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José Zorrilla
El caballo del rey Don Sancho

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ESCENA VI

DON GARCÍA y LUCAS DE ARJONA

 

GARCÍA ¿Qué es esto, Arjona?

 

ARJONA                                   ¿Qué es esto,

 señor?

 

GARCÍA           Lo ignoro á estas horas.

 

ARJONA Y yo también.

 

GARCÍA.                       Ese huésped

 con tanta doblez se porta,

 que aun me mantiene indeciso

 entre el temor y la cólera.

 ¿Y mis monteros?

 

ARJONA                             Lo mismo

 que vos. Han pasado cosas

 allá abajo, que del vulgo

 las hablillas corroboran.

 

GARCÍA ¿Cómo?... ¡Qué dices!

 

ARJONA                                    Que el diablo

 parece que cartas toma

 en el juego de esta noche.

 

GARCÍA Pues ¿qué pasa?

 

ARJONA                          Es una historia.

 

GARCÍA Habla; sepámosla pronto

 y evitemos...

 

ARJONA                     Ante todas

 cosas, señor, es preciso

 que sepáis que, con faz torva,

 cuando hacia aquí me condujo

 el huésped, me dijo: «Arjona,

 si en algo estimas tu vida,

 dile á tu amo que en todas

 las paredes de esta casa,

 ojos, oídos y bocas

 hay, que ven, oyen y cuentan

 lo que entre ellas pasa».

 

GARCÍA                                     ¡Hola!

 Pues en cuenta lo tendremos.

 Lucas, por si acaso, ronda

 por esos cuartos vecinos;

 en todas las puertas dobla

 los pasadores; en esa

 antesala las dos hojas

 cierra de la puerta, mientras

 yo voy á ver si en esta otra

 hay salida ó escondite,

 y luego se hará en la alcoba

 igual registro, veamos.

(Don García y Arjona entran y salen; D. García por la derecha y Arjona por el fondo.)

 

ARJONA Aquí hay una puerta sola,

 sin más ventana ni armario

 ni trasto que se interponga;

 la pared lisa y no más.

 

GARCÍA Lo mismo pasa en esta otra

 cámara; ni en esta alcoba

(La del fondo derecha.)

 tampoco hay nada: habla, pues;

 ya estamos, Lucas, á solas.

 Y cercado este aposento

 de cámaras espaciosas

 y solitarias, no hay miedo;

 conque siéntate, y di, Arjona.

 

ARJONA Pues atendedme, señor:

 tenía yo con mi tropa

 toda esta casa maldita

 circundada á la redonda,

 cuando salió de ella un hombre

 y enderezó á mi persona;

 díjome que vos pasabais

 la noche aquí: en una copa

 como un pilón de una fuente,

 nos hizo echar una ronda.

 Después nos condujo él mismo

 á una casucha á ésta próxima,

 diciendo que allí tendríamos

 que cenar con vuestras sobras,

 pues tal era vuestra orden.

 

GARCÍA ¡Cuerpo de tal! De mi propia

 boca debiste venir

 á tomarla.

 

ARJONA                Esa fué cosa

 que me ocurrió, mas no pude

 ponerla, señor, por obra.

 Me sentaron á la mesa,

 trajeron con qué hacer boca,

 y el que hacía de Anfitrión

 no me dejó á sol ni á sombra.

 Yo ya intenté á la deshecha

 colarme por una y otra

 cámara, mas él siguióme

 como sirviéndome. Sorda

 desde entonces la sospecha

 me royó el alma. Así toda

 la casa anduvimos ambos,

 y á nadie topé. Una olla

 de agua al fuego vi no más

 en la cocina, y seis lonjas

 de jabalí en las parrillas:

 ¡para cuarenta, gran cosa!

 Mas ¡juzgad de mi sorpresa

 cuando vi que una tras otra

 sirvieron ricas viandas

 y buen vino en tazas hondas!

 

GARCÍA Es que tendrán las cocinas

 en otra parte.

 

ARJONA                      Es que ahora

 viene lo mejor: la mesa

 nos la serviría una moza

 como un sol.

 

GARCÍA Pues ¡gran pedrada!

 

ARJONA Mas como las licenciosas

 lenguas de vuestros monteros

 al momento se desbocan,

 empezaron á hacerse agua

 con la niña.

 

GARCÍA                  Y vergonzosa,

 ¿se os escabulló?

 

ARJONA                            Y aquí entra,

 lo más negro de la historia:

 en su lugar á servirnos

 entró, bajo horrible forma...

 

GARCÍA ¿Alguna vieja?

 

ARJONA                       Peor:

 el mismo diablo en persona;

 un etíope, con la cara

 más obscura que la sombra.

 Quedámonos como piedras,

 pues nos trajo á la memoria

 las consejas que se cuentan

 de esta casa; mas Luis Torras,

 que tiene un vino insolente

 y un alma como hay muy pocas,

 le preguntó por la chica.

 El etíope, á la boca

 se llevó la luz, y abriéndola,

 nos mostró las fauces rojas,

 mas sin lengua. En esto el huésped

 entró, y héme aquí.

 

GARCÍA                              Me asombra

 tu relato, tanto más,

 cuanto que aquí he visto cosas

 que me dan que sospechar

 alguna traición, Arjona.

 

ARJONA ¡Cómo!

 

GARCÍA             Al instante, es preciso

 que de esta casa salgamos,

 y á sus dueños sorprendamos.

 

ARJONA Mas sin que demos aviso

 á la gente...

 

GARCÍA                   ¿Es muy distante

 donde se aloja?

 

ARJONA                         Si fuera

 posible que yo saliera

 de aquí, todo era un instante.

 Están en unas paneras

 á este edificio contiguas.

 

GARCÍA Bueno: á tus mañas antiguas

 vuelve; ¿escalador no eres?

 

ARJONA Me llevaba en su partida

 vuestro padre en los asaltos.

 

GARCÍA Ea, pues, mayores saltos

 habrás dado en esta vida.

 Salta por esa ventana.

 

ARJONA Pero, señor, ¿y la reja?

 

GARCÍA Es de palo, y está vieja.

(La rompe.)

 Ya está rota; tierra gana

 en cuanto afirmes el pie,

 y ven con mi gente á mí.

 

ARJONA Pero ¿y vos?

 

GARCÍA                     Tranquilo aquí

 vuestra vuelta aguardaré;

 que es muy astuto el patrón,

 y es fuerza que le imitemos

 si salir bien pretendemos.

 

ARJONA Príncipe, tenéis razón.

 

GARCÍA Si vuelves, los más bizarros

 mete por aquí conmigo;

 queden los demás contigo,

 y Cristo con los navarros.

 

ARJONA Voy, pues.

(Baja por la ventana; D. García le ayuda.)

 

GARCÍA Arjona, con tiento.

(Aparece D. Ramiro por el fondo derecha.)

 

ARJONA Soltadme; ya estoy seguro.

 

GARCÍA , que con el huésped, juro

 que he de hacer un escarmiento.




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