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José Zorrilla
El caballo del rey Don Sancho

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ESCENA X

DON RAMIRO. Después D. GARCÍA

 

(Don Ramiro corre el cerrojo de la puerta por donde entró la Reina.)

 

RAMIRO Cierro por fuera:

 suben..., veamos lo que aquí me espera.

(Se cubro bien con el saco de soldado, aparentando estar de centinela.)

 

GARCÍA (Dentro.)

 Ya basta, ¡vive Dios! Me importa hablarla,

 y orden traigo del Rey.

(En la escena.)

                                    ¡Tanta osadía,

 y en defender la entrada tanto empeño

 ese necio Melendo!

 

RAMIRO                               (¡Oh! Don García.)

 

GARCÍA ¡Tal vez tiene razón! ¿Á qué su sueño

 turbar? Tranquila acaso en su inocencia,

 duerme sin miedo á la fatal sentencia,

 mientras que yo ¡ay de mí! tiemblo y me agito

 en continuo velar, y aquí en mi pecho,

 de la conciencia el torcedor maldito

 halla en mi corazón ámbito estrecho.

 Sí, por doquier me espanta mi delito,

 y en torno de mi mesa y de mi lecho

 ronda, y ante mis ojos se presenta,

 y ante mí marcha y ante mí se sienta.

 Mas venzamos las necias aprensiones

 del corazón cobarde...; es fuerza hablarla:

 apartaos, quiméricas visiones;

 este es el torreón...; voy á llamarla.

(Don García va á poner mano al cerrojo que ha corrido D. Ramiro. Éste, al verlo, avanza dos pasos hacia él. Don García se detiene.)

 

GARCÍA Mas ¡cielos! ¿Quién está aquí?

 

RAMIRO Un centinela, señor,

 que juzga á inmenso favor

 de Dios hallaros así.

 

GARCÍA ¿Qué quieres?

 

RAMIRO                       Sólo un momento

 que me oigáis...

 

GARCÍA                         No es ocasión;

 déjame.

 

RAMIRO             Noticias son

 para vos de gran contento.

 El que el caballo os robó...

 

GARCÍA ¿Cómo, qué? ¿Dónde está ese hombre?

 ¿Tú le conoces? ¿Su nombre

 sabes? ¿Le han cogido?

 

RAMIRO                                      No;

 pero de saber acabo

 que os ha retado, señor,

 como á vil calumniador,

 y mirad que es hombre bravo.

 

GARCÍA Yo á nadie temo.

 

RAMIRO                           Aun hay más.

 Ya que nadie os da miedo

 en la lid, mas un enredo

 pierde al mismo Satanás.

 

GARCÍA Acaba, no me entretengas

 con necias bachillerías.

 

RAMIRO No son intenciones mías

 perder el tiempo en arengas;

 pero ya que os hallo aquí,

 voy á haceros conocer

 lo que os importa saber

 para gobernaros.

 

GARCÍA                           Di.

RAMIRO El Rey, con una francesa

 os trataba un matrimonio.

 

GARCÍA Sí.

 

RAMIRO Pues llevóle el demonio.

 

GARCÍA ¿Qué?

 

RAMIRO            Os robaron la Condesa.

 

GARCÍA ¿Qué diablos estás diciendo,

 mentecato? Tú estás loco.

 

RAMIRO Escuchad, que poco á poco

 lo iréis, señor, entendiendo.

 

GARCÍA ¡Voto á...

 

RAMIRO                La Condesa huyó,

 con un galán, de su casa;

 su buen padre, hecho una brasa,

 que les siguieran mandó

 por doquiera... ¡Inútilmente!

 No parece ni uno ni otro.

 Pues bien; ese hombre..., el del potro,

 ha escrito á vuestro pariente

 el buen Conde de Bigorre,

 diciendo que la robasteis

 vos, y á todos la ocultasteis

 guardándola en esa torre.

 

GARCÍA Mas cuando ese hombre me achaca

 el rapto de esa doncella,

 ¿qué espera de mí? ¿Qué de ella?

 O ¿qué consecuencia saca?

 

RAMIRO Una, señor, muy sencilla:

 que á acusaros de raptor

 envía un embajador,

 el de Bigorre á Castilla.

 

GARCÍA ¿Y qué? Tan sandia impostura

 desmentiré.

 

RAMIRO                  Aunque lo hagáis,

 la cosa no es tan segura

 como vos imagináis.

 

GARCÍA No te entiendo.

 

RAMIRO                         El robador

 de la doncella, el amante,

 es también ese tunante...,

 el del caballo, señor.

 

GARCÍA Me confundes cada instante

 más.

 

RAMIRO        Pues poco hay que entender:

 ¿no habéis preso á la mujer

 que tenía ese bergante

 en la quinta que con fuego

 destruisteis para así

 cogerle rehenes?

 

GARCÍA                           Sí.

 

RAMIRO Pues bien; él os torció el juego.

 Os dejó que la cogierais,

 para obligaros después

 á que, probando quién es,

 de ella á Francia respondierais.

 

GARCÍA Pero en mi poder estando...

 

RAMIRO ¡Quia! A ofenderla, ¡vive Dios!

 dará Francia sobre vos,

 por la venganza clamando.

 De modo que con lo mismo

 que os pensabais vos salvar,

 os va ese hombre á colocar

 á la boca de un abismo.

 

GARCÍA Todo lo comprendo ya.

 ¿Conque ese hombre, esa quimera,

 conmigo por dondequiera

 para contrariarme va?

 

RAMIRO Ya veis, dondequiera os reta.

 Y aquí por calumniador,

 y allá en Francia por raptor,

 á su capricho os sujeta.

 

GARCÍA Que venga, pues, ¡vive Dios!

 Pues me hace tan cruda guerra,

 no cabemos en la tierra

 á un mismo tiempo los dos.

 

RAMIRO No le llaméis, que, á mi ver,

 si gritáis con tal vigor,

 se os pudiera aparecer,

 y estáis sin armas, señor.

 

GARCÍA Que venga, nada me espanta;

 pero el traidor no vendrá.

 

RAMIRO (Descubriéndose.)

 Sí, don García, aquí está;

 brotó bajo vuestra planta.

 

GARCÍA ¡Gran Dios!

 

RAMIRO                   Oid, don García.

 Ya veis que os tengo en un caos;

 aun es tiempo, retractaos,

 porque la victoria es mía.

 

GARCÍA ¿Tuya? Sueñas; robador

 de la hacienda de tu Rey,

 te ha condenado la ley

 declarándote traidor.

 Ni aun siquiera te oirán,

 que testigos infinitos

 te probaron mil delitos

 que á morir te llevarán.

 

RAMIRO No os ciegue el furor, garcía;

 mi causa está ya segura:

 meditadlo con cordura,

 que aun para ello os doy un día.

 

GARCÍA No vivirás ni una hora.

 ¡Nuño, Melendo, traición,

 acudid al torreón!

 Veremos quién vence ahora.

(Don García, desde la puerta que se supone dar al caracol, llama bajando un escalón, de modo que oculte medio cuerpo en el bastidor, volviendo la espalda á la escena. Don Ramiro le empuja, cierra y corre el pasador.)

 




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