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ESCENA II
GISBERGA
(Don García baja por las montañas, acercándose á la casa y
dando instrucciones á los que lo acompañan para lo que pasa en las escenas
posteriores. Don García se adelanta solo.)
GISBERGA ¿Tan tarde y solo en el monte,
y ahora que anda tan revuelta
Navarra, y el Rey ausente
haciendo á los
moros guerra?
Mas... sí..., estoy sintiendo pasos;
él es..., sin duda
(Mira por la ventana.)
se acerca:
¿eres tú?
GARCÍA Yo soy.
GISBERGA Aguarda,
que voy á abrirte la puerta.
(Lo hace)
Entra, amor mío... Mas ¡cielos,
no
es él!
GARCÍA No, no es el que esperas
tan
afanosa y amante,
pero
es otro cuyas huellas
sólo
traen rastro seguro
cuando
hacia ti se enderezan.
GISBERGA Señor caballero, basta,
basta de vanas protestas
de un amor que
simpatía
en mi corazón
no encuentra.
Dos veces me habéis buscado,
y dos veces
por sorpresa
habéis
llegado hasta mí
aprovechando
la ausencia
de
las gentes de mi casa.
GARCÍA Aparta, serrana bella,
el
ceño adusto, que entolda
tus
miradas hechiceras.
¿Qué haces entre los
peñascos
de estas montañas desiertas,
donde el sol de tu
hermosura
tan breve
horizonte encuentra?
Ven, abandona conmigo
estas paredes de tierra,
para habitar un
palacio
y ver á tus plantas
puesta
toda una corte
ostentosa,
toda
la Navarra entera.
GISBERGA Si no me enojaran tanto
vuestras lisonjas molestas,
á fe que reir me
harían
tan colosales
promesas,
porque
tan grandes no fuesen
si
fuesen más verdaderas.
Toda Navarra: ¡ahí va
poco!
¿Y á quién? ¡A una lugareña!
GARCÍA ¡Ay,
serrana, que es tan falso
tu pecho como
tu lengua,
y para enviar en palabras
tus pensamientos á ella,
lo que crees y lo que dices
tu astuto corazón
trueca!
¿Serrana tú? ¿Tú villana?
Aunque ese sayal que llevas
y esa toca te
disfraza,
en
vano engañarme intentas;
que
no hay serrana que arome
con
tal cuidado las trenzas
que en agujas de oro prendes,
y acaso con nácar
peinas.
Villana que en los arroyos
se lava y al sol
expuesta
y al aire libre ha
pasado
diez y nueve
primaveras,
no tiene tan
transparentes
las manos á torno
hechas.
GISBERGA Tened
las torpes palabras
que me indignan y
avergüenzan,
ó alguno tal vez que
puede,
á la garganta os las vuelva.
GARCÍA ¿Quién, el
jayán que allá dentro
enciende la chimenea?
¿Con qué? ¿Tal vez con el látigo
con que á los galgos
encierra?
GISBÉRGA
Caballero!
GARCÍA ¿Ó es el otro
que de misterios se
cerca,
y aquí entre
misterios pasa
su
misteriosa existencia,
dando
al necio vulgo pábulo
para
harto absurdas consejas?
GISBERGA ¿Qué decís?
GARCÍA
Lo cierto digo.
Toda la comarca
entera
ya de vosotros murmura
y de vosotros se
aleja.
La misma corte, Pamplona,
ya en vosotros tiene
puesta
su atención, y
aseguraros
á mí me encarga la
Reina.
GISBERGA ¡Cielos!
GARCÍA
Ahora bien, hermosa,
mi
valor y mi nobleza
me
han colocado en Navarra
de
la Real familia cerca.
Yo te
amo, y yo solo puedo,
si
no esquivas tal oferta,
librarte
de los peligros
que
sobre ti se aglomeran.
GISBERGA Idos, señor caballero,
y no os fatiguéis la lengua
en promesas ni amenazas
que quien las oye
desprecia.
Decís que los que habitamos
esta marañada selva
damos al vulgo que
hablar
y que temer á la Reina;
pues bien, la Reina y
el vulgo
cuando les plazca que
vengan,
y verán desvanecidas
tan injuriosas
sospechas.
GARCÍA Mucho de
tu causa fías;
mas ¿sabes que malas
lenguas
por espías os delatan
de los moros?
GISBERGA ¡Tal afrenta!
¡Espías!
GARCÍA Tal lo murmuran;
y las nocturnas
escenas
que dicen que en este
valle
pasan (que serán
quimeras),
mas que ante el vulgo
ignorante,
que todo mal
lo interpreta...
GISBERGA ¿Qué?
GARCÍA De
magos os acusan,
de quirománticas ciencias
profesores ó
secuaces...
¡Qué sé yo!
GISBERGA Dios nos proteja.
¡Espías y nigromantes!
GARCÍA Que son
crímenes que llevan
á los unos á la
horca,
á los otros á la
hoguera.
GISBERGA ¡Por
Dios, señor caballero,
que patrañas tan
groseras
los nobles y
cortesanos
es imposible que
crean!
GARCÍA Que aquí
un espíritu habite
que impalpable se
aparezca
bajo mil formas
distintas,
ya en el llano, ya en
la vega;
que aquí, con otros
espíritus,
nocturnas rondas
emprendan,
y otras semejantes
fábulas
que cuenta la chusma
crédula,
no puede
creerlo nadie
que
cinco sentidos tenga;
mas
¿quién en vuestros encantos
no
creerá si á ver llega
los poderosos hechizos
que atesora tu
belleza?
¿Qué mas filtro que tus ojos,
que filtran y que
penetran
los corazones más
duros,
que entre sus rayos
se queman?
GISBERGA Idos,
caballero, idos;
vuestro amor,
vuestras ofertas,
ni puedo admitirlas
yo,
ni á poder, las
admitiera.
Idos, por Dios, caballero,
que estoy temiendo
que vuelva
quien puede de estas
palabras
pedirnos á entrambos
cuentas.
Salid de aquí.
GARCÍA
En vano trazas
una
inútil resistencia;
un
solo criado en casa
tienes,
y la casa cercan
quienes de ese otro
que dices
sabrán defender las
puertas.
Mira.
(La hace mirar por la ventana y ver los monteros que rodean
la casa.)
GISBERGA ¡Gran
Dios!
GARCÍA Y si viene
le
prenderán...; conque piensa
que
tengo mucho poder,
que traigo gente resuelta,
que te amo, y que has
de ser mía
por voluntad ó por fuerza.
GISBERGA ¡Cielos!
¿Quién es este monstruo
que así ultraja la
inocencia,
y los respetos más santos
tan sin pudor
atropella?
¿No hay quien contra
ti me ampare?
GARCÍA No; no hay nadie; en vano esperas
que en el que fías te escuche
ni á darte
socorro venga,
no;
que aunque ese hombre no diese
cual
da á la corte sospechas
con
su misteriosa vida,
por
quererte la perdiera.
GISBERGA Primero habrás de matarme
que
yo en seguirte consienta.
GARCÍA Pues bien, si no vas amante,
te
arrastraré prisionera
(Va á volverse para salir, y por una de las puertas del
fondo aparece D. Ramiro.)
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