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| José Zorrilla El caballo del rey Don Sancho IntraText CT - Texto |
ARJONA Ya comienza del alba el resplandor,
y ya el pueblo las gradas del palenque
GARCÍA ¡Maldito quien me trajo hasta este trance,
maldita, sí, mi estúpida ambición!
ARJONA Ya no es hora, señor, de meditarlo,
siento que mi osadía me abandona.
GARCÍA Vacilo, sí; no sé ocultarlo.
Aquel hombre fatal..., ¡él era, él era!
ARJONA Sombra de la turbada fantasía.
GARCÍA Todo ese hombre lo puede en contra mía.
Quien del fuego voraz le puso fuera,
de las aguas también lo sacaría.
ARJONA ¡Del fuego os acordáis! Pues ¿no os dije?
De su quinta una cava, hasta la ermita
por senda subterránea dirige:
Torras la halló, y entrándose por ella,
mi imprevisión! En una y otra cita,
allí acechóme su infernal destreza.
ARJONA Mas le cuesta el acecho la cabeza.
GARCÍA Del secreto poder que le acompaña,
todo lo temo, Arjona; en todas partes
mis pasos sigue su presencia extraña
sin que le estorben puertas ni baluartes.
Todo le es familiar, todo lo encuentra
todo su fuga: en el alcázar entra
tras de mí en las prisiones..., y parece
que, sombra de mí mismo desprendida,
los instantes me cuenta de la vida;
y si un soplo de calma me adormece,
brota, dice aquí estoy, y en la tendida
cavidad del espacio desparece.
ARJONA Superstición del corazón medroso,
don García: aunque impávido y astuto,
es un hombre no más, y de hombre á hombre...
GARCÍA No me vieras ¡por Dios! irresoluto
para emprender la lid, si solamente
de lidiar se tratara frente á frente.
ARJONA Mas ¿qué de él teméis ya? Del Rey vasallo,
notorio siendo que robó el caballo,
y estando pregonada su cabeza,
no se presentará.
Si ningún defensor no se presenta,
¿no ves, imbécil, que á mi madre mato?
Y es idea ¡ay de mí! que me amedrenta.
ARJONA Aun la podéis salvar: si nadie acude,
sois dueño de su vida: suplicante
á don Sancho acudid, ante ella misma...
¿Yo? ¿Yo me he de poner de ella delante
otra vez? No, jamás...: piensas en vano:
primero que sufrir tal agonía,
los ojos, Lucas, con mi propia mano,
y el corazón, feroz me arrancaría.
ARJONA Pues aun es tiempo..., desistid cobarde,
desmentíos; mas ved que en esa hoguera
que del verdugo ante las plantas arde,
el uno de los dos fuerza es que muera.
GARCÍA ¡Sella, asesino vil, sella esa boca,
porque tu pecho miserable abriga
sangre de hiena y corazón de roca!
ARJONA Señor, tan sólo vuestro bien me obliga,
porque con vos me salvo ó con vos muero;
mas perdonad, señor, que tal os diga:
ceder ahora, es decir al mundo entero
que ni valiente sois, ni caballero.
ARJONA Se dirá de vos con mengua y saña,
«Nada en tal hombre por entero cupo:
ni crimen ni virtud fué en él hazaña,
ni aun ser infame, sino á medias, supo...»
¡Gran memoria de un Príncipe de España!
GARCÍA Pues bien; si no me cumple esa memoria,
si al crimen nada más caminar puedo,
tal borrón dejaré sobre mi historia,
que á la futura edad imponga miedo.
¿Oyes? Ya ruge el pueblo ahí agolpado,
del horrible espectáculo sediento:
voy ¡vive Dios! a dársele colmado;
nunca le vió más bárbaro y sangriento.
ARJONA (Asomándose á la tienda.)
GARCÍA (Poseído de un vértigo.)
¡Oh infierno, regocíjate! ¡Como ésta
no han preparado tus furores fiesta
ni en los circos idólatras de Roma!
(Trompetas.)
VOCES FUERA ¡Pregón, pregón! ¡Silencio!
Cada cual ante Dios con su derecho.
«Oid, oid, oid. Vasallos de D. Sancho, Rey de Navarra, de Aragón y de Castilla. El buen caballero D. García, Príncipe de estos reinos, ha aceptado el combate á que, en uso del derecho que las leyes les conceden, han apelado la reina D. Nuña y D. Pedro de Sesé, acusados de criminal inteligencia y descubierta rebelión. Y siendo entrambos crímenes de lesa majestad, las leyes les condenan á la pena del fuego, si al transponer el sol la línea del horizonte no se presenta caballero alguno que quiera mantener su causa. Si esto aconteciere, y el acusador saliere vencido, sufrirá la misma pena en lugar de los acusados, como la ley lo dispone; si saliere vencedor, serán quemados en este mismo palenque los acusados, con él cuerpo del caballero su defensor, que dando desde luego condenados á la pena capital todos los que resultaren cómplices de su traición. El Rey ofrece asimismo doscientos marcos de oro á cualquier vasallo suyo que asegure la persona del traidor que extrajo de las Reales Caballerizas su mejor caballo de batalla, asesinando para ello á su guardia y palafreneros. Esta es la justicia del Rey. Vasallos del Rey, acatad la justicia del Rey. ¡Viva D. Sancho, Rey de Navarra!»
GARCÍA ¡Qué agonía, gran Dios! Cíñeme, Arjona,
y que quede á favor de esta celada
encubierta á mi pueblo mi persona.
¡Oh! Estoy seguro que en mi horrible gesto
se ve mi odioso crimen manifiesto.
UNA ¡Allí están! ¡Allí están!
OTRA ¡Ya traen á los acusados!
OTRA ¡Quién tal pensara de tan buen caballero como don Pedro!
OTRA Por eso mismo es más grande su delito.
OTRA Bien dicho. El Rey les había colmado de beneficios.
OTRA Y lo vendían, mientras él conquistaba á los moros nuevos señoríos.
OTRA Son unos infames; les van á atar á los postes de hierro como á los villanos.
OTRAS ¡Viva la justicia del Rey!
TODOS ¡Viva!
(Tumulto.)
OTRAS Ya bajan los jueces del campo.
UNO DE LOS JUECES DEL CAMPO «Vasallos del Rey, oid. La hora del juicio ha llegado ya. La liza queda abierta desde este punto; y si al pasar el sol la línea del horizonte no anuncian los clarines un defensor, el verdugo cumplirá con su deber».
GARCÍA ¡Ea! Ha llegado la tremenda hora.
Siento que Dios del corazón me arranca
el germen de su fe consoladora,
y en las venas la sangre se me estanca.
¡Sí, sí; de esta diabólica contienda
viene todo el infierno á ser testigo!
Vértigo..., sed de crimen me devora.
¡Ea, corre los lienzos de esa tienda,
y el infierno desde hoy sea conmigo!
(Arjona manda á los pajes con una seña que abran la tienda. Éstos corren a un tiempo la cortina partida en dos que cierra su fondo y que cubre el teatro, y aparece un vasto palenque, cuyos andamios están llenos de gente del pueblo. En el fondo de este palenque se ve un altar; delante de, él, el verdugo, que, con una tea encendida está pronto á encender la leña hacinada alrededor de la Reina y de D. Pedro, que estarán atados á dos postes de hierro y uno á cada lado del altar. Por sobre los andamios se cierra el horizonte con pintorescas montañas. El sol acaba de salir por encima de unos cerros desiguales, y derramando sobre la escena la rosada luz de la mañana.)
PEDRO Señora, ¿no tenéis otra esperanza?
¡Oh! Si mi brazo fuerte todavía
estuviera...
REINA El de Dios á todo alcanza.
PEDRO Creo que Dios también nos abandona.
REINA Sólo él puede apreciar nuestra agonía;
que inútiles con él dolo y falsía,
lo que castiga ve y lo que perdona.
PEDRO No tengo esa virtud; soplo mundano
me anima aún el corazón terreno,
y voy la hiel de que le siento lleno
sobre ellos á verter.
(Al pueblo.)
VOZ EN EL PUEBLO ¿Qué es lo que dice?
OTRAS ¡Silencio!
(El pueblo calla después de largo chicheo.)
OTRAS Oid.
sin fe ni ley: el Dios á que apelamos,
que indefensos morir nos deja infiero;
mas ante él de tus leyes protestamos.
Ella inocente, y yo buen caballero,
al tribunal de Jesucristo vamos,
y al inmolarme con tal vil castigo,
Rey, Príncipe, villanos..., yo os maldigo.
(Don García se tapa la cara con las manos, exhalando un ¡ay! desesperado.)
VOCES DEL PUEBLO ¡Nos insulta! ¡Muera!
OTRAS ¡Muera!
OTRAS ¡Muera!
(La Reina demuestra voluntad de hablar.)
OTRAS Oidla.
(Otro largo chicheo. El pueblo calla.)
mas aunque Dios por causa soberana,
que indefensos morir nos deja infiero,
yo como Reina moriré, y cristiana.
Sí; yo inocente, y él buen caballero,
seremos ante Dios esta mañana;
mas aunque me inmoláis, no os guardo encono.
Hijo, esposo, vasallos..., yo os perdono.
(Don García pone mano á la daga. Arjona le detiene.)
ARJONA No.
OTRAS ¡Mueran!
Culpables son, pues Dios les abandona.
OTRAS Ya dan los jueces la señal...
OTRAS La hoguera
no puede más mi corazón de fiera.
¡Sálvese, sí!
(Don García va á salir de la tienda, en cuyo momento suena la seña de un agudo clarín. Don García se detiene.)