ESCENA VI
DON RODRIGO y
EL CONDE
CONDE Gracias al
diablo que llegué á la cumbre.
RODRIGO ¿Quién
es? ¿Dó va? ¿Qué busca? ¿Quién le trae?
CONDE ¡Rápido preguntar! Mas si es costumbre,
oíd: Un hombre, á Portugal, y lumbre
para secarme del turbión que cae.
¿Hay más que
preguntar?
RODRIGO Mal humor
gasta.
CONDE Lo mismo que pregunta le respondo.
¿Tiene algo que
cenar?
RODRIGO Nada.
CONDE Pues basta.
La cuestión, por mi
parte, ha dado fondo.
(Se sienta con calma á
la lumbre.)
RODRIGO Desatento
venís donde os alojan.
CONDE Pues sin
brindarme vos yo me aparezco,
y esos nublados hasta aquí me arrojan,
ni vos me la ofrecéis, ni os la
agradezco.
RODRIGO Me obliga, por mi fe, la cortesía,
mas no soy hombre que á sufrir me avenga
razones de tamaña altanería.
CONDE Tampoco yo, que despechado vengo
y harto estoy de la vida.
RODRIGO Y yo lo
mismo.
CONDE Yo, tras la muerte con deseo insano,
debo partir mañana
muy temprano.
RODRIGO Y yo
también.
CONDE Y ¿adónde?
RODRIGO Á
España
CONDE
De ella
vengo.
RODRIGO ¿Sois de ella?
CONDE Por desdicha
mía.
RODRIGO Cúpome á mí también tan mala estrella.
CONDE Que la mía peor nunca, sería.
RODRIGO Puede que sí.
CONDE
Lo dudo.
RODRIGO Allí he
perdido
cuanto amé.
CONDE
Yo también.
RODRIGO Padres, hermanos...
CONDE Yo también.
RODRIGO
Mis amigos me han vendido.
CONDE También á mí.
RODRIGO Fui mofa á los
villanos.
CONDE También
yo.
RODRIGO Y el honor de mis blasones
ultrajó un hombre vil.
CONDE Y otro los
míos.
RODRIGO Yo
he tenido que huir.
CONDE Como
ladrones
nos desbandamos, sin poder ni bríos,
mis soldados y yo. Todos ingratos
me han sido á mí.
RODRIGO Y á mí todos
traidores.
CONDE Nada
espero.
RODRIGO Ni yo. Mas pienso á
ratos
en venganzas horribles.
CONDE No
mayores
que las mías serán.
RODRIGO ¡Oh! Sí; son
tales,
que vértigos terribles me producen.
CONDE Los míos á
la rabia son iguales.
RODRIGO Y los
míos á España me conducen
nada más que á morir.
CONDE Y á mí lo mismo;
vengo á buscar un
hombre á quien detesto,
y ante uno de los dos
se abre el abismo.
RODRIGO Yo busco á otro hombre para mí funesto,
y guardo ese puñal de
mi familia,
que del uno es el fin de todos modos.
(El CONDE lo mira y lo
reconoce. Esto depende de los actores)
CONDE ¿Es tuyo ese puñal?
RODRIGO Sí.
CONDE ¡Dios me
auxilia!
Ese hierro es la muerte de los
godos.
RODRIGO Godo soy.
CONDE Yo también, mas su
enemigo.
RODRIGO ¿Quién hará de ello ante mi vista alarde?
CONDE ¡Tú eres el
torpe Rey...
RODRIGO ¡Tú el vil
cobarde...!
CONDE Yo el conde
don Julián.
RODRIGO Yo don Rodrigo.
(Quedan un momento contemplándose.)
CONDE Nos
hallamos al fin.
RODRIGO Sí, nos
hallamos;
y ambos á dos execración del mundo,
la última vez mirándonos estamos.
CONDE Eso apetece mi rencor profundo.
Mírame bien; sobre esta faz, Rodrigo,
echaron un baldón tus liviandades,
y el universo de él será testigo,
y tu torpeza horror de las edades.
RODRIGO Culpa fué de mi amor la culpa mía;
de Florinda me abona la hermosura;
mas ¿quién te abonará tu villanía?
CONDE De mi misma traición la desventura.
Deshonrado por ti,
perdílo todo;
mas no saciaba mi
venganza fiera
tu afrenta nada más;
menester era
toda la afrenta del
imperio godo.
RODRIGO ¡De un traidor como tú, fué digna hazaña!
Cumplieras con tus viles intenciones
yendo á matarme con silencio y maña,
ó contra mí sacaras tus pendones
y bebieras mi sangre en la campaña,
mi corazón echando á tus legiones;
mas no lograras con
tan necio encono
vender á España por
hollar mi trono.
CONDE Todo lo ansiaba mi tremenda saña;
no hartaba mis sangrientas intenciones
beber tu sangre con silencio y maña
o en contra tuya levantar
pendones;
dar quise tu lugar á estirpe extraña,
y tu raza borrar de las naciones;
eso quería mi sangriento encono:
vender tu reino y derribar tu trono.
RODRIGO ¡Y lo lograste!
CONDE
Sí; logré que, al cabo,
el mundo á ambos á dos nos aborrezca:
á ti, de torpes vicios por esclavo,
y á mí por mi traición, nos escarnezca.
RODRIGO ¡Tanta
maldad de comprender no acabo!
CONDE Hice
más.
RODRIGO Imposible es ya que crezca
tu infamia.
CONDE Escucha,
pues, ¡oh rey Rodrigo!
á cuánto llega mi
rencor contigo.
Yo solo quedo de mi
raza: presa
los demás de los moros, á pedradas
fué muerta ante mis ojos la Condesa,
y á la mar arrojados á lanzadas
mis hijos, de Tarifa en la sorpresa;
mas te traigo una nueva, que pagadas
me deja todas las desdichas mías:
¡supe, tiempo ha, que en Portugal vivías!
RODRIGO
¡Dios!
CONDE Por un monje que te halló en la
selva.
RODRIGO (Con temor.)
¡Un monje!
CONDE Sí, mi hermano, cuyos votos
le impiden hoy que
contra ti se vuelva,
mas cuya astucia,
para siempre rotos
los anillos dejó de mis cadenas
para seguir tus pasos noche y día,
y para que la sangre de tus venas
la mancha lave de la afrenta mía.
RODRIGO Y ¿es
cierto? Y ese monje, ¿era tu hermano?
¿Era un hombre no más? ¡No era un
fantasma!
¿Nada había en su ser de sobrehumano?
CONDE ¡Que tal
preguntes, en verdad me pasma!
Él me salvó, y me dijo: «Vé á buscarle;
mas antes de matarle,
dile que su castísima
Egilona
con su amor ha
comprado otra corona.»
RODRIGO ¡Mi esposa!
CONDE
Sí; Abdalasis te la quita,
o, por mejor decir,
vendiósele ella.
Y bien la raza en que nació acredita,
y de su esposo bien sigue la huella.
(Con mofa)
Una reina cristiana,
favorita
de un árabe... ¡Oh!
¡Nació con brava estrella!
No penes, pues, por tan leal matrona,
que esposo no la falta, ni corona.
RODRIGO Basta, basta, traidor; la estirpe goda
deshonrada por ti,
por ti vendida,
clama sedienta por tu
sangre toda.
(DON RODRIGO va á coger el puñal que está clavado en el
poste, pero el CONDE DON JULIÁN se
adelanta y lo toma. DON RODRIGO
retrocede dos pasos con supersticioso temor)
CONDE Con la tuya á la par sea vertida.
El mismo cieno
nuestro timbre enloda,
la misma tumba nos
dará cabida.
(El CONDE se arroja sobre don RODRIGO, mas THEUDIA se presenta de repente entre los dos con el hacha de armas empuñada.)
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