noble osado que su
suerte afronta,
hace cejar á su
enemiga suerte,
ó halla tranquilidad
segura y pronta
en el reposo de
gloriosa muerte.
Eso es
superstición.
RODRIGO Yo ya sabía
que el insensato
mundo,
miedo ó superstición
lo llamaría.
¡Mas ¡ay! que es la verdad!
THEUDIA Y á
ese villano...
RODRIGO El cielo, de los godos enemigo,
para que acabe al
fin, guarda su mano,
con todos de una vez
dando conmigo.
THEUDIA ¡Ay, si yo doy con él! En la frontera
le perdí.
RODRIGO
¿Le seguíais?
THEUDIA Desde el
día
que vi frente á las
nuestras su bandera,
vengar de ello juré á
la patria mía.
Y de soldado suyo
disfrazado,
de aventurero ya, ya de mendigo,
fuí su sombra doquier, doquier he
estado
de él en acecho, y la traición conmigo.
Mas un poder oculto le defiende;
jamás en ocasión hallarme pude.
RODRIGO En vano, sí, tu lealtad pretende
que el cielo en ello
vengador te ayude.
THEUDIA ¡Ay si me vuelvo á ver sobre su huella!
¡Ay si algún día mi
furor le alcanza!
No ha de valerle
contra mí su estrella.
Será, como él,
traidora mi venganza.
RODRIGO No, Theudia, es imposible... Inútil brío.
Oye, y ésta conserva
en tu memoria,
página triste de mi
triste historia.
Al salir de las aguas
de aquel río
do me vistes caer sin
la victoria,
y en cuya agua se
hundió cuanto fué mío,
abandoné el caballo y
la armadura,
cambié con un pastor
mi vestidura,
y con todo el pesar
del vencimiento
despechado me entré
por la espesura,
cual de esperanzas
ya, falto de aliento.
¡Cuánto, Theudia,
sufrí! Triste, perdido,
de mi reino crucé por las llanuras,
en hambre y soledad, como un bandido
que huyendo de la ley camina á obscuras.
Era la hora en que la luz se hundía
tras las montañas, y la niebla densa
por todo el ancho de la selva
umbría
iba tendiendo su
cortina inmensa.
Con el cansancio y el
temor y el duelo,
fiebre traidora me
abrasaba ardiente,
sin ver dónde acudir en aquel suelo
en que nunca tal vez habitó gente.
Cuanto con más esfuerzos avanzaba
viendo si al llano
por doquier salía,
más la selva á mis pasos se cerraba,
más en la negra oscuridad me
hundía.
Un vértigo infernal
apoderóse
de mi alma..., y sin
luz y, sin camino,
á mi exaltada mente presentóse
toda la realidad de
mi destino.
Rey sin vasallos, sin amigos hombre,
en mi raza extinguido el reino
godo,
sin esperanza, sin
honor, sin nombre,
perdido, Theudia,
para siempre todo.
¡Cuán odioso me vi!
Despavorido,
á pedir empecé con
grandes voces
auxilio en el
desierto; mas perdido
fué mi acento en las
ráfagas veloces
á expirar en los senos del espacio...,
y á impulso entonces del furor
interno,
maldiciendo mi
estirpe y mi palacio,
con sacrílega voz
llamé al infierno.
THEUDIA ¡Cielos!
RODRIGO Y
él me acudió; sulfúrea lumbre,
rauda encendió
relámpago brillante,
y en mi pecho
siniestra incertidumbre.
Sentí algo junto á
mí; miré un instante,
y á la sulfúrea, luz,
monje sombrío
á mi lado pasó, y á
su presencia
tembló mi corazón,
cedió mi brío.
Pedíle amparo, mas
fatal sentencia
me fulminó, diciendo:
«¡Vaya, impío,
que el á quien deshonró tu incontinencia
vendrá, de crimen y vergüenza lleno,
con tu mismo puñal á hendir tu
seno»
Dijo, y por entre la
niebla arrebatado
huyó el fantasma y me
dejó aterrado.
THEUDIA Sueño vuestro, fantasma peregrino
fué de la calentura
abrasadora.
RODRIGO No, Theudia; voz de mi fatal destino.
Mientras ese hombre esté sobre la tierra,
Theudia, no hay para mí paz ni
reposo;
doquiera el paso sin
piedad me cierra
ese espectro, á mi
raza peligroso.
¿Ves el puñal que
cuelga á mi cintura?
Con él me ha de
matar, es mi destino;
Theudia, no hay
tierra para mí segura;
ese hombre ha de
bajar por mi camino.
THEUDIA ¡Y eso creéis!... Calládselo á la gente,
y toleradme en paz esta franqueza.
Mas vuestra vida austera y
penitente
amenguó de vuestra
alma la grandeza,
y amenguó la razón de
vuestra mente.
RODRIGO Tiene en mi corazón sacro prestigio,
Theudia, te lo
confieso, y me amedrenta
aquella predicción y
aquel prodigio.
THEUDIA ¡Prodigio lo llamáis! Y ¿no os afrenta
tan vil superstición?
RODRIGO Sea en buen hora,
mas creo en ella; á ser
fascinadora
de la mente
aprensión, despareciera
con el tiempo; el
ayuno y el cilicio,
arrancado á la mente
se la hubiera.
THEUDIA La arrancara mejor trompa guerrera
y de la lid revuelta el ejercicio.
Eso cumple mejor á vuestra raza;
en vez de esta cabaña y ese sayo,
la blanca tienda y la ferrada
maza,
y el bruto cordobés,
hijo del rayo.
Sí; mientras viva Theudia y por amigo
queráis tenerle, con bizarro alarde
os dirá, de la paz
siempre enemigo,
que el noble que no
lidia es un cobarde.
RODRIGO ¡Traidor!
THEUDIA
¡Hola! Vuestra alma se despierta
á la voz del honor;
así os quería:
veo que aun vuestra
sangre no está muerta
y alienta el corazón
con hidalguía.
Escuchadme, señor, y ved despacio
el peso y la razón de lo que os digo,
que es mengua, sí, que quien nació en
palacio
aguarde con pavor á su enemigo.
Perdido estáis, sin
esperanza alguna;
no hay para vos ni fuerza
ni derecho;
no hay para vos ni
gente ni fortuna;
el moro vuestro
ejército ha deshecho,
y atropelló á la cruz
la media luna;
mas hay un corazón en
vuestro pecho
que á vuestro antiguo honor cuentas demande,
y un corazón de rey debe ser grande.
Si á las manos morir es vuestro sino
de ese Conde traidor que nos vendiera,
la mitad evitadle del camino,
tras él saliendo con
audacia fiera.
Provocad con valor
vuestro destino;
con él trabaos en la lid postrera,
y arrostrad ese sino que os
espanta,
vuestro puñal
hundiendo en su garganta.
Ya no tenéis ni ejércitos ni enseñas,
mas os resta un amigo y un
vasallo,
y las lunas del mundo
no son dueñas,
ni es de la suerte irrevocable el fallo.
Dejad, pues, el misterio de estas breñas;
asíos de una lanza y un caballo,
y con caballo y lanza, y yo escudero,
si no podéis ser rey, sed
caballero.
RODRIGO Basta, Theudia; ese bélico lenguaje
cumplo á los corazones bien nacidos,
y en el mío despiertan el coraje
de tus fieras palabras los sonidos.
Sangre me pide mi sangriento
ultraje,
sangre mis tercios en Jerez vencidos,
Theudia, tienes razón; de cualquier
modo,
morir me cumple cual
monarca godo.
Sí; ya á mi olfato y mis oídos siento
que trae el aura que las riendas mece,
el militar olor del campamento
y el clamor de la lid
que se embravece,
y del clarín agudo el
limpio acento
que á los nobles caballos estremece;
y esa guerrera y bárbara armonía,
la prez me torna de la estirpe mía.
Indigna es de un monarca y de un guerrero
esta debilidad que me avergüenza;
de mi superstición
reirme quiero;
no quiero, Theudia,
que el pavor me venza.
THEUDIA Dos sendas hay, y por cualquiera os sigo:
buscar al Conde y
perecer vengado,
ó guareceros del
pendón amigo
y acabar con honor
como soldado.
RODRIGO Cumple eso más al corazón que abrigo:
Theudia, olvidémonos de lo pasado,
y en la desgracia, de rencor ajenos,
bajemos á la tumba de los buenos.
Este arma vil que á mi existencia
amaga,
quédese aquí después de mi partida,
(Clava el puñal en el poste que sostiene la choza.)
y quede en este
tronco, con mi daga,
enclavado el misterio
de mi vida.
¿Dices que ha levantado en la montaña
pendón un noble, de venganza rayo?
Pues bien: ¿qué hacemos en la tierra
extraña?
¡Lejos de mí mi penitente sayo!
Vamos, Theudia, á
lidiar por nuestra España
y á triunfar ó caer
con don Pelayo;
no diga nunca el
mundo venidero
que ni supe ser rey, ni caballero.
THEUDIA ¡Ahora os conozco, vive Dios!
RODRIGO
Mañana
partiremos á
Asturias.
THEUDIA Franco
paso
nos dará el Portugal que nos dió asilo.
RODRIGO Hasta mañana, pues; duerme tranquilo.
Duerme, Theudia.
THEUDIA ¡Señor, velando
acaso
vais a quedar mi
sueño!
RODRIGO Desde
ahora,
no hay de los dos
segundo ni primero.
THEUDIA Señor...
RODRIGO
Déjame solo hasta la aurora;
pues no soy más que un pobre aventurero,
seré, en vez de ta rey, tu compañero.
(Vase THEUDIA al aposento contiguo de la izquierda.)
|