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José Zorrilla
El caballo del rey Don Sancho

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ESCENA VII

DON GARCÍA y ARJONA

 

GARCÍA (Al verle.)

 ¡Tan presto, Arjona!

 

ARJONA Ya comienza del alba el resplandor,

 y ya el pueblo las gradas del palenque

 á ocupar turbulento comenzó.

 

GARCÍA ¡Maldito quien me trajo hasta este trance,

 maldita, sí, mi estúpida ambición!

 

ARJONA Ya no es hora, señor, de meditarlo,

 el día va á rayar.

 

GARCÍA                          Déjame, Arjona;

 siento que mi osadía me abandona.

 

ARJONA Señor...

 

GARCÍA             Vacilo, sí; no ocultarlo.

 Aquel hombre fatal..., ¡él era, él era!

 

ARJONA Sombra de la turbada fantasía.

 

GARCÍA No, Arjona, realidad.

 

ARJONA                                  ¿Cómo pudiera...

 

GARCÍA Todo ese hombre lo puede en contra mía.

 Quien del fuego voraz le puso fuera,

 de las aguas también lo sacaría.

 

ARJONA ¡Del fuego os acordáis! Pues ¿no os dije?

 De su quinta una cava, hasta la ermita

 por senda subterránea dirige:

 Torras la halló, y entrándose por ella,

 fué como dió con la mujer.

 

GARCÍA                                         ¡Maldita

 mi imprevisión! En una y otra cita,

 allí acechóme su infernal destreza.

 

ARJONA Mas le cuesta el acecho la cabeza.

 

GARCÍA Del secreto poder que le acompaña,

 todo lo temo, Arjona; en todas partes

 mis pasos sigue su presencia extraña

 sin que le estorben puertas ni baluartes.

 Todo le es familiar, todo lo encuentra

 fácil en contra mía; favorece

 todo su fuga: en el alcázar entra

 tras de mí en las prisiones..., y parece

 que, sombra de mí mismo desprendida,

 los instantes me cuenta de la vida;

 y si un soplo de calma me adormece,

 brota, dice aquí estoy, y en la tendida

 cavidad del espacio desparece.

 

ARJONA Superstición del corazón medroso,

 don García: aunque impávido y astuto,

 es un hombre no más, y de hombre á hombre...

 

GARCÍA No me vieras ¡por Dios! irresoluto

 para emprender la lid, si solamente

 de lidiar se tratara frente á frente.

 

ARJONA Mas ¿qué de él teméis ya? Del Rey vasallo,

 notorio siendo que robó el caballo,

 y estando pregonada su cabeza,

 no se presentará.

 

GARCÍA                           ¡Ven, insensato!

 Si ningún defensor no se presenta,

 ¿no ves, imbécil, que á mi madre mato?

 Y es idea ¡ay de mí! que me amedrenta.

 

ARJONA Aun la podéis salvar: si nadie acude,

 sois dueño de su vida: suplicante

 á don Sancho acudid, ante ella misma...

 

GARCÍA (Horrorizado.)

 ¿Yo? ¿Yo me he de poner de ella delante

 otra vez? No, jamás...: piensas en vano:

 primero que sufrir tal agonía,

 los ojos, Lucas, con mi propia mano,

 y el corazón, feroz me arrancaría.

 

ARJONA Pues aun es tiempo..., desistid cobarde,

 desmentíos; mas ved que en esa hoguera

 que del verdugo ante las plantas arde,

 el uno de los dos fuerza es que muera.

 

GARCÍA ¡Sella, asesino vil, sella esa boca,

 porque tu pecho miserable abriga

 sangre de hiena y corazón de roca!

 

ARJONA Señor, tan sólo vuestro bien me obliga,

 porque con vos me salvo ó con vos muero;

 mas perdonad, señor, que tal os diga:

 ceder ahora, es decir al mundo entero

 que ni valiente sois, ni caballero.

 

GARCÍA ¡Ah!...

 

ARJONA           Se dirá de vos con mengua y saña,

 «Nada en tal hombre por entero cupo:

 ni crimen ni virtud fué en él hazaña,

 ni aun ser infame, sino á medias, supo...»

 ¡Gran memoria de un Príncipe de España!

 

GARCÍA Pues bien; si no me cumple esa memoria,

 si al crimen nada más caminar puedo,

 tal borrón dejaré sobre mi historia,

 que á la futura edad imponga miedo.

(Tumulto fuera.)

 ¿Oyes? Ya ruge el pueblo ahí agolpado,

 del horrible espectáculo sediento:

 voy ¡vive Dios! a dársele colmado;

 nunca le vió más bárbaro y sangriento.

(Suenan las trompetas.)

 ¡Ah, pronto la señal!

 

ARJONA (Asomándose á la tienda.)

                                El sol asoma.

 

GARCÍA (Poseído de un vértigo.)

 ¡Oh infierno, regocíjate! ¡Como ésta

 no han preparado tus furores fiesta

 ni en los circos idólatras de Roma!

(Trompetas.)

 

VOCES FUERA ¡Pregón, pregón! ¡Silencio!

 

ARJONA                                          Los heraldos

 ya el combate pregonan.

 

GARCÍA                                      ¡Esto es hecho!

 Cada cual ante Dios con su derecho.

 

HERALDO (Dentro.)

 «Oid, oid, oid. Vasallos de D. Sancho, Rey de Navarra, de Aragón y de Castilla. El buen caballero D. García, Príncipe de estos reinos, ha aceptado el combate á que, en uso del derecho que las leyes les conceden, han apelado la reina D. Nuña y D. Pedro de Sesé, acusados de criminal inteligencia y descubierta rebelión. Y siendo entrambos crímenes de lesa majestad, las leyes les condenan á la pena del fuego, si al transponer el sol la línea del horizonte no se presenta caballero alguno que quiera mantener su causa. Si esto aconteciere, y el acusador saliere vencido, sufrirá la misma pena en lugar de los acusados, como la ley lo dispone; si saliere vencedor, serán quemados en este mismo palenque los acusados, con él cuerpo del caballero su defensor, que dando desde luego condenados á la pena capital todos los que resultaren cómplices de su traición. El Rey ofrece asimismo doscientos marcos de oro á cualquier vasallo suyo que asegure la persona del traidor que extrajo de las Reales Caballerizas su mejor caballo de batalla, asesinando para ello á su guardia y palafreneros. Esta es la justicia del Rey. Vasallos del Rey, acatad la justicia del Rey. ¡Viva D. Sancho, Rey de Navarra

 

PUEBLO ¡Viva!

 

GARCÍA ¡Qué agonía, gran Dios! Cíñeme, Arjona,

 esa fatal espada,

 y que quede á favor de esta celada

 encubierta á mi pueblo mi persona.

(Se cala la visera.)

 ¡Oh! Estoy seguro que en mi horrible gesto

 se ve mi odioso crimen manifiesto.

 

VOCES DEL PUEBLO

 

UNA ¡Allí están! ¡Allí están!

 

OTRA ¡Ya traen á los acusados!

 

OTRA ¡Quién tal pensara de tan buen caballero como don Pedro!

 

OTRA Por eso mismo es más grande su delito.

 

OTRA Bien dicho. El Rey les había colmado de beneficios.

 

OTRA Y lo vendían, mientras él conquistaba á los moros nuevos señoríos.

 

OTRA Son unos infames; les van á atar á los postes de hierro como á los villanos.

 

OTRAS ¡Bien, bien!

 

OTRAS ¡Viva la justicia del Rey!

 

TODOS ¡Viva!

(Tumulto.)

 

VOCES ¡Silencio! ¡Silencio!

 

OTRAS Ya bajan los jueces del campo.

 

OTRAS ¡Silencio! Escuchad.

 

UNO DE LOS JUECES DEL CAMPO «Vasallos del Rey, oid. La hora del juicio ha llegado ya. La liza queda abierta desde este punto; y si al pasar el sol la línea del horizonte no anuncian los clarines un defensor, el verdugo cumplirá con su deber».

 

MUCHAS VOCES ¡Bien, bien!

(Aplausos, ruido, etc.)

 

GARCÍA ¡Ea! Ha llegado la tremenda hora.

 Siento que Dios del corazón me arranca

 el germen de su fe consoladora,

 y en las venas la sangre se me estanca.

 ¡Sí, sí; de esta diabólica contienda

 viene todo el infierno á ser testigo!

 Vértigo..., sed de crimen me devora.

 ¡Ea, corre los lienzos de esa tienda,

 y el infierno desde hoy sea conmigo!

(Arjona manda á los pajes con una seña que abran la tienda. Éstos corren a un tiempo la cortina partida en dos que cierra su fondo y que cubre el teatro, y aparece un vasto palenque, cuyos andamios están llenos de gente del pueblo. En el fondo de este palenque se ve un altar; delante de, él, el verdugo, que, con una tea encendida está pronto á encender la leña hacinada alrededor de la Reina y de D. Pedro, que estarán atados á dos postes de hierro y uno á cada lado del altar. Por sobre los andamios se cierra el horizonte con pintorescas montañas. El sol acaba de salir por encima de unos cerros desiguales, y derramando sobre la escena la rosada luz de la mañana.)

 

PEDRO Señora, ¿no tenéis otra esperanza?

 ¡Oh! Si mi brazo fuerte todavía

 estuviera...

 

REINA                 El de Dios á todo alcanza.

 

PEDRO Creo que Dios también nos abandona.

 

REINA Sólo él puede apreciar nuestra agonía;

 que inútiles con él dolo y falsía,

 lo que castiga ve y lo que perdona.

 

PEDRO No tengo esa virtud; soplo mundano

 me anima aún el corazón terreno,

 y voy la hiel de que le siento lleno

 sobre ellos á verter.

(Al pueblo.)

                               Pueblo villano,

 Rey infame..., escuchad.

 

VOZ EN EL PUEBLO                                      ¿Qué es lo que dice?

 

OTRA Dejadle hablar.

 

OTRAS                        ¡Silencio!

(El pueblo calla después de largo chicheo.)

 

OTRAS                                      Oid.

 

PEDRO                                             Rey fiero,

 sin fe ni ley: el Dios á que apelamos,

 que indefensos morir nos deja infiero;

 mas ante él de tus leyes protestamos.

 Ella inocente, y yo buen caballero,

 al tribunal de Jesucristo vamos,

 y al inmolarme con tal vil castigo,

 Rey, Príncipe, villanos..., yo os maldigo.

(Don García se tapa la cara con las manos, exhalando un ¡ay! desesperado.)

 

GARCÍA ¡Ay!

 

VOCES DEL PUEBLO        ¡Nos insulta! ¡Muera!

 

OTRAS                                         ¡Muera!

 

OTRAS                                                     ¡Muera!

(La Reina demuestra voluntad de hablar.)

 

VOZ La Reina quiere hablar.

 

VOCES                                    ¡Mueran!

 

OTRAS                                                  Oidla.

 

OTRAS Silencio. Oid. Callad.

(Otro largo chicheo. El pueblo calla.)

 

REINA                                 Sin culpa muero;

 mas aunque Dios por causa soberana,

 que indefensos morir nos deja infiero,

 yo como Reina moriré, y cristiana.

 Sí; yo inocente, y él buen caballero,

 seremos ante Dios esta mañana;

 mas aunque me inmoláis, no os guardo encono.

 Hijo, esposo, vasallos..., yo os perdono.

 

PUEBLO ¡Bien, bien!

 

GARCÍA                  ¡No puedo más!...

(Don García pone mano á la daga. Arjona le detiene.)

 

ARJONA                                              Señor, teneos.

 ¿Qué queréis intentar?

 

GARCÍA                                   Morir, Arjona.

 Déjame.

 

ARJONA              No.

 

VOCES                    ¡La hora se pasa!

 

OTRAS                                              ¡Mueran!

 

OTRAS ¡Mueran, mueran!...

 

UNA VOZ                               Ninguno les abona.

 Culpables son, pues Dios les abandona.

 

OTRAS Ya dan los jueces la señal...

 

OTRAS                                           La hoguera

 va á prender ya el verdugo.

 

GARCÍA                                          ¡No, no quiero;

 no puede más mi corazón de fiera.

 ¡Sálvese, sí!

(Don García va á salir de la tienda, en cuyo momento suena la seña de un agudo clarín. Don García se detiene.)

 

ARJONA                   ¡El clarín!

 

PUEBLO                                 ¡Un caballero!




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