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| José Zorrilla El puñal del godo IntraText CT - Texto |
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ESCENA VI DON RODRIGO y EL CONDE
CONDE Gracias al diablo que llegué á la cumbre.
RODRIGO ¿Quién es? ¿Dó va? ¿Qué busca? ¿Quién le trae?
CONDE ¡Rápido preguntar! Mas si es costumbre, oíd: Un hombre, á Portugal, y lumbre para secarme del turbión que cae. ¿Hay más que preguntar?
RODRIGO Mal humor gasta.
CONDE Lo mismo que pregunta le respondo. ¿Tiene algo que cenar?
RODRIGO Nada.
CONDE Pues basta. La cuestión, por mi parte, ha dado fondo. (Se sienta con calma á la lumbre.)
RODRIGO Desatento venís donde os alojan.
CONDE Pues sin brindarme vos yo me aparezco, y esos nublados hasta aquí me arrojan, ni vos me la ofrecéis, ni os la agradezco.
RODRIGO Me obliga, por mi fe, la cortesía, mas no soy hombre que á sufrir me avenga razones de tamaña altanería.
CONDE Tampoco yo, que despechado vengo y harto estoy de la vida.
RODRIGO Y yo lo mismo.
CONDE Yo, tras la muerte con deseo insano, debo partir mañana muy temprano.
RODRIGO Y yo también.
CONDE Y ¿adónde?
RODRIGO Á España
CONDE De ella vengo.
RODRIGO ¿Sois de ella?
CONDE Por desdicha mía.
RODRIGO Cúpome á mí también tan mala estrella.
CONDE Que la mía peor nunca, sería.
RODRIGO Puede que sí.
CONDE Lo dudo.
RODRIGO Allí he perdido cuanto amé.
CONDE Yo también.
RODRIGO Padres, hermanos...
CONDE Yo también.
RODRIGO Mis amigos me han vendido.
CONDE También á mí.
RODRIGO Fui mofa á los villanos.
CONDE También yo.
RODRIGO Y el honor de mis blasones ultrajó un hombre vil.
CONDE Y otro los míos.
RODRIGO Yo he tenido que huir.
CONDE Como ladrones nos desbandamos, sin poder ni bríos, mis soldados y yo. Todos ingratos me han sido á mí.
RODRIGO Y á mí todos traidores.
CONDE Nada espero.
RODRIGO Ni yo. Mas pienso á ratos en venganzas horribles.
CONDE No mayores que las mías serán.
RODRIGO ¡Oh! Sí; son tales, que vértigos terribles me producen.
CONDE Los míos á la rabia son iguales.
RODRIGO Y los míos á España me conducen nada más que á morir.
CONDE Y á mí lo mismo; vengo á buscar un hombre á quien detesto, y ante uno de los dos se abre el abismo.
RODRIGO Yo busco á otro hombre para mí funesto, y guardo ese puñal de mi familia, que del uno es el fin de todos modos. (El CONDE lo mira y lo reconoce. Esto depende de los actores)
CONDE ¿Es tuyo ese puñal?
RODRIGO Sí.
CONDE ¡Dios me auxilia! Ese hierro es la muerte de los godos.
RODRIGO Godo soy.
CONDE Yo también, mas su enemigo.
RODRIGO ¿Quién hará de ello ante mi vista alarde?
CONDE ¡Tú eres el torpe Rey...
RODRIGO ¡Tú el vil cobarde...!
CONDE Yo el conde don Julián.
RODRIGO Yo don Rodrigo. (Quedan un momento contemplándose.)
CONDE Nos hallamos al fin.
RODRIGO Sí, nos hallamos; y ambos á dos execración del mundo, la última vez mirándonos estamos.
CONDE Eso apetece mi rencor profundo. Mírame bien; sobre esta faz, Rodrigo, echaron un baldón tus liviandades, y el universo de él será testigo, y tu torpeza horror de las edades.
RODRIGO Culpa fué de mi amor la culpa mía; de Florinda me abona la hermosura; mas ¿quién te abonará tu villanía?
CONDE De mi misma traición la desventura. Deshonrado por ti, perdílo todo; mas no saciaba mi venganza fiera tu afrenta nada más; menester era toda la afrenta del imperio godo.
RODRIGO ¡De un traidor como tú, fué digna hazaña! Cumplieras con tus viles intenciones yendo á matarme con silencio y maña, ó contra mí sacaras tus pendones y bebieras mi sangre en la campaña, mi corazón echando á tus legiones; mas no lograras con tan necio encono vender á España por hollar mi trono.
CONDE Todo lo ansiaba mi tremenda saña; no hartaba mis sangrientas intenciones beber tu sangre con silencio y maña o en contra tuya levantar pendones; dar quise tu lugar á estirpe extraña, y tu raza borrar de las naciones; eso quería mi sangriento encono: vender tu reino y derribar tu trono.
RODRIGO ¡Y lo lograste!
CONDE Sí; logré que, al cabo, el mundo á ambos á dos nos aborrezca: á ti, de torpes vicios por esclavo, y á mí por mi traición, nos escarnezca.
RODRIGO ¡Tanta maldad de comprender no acabo!
CONDE Hice más.
RODRIGO Imposible es ya que crezca tu infamia.
CONDE Escucha, pues, ¡oh rey Rodrigo! á cuánto llega mi rencor contigo. Yo solo quedo de mi raza: presa los demás de los moros, á pedradas fué muerta ante mis ojos la Condesa, y á la mar arrojados á lanzadas mis hijos, de Tarifa en la sorpresa; mas te traigo una nueva, que pagadas me deja todas las desdichas mías: ¡supe, tiempo ha, que en Portugal vivías!
RODRIGO ¡Dios!
CONDE Por un monje que te halló en la selva.
RODRIGO (Con temor.) ¡Un monje!
CONDE Sí, mi hermano, cuyos votos le impiden hoy que contra ti se vuelva, mas cuya astucia, para siempre rotos los anillos dejó de mis cadenas para seguir tus pasos noche y día, y para que la sangre de tus venas la mancha lave de la afrenta mía.
RODRIGO Y ¿es cierto? Y ese monje, ¿era tu hermano? ¿Era un hombre no más? ¡No era un fantasma! ¿Nada había en su ser de sobrehumano?
CONDE ¡Que tal preguntes, en verdad me pasma! Él me salvó, y me dijo: «Vé á buscarle; mas antes de matarle, dile que su castísima Egilona con su amor ha comprado otra corona.»
RODRIGO ¡Mi esposa!
CONDE Sí; Abdalasis te la quita, o, por mejor decir, vendiósele ella. Y bien la raza en que nació acredita, y de su esposo bien sigue la huella. (Con mofa) Una reina cristiana, favorita de un árabe... ¡Oh! ¡Nació con brava estrella! No penes, pues, por tan leal matrona, que esposo no la falta, ni corona.
RODRIGO Basta, basta, traidor; la estirpe goda deshonrada por ti, por ti vendida, clama sedienta por tu sangre toda.
(DON RODRIGO va á coger el puñal que está clavado en el poste, pero el CONDE DON JULIÁN se adelanta y lo toma. DON RODRIGO retrocede dos pasos con supersticioso temor)
CONDE Con la tuya á la par sea vertida. El mismo cieno nuestro timbre enloda, la misma tumba nos dará cabida. (El CONDE se arroja sobre don RODRIGO, mas THEUDIA se presenta de repente entre los dos con el hacha de armas empuñada.)
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