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José Zorrilla
El caballo del rey Don Sancho

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ESCENA IX

DICHOS. LA REINA y SESÉ, á una seña de D. Ramiro

 

RAMIRO Ya están aquí...; silencio, estadme atentos;

 vos también escuchadme, don García,

 y si después de oirme unos momentos

 la espada alzáis, encontraréis la mía.

(Todos escuchan con asombro y ansiedad. Don Ramiro domina la escena, y recita con dignidad y calma.)

 

 Conocí una mujer..., su nombre Caya.

REY ¡Dios Santo!

 

RAMIRO                    Es grande historia. Esta matrona,

 casada con un noble de Vizcaya,

 su sien ceñía con feudal corona.

 Un mancebo..., su nombra no hace al caso,

 se prendó de su garbo y hermosura;

 y ella incauta, él audaz, paso tras paso

 fuéles prendiendo amor en red segura.

 Él amante, altanera la matrona,

 «á todo (la dijo él) por ti me atrevo:

 ¿quieres cambiar por otra esa corona

 Y ella, que le entendió, picó en el cebo.

 Una noche el Barón, su noble esposo,

 a manos pereció de unos bandidos;

 dolióse ella del caso lastimoso,

 mas siguieron de entonces más unidos

 los dichosos amantes. ¡Ay! ¿Qué dicha

 es segura en la tierra? El mozo osado

 heredó á poco un reino, y por desdicha

 de Caya, otra mujer con el reinado.

 El la aceptó, pues le traía en prenda

 otra corona más, y aunque fingía

 falaz con Caya, al fiin cayó la venda

 que el corazón amante la cubría.

 Dejóla el Rey, y en vez del matrimonio

 que la ofreció, del reino desterróla

 firmándola un inútil testimonio

 para un infante que del Rey quedóla.

 Y esta mujer, errante y expatriada...

(Se interrumpe.)

 

REINA, REY Y SESÉ ¡Acabad!

 

RAMIRO                Sucumbió tras largo duelo,

 a su hijo dando de la edad pasada

 noticia, y por el Rey pidiendo al cielo.

 

REY ¡Dios mío! ¿Y aquel hijo?

 

RAMIRO                                        Asió una lanza,

 y en Palestina y Francia aventurero

 vivió, guardando siempre una esperanza

 de ser al fin un noble verdadero.

 Topó en Francia por fin á una condesa

 que á otro príncipe estaba prometida,

 la sedujo y huyó con la francesa,

 y aquí vinieron á pasar la vida.

REINA Proseguid.

 

RAMIRO                 Á favor del pergamino

 que dió el Rey á su madre, pasó este hombre

 vida sin porvenir y sin destino,

 sin descubrir su origen ni su nombre.

 Dió el caso, que á un traidor, que conspiraba

 por impensado azar, halló la huella,

 y como en nada este hombre se ocupaba,

 dió en seguir holgazán el rastro de ella.

 Dios les puso á los dos frente por frente,

 y por doquier se hallaban: disponía

 el uno en unas ruinas plazo y gente,

 y el otro sus secretos sorprendía.

 Y...

 

REY, REINA Y SESÉ       ¿Qué?

 

RAMIRO                 Ya en concluir veo que tardo;

 secreto es que callárosle no debo,

(Á la Reina.)

 Vos la ofendida sois.

(Al Rey.)

                                 Vos el mancebo;

 don García el traidor, y yo el bastardo.

(Don Ramiro presenta al Rey el pergamino en cuestión, hincando la rodilla en tierra.)

 

REY Sí, es mi firma. ¡Hijo mío!

(Abrazo rápido.)

 

RAMIRO                                        Ahora, García,

 ciertos de la verdad ambos estamos;

 si me tiendes tu mano, ésta es la mía;

 si en tu demanda estás, al campo vamos.

 

REINA Tened, tened; el dedo del destino

 manifiesto está aquí, y á la inocencia

 el justiciero Dios abre camino.

 

REY Sí, perdona un error...

 

REINA (Interrumpiendo.)

                                   Que no acrimino.

 

REY Yo revoco mi bárbara sentencia.

 

RAMIRO Y yo abrazo la causa de mi hermano:

 deróguese la ley, y en su delito

 sea el único juez... Dios Soberano.

(De rodillas.)

 Su perdón os propongo.

 

REINA                                      Yo le admito.

D. García.)

 Pastor tiene la Iglesia, cuya mano

 tiene poder y crédito infinito

 de atar y desatar... Tu culpa llora,

 y de Roma no más perdón implora.

 

GARCÍA (De rodillas.)

 ¡Madre!

 

REINA              Mas oye: don Ramiro debe

 dar la mano á tu esposa prometida,

 y en tu lugar también mando que lleve

 tu parte de heredad por mí traída.

 Sí: pues solo él á defender se atreve

 mi calumniado honor con su honra y vida,

 ved en qué precio su virtud estimo:

 mi primogénito es; le legitimo.

 

REY Acepto. Abrid, heraldos, esa tienda.

(Lo Hacen y vuelve á quedar á la vista del público el palenque, cuya arena han ocupado ya los villanos, que, contenidos por los soldados, forman un numeroso grupo alrededor de la tienda.)

 

 Pues mis armas vistió, ya es caballero:

 pregonadlo á mi pueblo, y que esto entienda.

 Yo le doy mi caballo: que altanero

 sobre él las calles cruce; de la rienda

 le lleven Reyes de armas, y que atienda

 Navarra á que es su Príncipe heredero.

(Clarines y atabales en señal de pregón, y algo lejos tumulto, vivas. Traen más al centro de la escena. el caballo de D. Sancho. El pueblo se agolpa en derredor.)

 

D. Ramiro.)

 Ea, á caballo tú.

 

REINAD. García.)

                         Tú, escolta toma,

 y á implorar parte tu perdón de Roma.

 

GARCÍA (Con afán, y pronto á partir.)

 Sí, partiré; mas á la vuelta mía,

 si traigo, madre, un corazón sincero,

 ¿puedo esperar de vos...

 

RAMIRO (Interrumpiéndolo y atajando á la Reina, que va á responder.)

 Sí, don García;

 yo tras ti quedo; , y en mi fe fía:

 buen hermano seré; buen caballero.

(Don Ramiro y D. García se dan la mano, y éste parte por la izquierda seguido de Arjona, que se habrá confundido con la multitud durante la anterior escena. Don Ramiro monta á caballo, alejandose todos en tumulto aclamándole. Los Reyes de armas, de pie sobre los andamios del palenque y tremolando los pendones de Castilla, Navarra y Aragón, gritan cada cual á su correspondiente turno.)

 

(El que tiene el pendón de Castilla, dice:)

 ¡Viva la Reina de Castilla!

 

PUEBLO ¡Viva!

(El que tiene el de Navarra, dice:)

 ¡Viva el rey don Sancho de Navarra!

 

PUEBLO ¡Viva!

(El que tiene el de Aragón, dice:)

 ¡Viva el príncipe don Ramiro, Rey de Aragón!

 

PUEBLO ¡Viva!

(Los villanos aplauden, tiran por alto los birretes, etc. Tumulto.)




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