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José Zorrilla
El caballo del rey Don Sancho

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ESCENA IX

LA REINA y D. GARCÍA.

GARCÍA ¿Qué es lo que ocurre, señora,

 que con tal prisa y afán

 tras mí vuestros pajes van?

 ¿Qué pasa de nuevo ahora?

 Un momento ha me tuvisteis

 con vos en este lugar,

 ¿y ahora me tenéis que hablar?

 ¿Por qué entonces no lo hicisteis?

 

REINA Porque entonces no sabía

 lo que ha llegado después

 á mis oídos.

 

GARCÍA                   Y ¿qué es?

 

REINA Lo sabrás.

 

GARCÍA                 ¡Por vida mía,

 será otro cuento del viejo

 Sesé! Vasallo más fiel

 no tenéis; nada sin él

 podéis, ni sin su consejo.

 Sois con él harto benigna,

 Y le otorgáis tal franqueza,

 que á ser su privanza empieza

 de una noble dama indigna.

 

REINA ¡García!

 

GARCÍA              No os irritéis,

 madre; mas que haya un vasallo

 que se meta en si un caballo

 darme ó no darme debéis,

 y que pueda más con vos

 que el hijo de vos nacido,

 es cosa que me ha ofendido

 y que me extraña, ¡por Dios!

 

REINA Y ese insolente lenguaje

 me está ya haciendo, García,

 sospechar que no te hacía

 quien te acusó grande ultraje.

 

GARCÍA Quien me acusó...; pienso quién:

 Sesé, sin duda...

 

REINA                          Él, ú otro.

 

GARCÍA ¿De haberos pedido el potro?

 

REINA Pues.

 

GARCÍA          ¿Lo quería él también?

 Yo que vos, se le daría,

 que entre él y yo, él es primero.

 

REINA Diérasele al pregonero

 antes que á vos, don García.

 

GARCÍA Lo que con vos puede veo;

 pero ya es mío, señora,

 y á demandármele ahora

 que no habrá quien ose creo.

 

REINA (Con ironía.)

 ¿Le has elegido tal vez

 por su nobleza y vigor,

 para algún campo de honor

 ó alguna lid de gran prez?

 

GARCÍA No qué misterio encierra

 vuestro tono, mas me temo

 que estamos en el extremo

 de la paz ó de la guerra.

 

REINA Eso depende de ti:

 las frases que á salir van

 de tu boca, esas serán

 tu ley.

 

GARCÍA          Pues oidlas.

 

REINA                            Di.

 

GARCÍA Hombre soy ya, y soy tan hombre,

 que decir bien alto puedo

 que en Navarra ha puesto miedo

 de mi valor el renombre.

 De un reino heredero soy,

 prenda de mi Real linaje,

 y me cansa tanto ultraje

 como recibiendo estoy.

 Mi padre el Rey me desprecia,

 de su sangre en desacato,

 por un viejo mentecato

 que de leal se le precia.

 Y él, y vos, y todo el mundo

 me faltáis al descubierto;

 pero de hoy más, os lo advierto,

 no quiero ser el segundo.

 Me harta ya ver que el cariño

 paternal, para mí escaso,

 me desaira á cada paso

 como mientras era niño.

 Y pues el cielo lo ha hecho

 y he nacido Real infante,

 madre, de aquí en adelante

 yo sostendré mi derecho.

 Nadie ha de ir sobre mí

 siendo yo el hijo del Rey,

 así lo dice la ley,

 y yo he de exigirlo así.

 

REINA Pues mientras esté en mi mano

 del rey don Sancho el poder,

 vos tendréis que obedecer

 mi capricho soberano.

 

GARCÍA No os halague esa esperanza,

 que no he de ser un pechero

 que sirve de aventurero

 á quien le compra su lanza.

 No, ¡vive Dios! Ya á caballo

 y empeñado el trance fiero,

 veremos quién es primero,

 veremos quién el vasallo.

 

REINA ¡Insensato! No tendrás

 ni un corcel mientras yo viva

 que en sus lomos te reciba,

 y el de don Sancho, jamás.

 

GARCÍA No tanto, por vuestra vida,

 blasonéis de bríos, madre,

 que sólo el Rey es mi padre,

 y cuando cuentas os pida

 del poder con que os dejó,

 veremos qué cuentas dais.

 

REINA Más cumplidas que esperáis

 se las daré.

 

GARCÍA                  Tal vez no.

 

REINA ¡Basta, traidor, basta ya,

 que la verdad sin rebozo

 en tus ímpetus de mozo

 revelándoseme está!

 

GARCÍA ¡Señora!

 

REINA              ¡Traidor, responde

 sin turbarte ni mentir:

 ¿adónde intentas hoy ir

 con ese caballo?

 

GARCÍA                          ¿Adónde?

 Y ¿qué os importa?

 

REINA                               Tu cara

 palidece: el corazón,

 García, te hace traición,

 y por la faz te declara.

 Silencio: bien manifiesta

 tu infamia veo.

 

GARCÍA                       Acabemos

 de una vez.

 

REINA                  Acabaremos

 si tienes una respuesta.

 ¿Qué viste, villano, en mí,

 para osar torpe á mi honor?

 

GARCÍA ¡Cielos!

 

REINA             ¿Qué viste, traidor,

 para mancillarme así?

 

GARCÍA ¡Rayos del cielo! No más

 añadáis... ¡Oh! Me han vendido.

 Mas si creen que he sucumbido,

 se engañaron...; no, jamás.

 Ya es tarde para ceder;

 dijo bien quien tal os dijo,

 sí, que á luchar madre é hijo

 van, poder contra poder.

 

REINA Miente quien diga que tú eres

 de la sangre de mis venas

 nacido, miente; las hienas

 no nacen de las mujeres.

 Rebelde y calumniador,

 yo te ganaré la mano.

 

GARCÍA Débil mujer, será en vano

 todo ese inútil furor.

 Ya hemos saltado la valla

 ambos á dos, ya nos hemos

 conocido, y no podemos

 rehusarnos la batalla.

 Veamos quién vencedor

 sale de entrambos ahora.

(La Reina va hacia la puerta para llamar á su gente, diciendo:)

 

REINA Veamos. ¡Hola!

(El Príncipe lo ataja el paso, y corre el cerrojo a la puerta.)

 

GARCÍA                         Señora,

 teneos.

 

REINA           ¡Cómo, traidor!

 

GARCÍA Ya no hay más voz que la mía:

 para vos, de este, momento

 es prisión vuestro aposento.

 ¡El rey aquí es don García!

 

REINA ¡Miserable! ¿Presa yo?

 

GARCÍA Presa por el rey, por mí.

 

REINA ¿Tú rey de Navarra?

 

GARCÍA Sí.

 

RAMIRO (Presentándose.)

 ¿Rey? ¡Bah! Todavía no.




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