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José Zorrilla
El caballo del rey Don Sancho

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ESCENA II

GISBERGA

(Don García baja por las montañas, acercándose á la casa y dando instrucciones á los que lo acompañan para lo que pasa en las escenas posteriores. Don García se adelanta solo.)

 

GISBERGA ¿Tan tarde y solo en el monte,

 y ahora que anda tan revuelta

 Navarra, y el Rey ausente

 haciendo á los moros guerra?

 Mas... sí..., estoy sintiendo pasos;

 él es..., sin duda

(Mira por la ventana.)

                         se acerca:

 ¿eres tú?

 

GARCÍA               Yo soy.

 

GISBERGA                           Aguarda,

 que voy á abrirte la puerta.

(Lo hace)

 Entra, amor mío... Mas ¡cielos,

 no es él!

 

GARCÍA No, no es el que esperas

 tan afanosa y amante,

 pero es otro cuyas huellas

 sólo traen rastro seguro

 cuando hacia ti se enderezan.

 

GISBERGA Señor caballero, basta,

 basta de vanas protestas

 de un amor que simpatía

 en mi corazón no encuentra.

 Dos veces me habéis buscado,

 y dos veces por sorpresa

 habéis llegado hasta mí

 aprovechando la ausencia

 de las gentes de mi casa.

 

GARCÍA Aparta, serrana bella,

 el ceño adusto, que entolda

 tus miradas hechiceras.

 ¿Qué haces entre los peñascos

 de estas montañas desiertas,

 donde el sol de tu hermosura

 tan breve horizonte encuentra?

 Ven, abandona conmigo

 estas paredes de tierra,

 para habitar un palacio

 y ver á tus plantas puesta

 toda una corte ostentosa,

 toda la Navarra entera.

 

GISBERGA Si no me enojaran tanto

 vuestras lisonjas molestas,

 á fe que reir me harían

 tan colosales promesas,

 porque tan grandes no fuesen

 si fuesen más verdaderas.

 Toda Navarra: ¡ahí va poco!

 ¿Y á quién? ¡A una lugareña!

 

GARCÍA ¡Ay, serrana, que es tan falso

 tu pecho como tu lengua,

 y para enviar en palabras

 tus pensamientos á ella,

 lo que crees y lo que dices

 tu astuto corazón trueca!

 ¿Serrana tú? ¿Tú villana?

 Aunque ese sayal que llevas

 y esa toca te disfraza,

 en vano engañarme intentas;

 que no hay serrana que arome

 con tal cuidado las trenzas

 que en agujas de oro prendes,

 y acaso con nácar peinas.

 Villana que en los arroyos

 se lava y al sol expuesta

 y al aire libre ha pasado

 diez y nueve primaveras,

 no tiene tan transparentes

 las manos á torno hechas.

 

GISBERGA Tened las torpes palabras

 que me indignan y avergüenzan,

 ó alguno tal vez que puede,

 á la garganta os las vuelva.

 

GARCÍA ¿Quién, el jayán que allá dentro

 enciende la chimenea?

 ¿Con qué? ¿Tal vez con el látigo

 con que á los galgos encierra?

 

GISBÉRGA Caballero!

 

GARCÍA                 ¿Ó es el otro

 que de misterios se cerca,

 y aquí entre misterios pasa

 su misteriosa existencia,

 dando al necio vulgo pábulo

 para harto absurdas consejas?

 

GISBERGA ¿Qué decís?

 

GARCÍA                    Lo cierto digo.

 Toda la comarca entera

 ya de vosotros murmura

 y de vosotros se aleja.

 La misma corte, Pamplona,

 ya en vosotros tiene puesta

 su atención, y aseguraros

 á mí me encarga la Reina.

 

GISBERGA ¡Cielos!

 

GARCÍA              Ahora bien, hermosa,

 mi valor y mi nobleza

 me han colocado en Navarra

 de la Real familia cerca.

 Yo te amo, y yo solo puedo,

 si no esquivas tal oferta,

 librarte de los peligros

 que sobre ti se aglomeran.

 

GISBERGA Idos, señor caballero,

 y no os fatiguéis la lengua

 en promesas ni amenazas

 que quien las oye desprecia.

 Decís que los que habitamos

 esta marañada selva

 damos al vulgo que hablar

 y que temer á la Reina;

 pues bien, la Reina y el vulgo

 cuando les plazca que vengan,

 y verán desvanecidas

 tan injuriosas sospechas.

 

GARCÍA Mucho de tu causa fías;

 mas ¿sabes que malas lenguas

 por espías os delatan

 de los moros?

 

GISBERGA                      ¡Tal afrenta!

 ¡Espías!

 

GARCÍA              Tal lo murmuran;

 y las nocturnas escenas

 que dicen que en este valle

 pasan (que serán quimeras),

 mas que ante el vulgo ignorante,

 que todo mal lo interpreta...

 

GISBERGA ¿Qué?

 

GARCÍA            De magos os acusan,

 de quirománticas ciencias

 profesores ó secuaces...

 ¡Qué yo!

 

GISBERGA                   Dios nos proteja.

 ¡Espías y nigromantes!

 

GARCÍA Que son crímenes que llevan

 á los unos á la horca,

 á los otros á la hoguera.

 

GISBERGA ¡Por Dios, señor caballero,

 que patrañas tan groseras

 los nobles y cortesanos

 es imposible que crean!

 

GARCÍA Que aquí un espíritu habite

 que impalpable se aparezca

 bajo mil formas distintas,

 ya en el llano, ya en la vega;

 que aquí, con otros espíritus,

 nocturnas rondas emprendan,

 y otras semejantes fábulas

 que cuenta la chusma crédula,

 no puede creerlo nadie

 que cinco sentidos tenga;

 mas ¿quién en vuestros encantos

 no creerá si á ver llega

 los poderosos hechizos

 que atesora tu belleza?

 ¿Qué mas filtro que tus ojos,

 que filtran y que penetran

 los corazones más duros,

 que entre sus rayos se queman?

 

GISBERGA Idos, caballero, idos;

 vuestro amor, vuestras ofertas,

 ni puedo admitirlas yo,

 ni á poder, las admitiera.

 Idos, por Dios, caballero,

 que estoy temiendo que vuelva

 quien puede de estas palabras

 pedirnos á entrambos cuentas.

 Salid de aquí.

 

GARCÍA                      En vano trazas

 una inútil resistencia;

 un solo criado en casa

 tienes, y la casa cercan

 quienes de ese otro que dices

 sabrán defender las puertas.

 Mira.

(La hace mirar por la ventana y ver los monteros que rodean la casa.)

 

GISBERGA         ¡Gran Dios!

 

GARCÍA                            Y si viene

 le prenderán...; conque piensa

 que tengo mucho poder,

 que traigo gente resuelta,

 que te amo, y que has de ser mía

 por voluntad ó por fuerza.

 

GISBERGA ¡Cielos! ¿Quién es este monstruo

 que así ultraja la inocencia,

 y los respetos más santos

 tan sin pudor atropella?

 ¿No hay quien contra ti me ampare?

 

GARCÍA No; no hay nadie; en vano esperas

 que en el que fías te escuche

 ni á darte socorro venga,

 no; que aunque ese hombre no diese

 cual da á la corte sospechas

 con su misteriosa vida,

 por quererte la perdiera.

 

GISBERGA Primero habrás de matarme

 que yo en seguirte consienta.

 

GARCÍA Pues bien, si no vas amante,

 te arrastraré prisionera

(Va á volverse para salir, y por una de las puertas del fondo aparece D. Ramiro.)




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