ESCENA V
DON RODRIGO Bien dice ese leal. Más vale al cabo
caer en una lid por
causa extraña,
que, de servil superstición esclavo,
llorar imbécil la perdida España.
Saldré otra vez al
agitado mundo
con mi contraria
suerte por herencia,
velando en el
misterio más profundo
el secreto fatal de
mi existencia.
Nada soy, nada tengo,
nada espero;
encerrado desde hoy
en mi armadura,
seré en mi propia
causa aventurero,
sin esperar jamás
prez ni ventura.
Mas al caer lidiando
en la campaña,
al pueblo diga mi
sangrienta huella:
«Ved: si no supo
defender á España,
supo á lo menos
sucumbir por ella.»
Mas, ¡ay, triste de mí! Mi pueblo
mismo,
que me tiene en
horror, con frío encono
me verá descender
hacia el abismo
como me ha visto
descender del trono.
Sí; aplaudiendo tal
vez mi sino adverso...
Y todo es obra tuya,
Conde infame;
por ti desprecio soy
del universo.
Fuerza es que sangre
nuestra se derrame.
(Viendo el puñal.)
Mas, Dios Santo, ¡ahí estás! Húyeme, aparta,
sueño fascinador, que
esquivo en vano;
nunca de sangre de
los godos harta,
esta daga fatal busca
una mano.
La de uno de
ambos..., tigre vengativo,
ser exterminador de
mi familia;
uno solo de entrambos
quede vivo,
veamos el infierno á quién auxilia,
Mi razón, mi creencia, lo repele,
mas nunca echar de mí
puedo esta idea;
ese día fatal ¡oh
infierno! impele;
tráenosla de una vez,
y pronto sea.
Vértigo horrible el
corazón me acosa,
sed de su sangre el
corazón me irrita...
¡O huye por siempre,
pesadilla odiosa,
ó ante mis ojos ven,
sombra precita!
(Ábrese la puerta con ímpetu, y al par que ilumina el fondo un
relámpago, entra en la escena el CONDE D. JULIÁN.)
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