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ESCENA VII
LA REINA, D. PEDRO y
D. RAMIRO, de peregrino.
RAMIRO A vuestros pies...
REINA Levantaos,
buen Romero, que
quien trae
firma del Rey en su
abono,
en postura semejante
no ha de estar ante
su esposa.
RAMIRO Esas palabras Reales,
de su mismo puño
escritas,
mi importunidad
reparen.
REINA El habla en
vos; alzad, pues.
RAMIRO Primero que me levante,
vuestra Real mano,
señora,
para que la bese
dadme.
REINA Tomad, y hablad.
RAMIRO Gracias, Reina;
y esta humildad no os
extrañe,
que nací vasallo
vuestro,
y aunque jamás el
semblante
logré hasta este
punto veros,
de él he llevado una
imagen
en el corazón
grabada,
y ya nunca ha de
borrarse.
REINA De ese respeto agradezco
demostraciones tan
grandes,
pero...
RAMIRO
Escuchadme, señora,
y vos también
escuchadme,
caballero, que á la
par
os toca á ambos mi
mensaje.
PEDRO Decidle, pues.
RAMIRO Duro cargo
me impuse en él, y es probable
que el corazón generoso
mis palabras os desgarren;
mas el mal que voy á haceros,
por la intención disculpadme.
Tenéis un hijo, señora,
por cuyas venas, la sangre
de vuestras venas circula.
REINA Tengo dos.
RAMIRO
Uno distante
de Navarra está; no
es ése
de quien hablo; no es culpable.
Al príncipe don García
me refiero, cuyos
planes,
hondo y fatal
precipicio
hoy á vuestras plantas abren.
REINA ¿Qué es lo
que dices?
RAMIRO Oidme.
REINA Explícate, pero antes
piensa bien que una
impostura
la vida puede
costarte.
PEDRO Proseguid, buen peregrino;
dejad, señora, que
hable.
RAMIRO ¡Oh! Sé muy bien lo que digo.
¡Pluguiera á Dios me engañase!
Yo, que en los vecinos montes
hago una vida salvaje,
entre sus quebradas peñas
y sus fieras montaraces,
por azar, por suerte vuestra,
ó por los impenetrables
juicios de Dios, vine astuto
de sus tramas infernales
a coger todos los hilos,
y vengo todos á dárosles
antes que os teja con ellos
traidora red un infame.
REINA ¡Oh! Concluid.
RAM1RO
Don García
conspira contra su
padre.
REINA ¡Cielos!
RAMIRO Y como su intento
ambos á dos le
estorbabais,
dió en un delito más
pérfido:
os acusó el miserable
de un feo crimen.
REINA y PEDRO ¿De
cuál?
RAMIRO Permitidme que lo calle.
REINA No, hablad.
RAMIRO
Del que no perdona
jamás un esposo
amante,
del que asesina la
honra
de quien con
vergüenza nace.
PEDRO ¡Dios mío! Ya me esperaba
que algún proyecto
execrable
encerraba la sonrisa
y la mirada
insultante
de ese mancebo.
REINA Tú mientes.
Tamaño crimen no cabe
en el corazón de un
hijo.
Que á ese vasallo
acusase
de cualquier crimen,
lo entiendo,
porque en su lugar,
su padre
por gobernador
conmigo
le dejó, y sé que ha
de odiarle;
pero ¿a mí? ¡Mientes
mil veces!
PEDRO ¡Ay, Reina! El estrago que hace
en el corazón del
hombre
la ambición, sólo lo
sabe
Dios, que nos le hizo de tierra
tan quebradiza y tan frágil.
REINA Es
imposible, don Pedro;
es increíble, improbable,
y este impostor dura muerte
merece. ¡Hola, guardias, pajes!
PEDRO Tened,
señora, tened
los ímpetus naturales
del corazón. Vos seguid,
Romero, sin que os agravie
ni atemoricen sus iras.
Es natural, es su madre.
RAMIRO A mí sus iras no pueden
amedrentar ni
agraviarme,
cuando no hay tales
secretos
quién sepa ni quién
relate
fuera del Príncipe y
yo,
ni hay tal vez
tampoco nadie
más pronto á morir por ella
cuando otras pruebas faltaren.
REINA Pues bien;
pruebas convincentes
presenta pronto, al instante,
ó te hago ahorcar de
una almena
como á un impostor
infame.
RAMIRO No haréis tal, Reina y señora,
por dos razones.
REINA ¿Por cuáles?
RAMIRO La primera, porque el Rey
tal vez no os lo
perdonase
jamás.
PEDRO ¡Vive
Dios!
RAMIRO La otra
es, porque cuando yo os falte
faltará quien os defienda,
y os pesaría, aunque tarde.
REINA Mas ¡por
Dios!, que sin más pruebas
de delitos semejantes,
¿bajo qué crédito quieres
que tu palabra me baste?
RAMIRO Basta y sobra el pergamino
que del rey don
Sancho traje.
REINA Tienes razón. ¡Cielo santo!
Él manda aquí, que te ampare,
que te proteja y dé crédito.
RAMIRO Y su firma, ¿no es bastante?
REINA Sí, sí; cuando el Rey te abona,
razones tendrá muy graves.
RAMIRO Don
García, ¿está en palacio?
PEDRO y REINA Sí.
RAMIRO Pues ante
vos llamadle
y decidle que el caballo
de batalla de su padre
habéis de matar primero,
que que le monte dejarle.
REINA Romero, tú estás sin juicio.
PEDRO Dejadle hablar.
RAMIRO
Por mi parte
cumplí mi deber,
señora,
obrad como más
gustareis;
mas si le dais el caballo,
tal vez esta misma tarde
veréis para vos trocadas
vuestras cámaras en cárceles.
REINA ¿Qué dices?
RAMIRO
Esa es la seña,
y pues sobran desleales
en todas las tierras, siempre
dispuestos á rebelarse,
el Príncipe se ha
sabido
atraer por todas partes
muchos secuaces que esperan
medrar con sus novedades.
Todo está ya
prevenido,
y si en el caballo sale,
fuerza es que en él suba Príncipe,
mas Rey de Navarra baje.
REINA Imposible me parece.
PEDRO Señora, por Dios, llamadle,
y procurad con
palabras
meditadas y sagaces
leer lo cierto en su
rostro,
el corazón
penetrarle.
Todo es posible,
señora,
y en los hombres todo cabe.
REINA Sí, sí, que venga, que venga;
mas sola con él
dejadme:
no quiero que alma
viviente
presencie lo que aquí
pase.
PEDRO Pero si es cierto..., si intenta...
REINA No: esperad á que yo os llame.
RAMIRO Enhorabuena, señora,
mas no olvidéis, en
tan grave
situación, que tengo sólo
de sus secretos la llave,
y que estoy pronto por vos
á verter toda mi sangre.
REINA Y no olvides tú tampoco
que como inocente le
halle,
en ti caerá la
sentencia
del crimen que le
imputaste.
RAMIRO Ponedme de él frente á frente,
que acepto, si él lo
negare.
REINA Luego ¿os conoce?
RAMIRO Una vez
no más me ha visto el
semblante,
y oyó una vez mi
palabra,
mas lo olvidará muy
tarde.
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