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José Zorrilla
El caballo del rey Don Sancho

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ESCENA IV

DON GARCÍA y ARJONA

 

ARJONA Señor...

 

GARCÍA             Arjona, ¿qué traes?

 

ARJONA Buenas nuevas. Todo se ha

 cumplido á pedir de boca.

 Pero, dejadme admirar,

 señor, vuestra perspicacia

 y vuestra serenidad.

 Yo lo oía y lo dudaba,

 y quien os viera explicar

 de esta rebelión la historia

 delante del tribunal,

 ¡vive Dios que la tuviera

 por relación tan veraz,

 tan clara, tan innegable...!

 

GARCÍA Basta, Arjona, por piedad.

 ¡Ojalá que antes mi lengua

 enmudeciera! ¡Ojalá

 que un rayo me hiciera polvo

 al concebir tal maldad!

 

ARJONA ¡Señor!... ¿Qué decís?

 

GARCÍA                                    Arjona,

 mientras me hizo vacilar

 el miedo y la incertidumbre,

 y la ambición infernal

 me sostuvo, á todo osé;

 mas la negra soledad

 de esa torre, en que he pasado

 todo el día, á despertar

 ha vuelto en mí la razón,

 y holgárame, Arjona, asaz,

 para salir de esta angustia

 algún camino encontrar.

 

ARJONA Ya estáis, señor, fuera de ella.

 Yo presenté al tribunal

 los testigos que citasteis,

 y aunque con bastante afán

 y harto temor, porque alguno

 quisiera volverse atrás,

 juramos lo que vos mismo

 les quisisteis declarar,

 y probamos que aquí obrasteis

 en virtud del poder Real

 que os dió en secreto la Reina;

 mas que su deslealtad

 conociendo, al Rey y al reino

 quisisteis de ella guardar.

 Que sorprendiéndoos también

 ella y Sesé vuestro plan,

 en su antecámara misma

 os iban á asesinar,

 habiendo comprado el brazo

 de un vigoroso gañán

 con quien en secreto hablaron

 antes de haceros llamar

 á su presencia, en su cámara

 para más seguridad

 la misma Reina ocultándole;

 todo lo que, si es verdad

 que es una impostura grande,

 nadie lo podrá negar,

 porque todo el mundo vió

 que estaba aquel Satanás

 con el acero en la mano,

 y con él pronto á lidiar

 vos, señor, al mismo tiempo.

 

GARCÍA Pero ¿y ese hombre?

 

ARJONA                                 Ya está

 también, por mi buena industria,

 colocado en buen lugar.

 

GARCÍA ¿Preso también?

 

ARJONA                          Nada de eso,

 nadie con ese hombre da;

 mas como yo le he colgado

 con ellos grande amistad,

 y han dicho todos que él solo

 robó el caballo, además

 de matar al que servía

 la caballeriza Real,

 y con pase de la Reina

 se salió de la ciudad,

 está condenado, á habérsele,

 á la pena capital.

 El Rey además, furioso

 del silencio que en guardar

 se obstinan Sesé y la Reina,

 crédito mayor os da.

 Y en fin, la Junta y los grandes

 tan confundidos están,

 y las leyes tan explícitas,

 que nada que temer hay.

 Ya veis que en todo parece

 de parte nuestra el azar.

 

GARCÍA Pero, Arjona...

 

ARJONA                       ¡Qué, señor!

 

GARCÍA Aunque todo va derecho

 á nuestro bien, de lo hecho

 me da espanto, me da horror.

 Es mi madre.

ARJONA                     Pero...

 

GARCÍA                               Di,

 ¿no habría mejor camino

 por donde echar su destino?

 

ARJONA Hay uno, mucho que sí.

 

GARCÍA ¿Cuál? ¿Cuál?

 

ARJONA                       Que vos ante el Rey

 declaréis vuestra impostura,

 y cambiéis de sepultura

 con la Reina.

 

GARCÍA                     ¿Esa es la ley,

 Arjona?

 

ARJONA              No hay más remedio.

 Si os habéis vos de salvar,

 fuerza ha de ser derribar

 á todo el que esté por medio.

 La pena del acusado

 cae en el acusador

 si sale aquél vencedor;

 conque moriréis quemado.

 

GARCÍA Y tú, tú que tantas trazas

 hallas siempre para todo,

 ¡me abandonas de este modo!

 ¡Callas!... ¡Oh, me despedazas

 el alma, Arjona!

 

ARJONA                          Señor,

 me estáis confundiendo, y callo,

 porque remedio no os hallo

 si os falta vuestro valor.

 

GARCÍA No son de pavor, Arjona,

 los pesares que me oprimen,

 es que veo que mi crimen

 pesa más que la corona;

 es que me espanta el castigo

 que les impone mi encono,

 y que me espanta ese trono

 que con su sangre consigo.

 Si huyéramos...

 

ARJONA                         Imposible.

 

GARCÍA Ausente el acusador...

 

ARJONA Fuera el peligro mayor

 para vos.

 

GARCÍA               Y ¿no es posible,

 burlando la vigilancia

 del Rey don Sancho, fugarnos

 ambos á dos, y ampararnos

 de Cataluña ó de Francia?

 

ARJONA Imposible: no hay camino

 que por el Rey no se guarde,

 don García, y ya es muy tarde

 para torcer el destino.

 

GARCÍA De ese modo...

 

ARJONA                         Es lo mejor

 que en el empeño sigáis,

 hasta donde más podáis,

 con inflexible valor.

 Si vencéis, aun la esperanza

 tenéis de calmar la ley,

 su vida pidiendo al Rey:

 todo quien vence lo alcanza.

 

GARCÍA ¡Ira de Dios! Seguiré.

 El infierno es quien lo hace:

 seguiré, pues que le place.

 Vamos.

 

ARJONA             ¿Dónde?

 

GARCÍA                           Yo no .

 El Rey me aguarda, á él me voy;

 lo que exigirá no ,

 mas todo lo emprenderé

 según sintiéndome estoy.

 De mi maldad me amedrento,

 y este afán, esta agonía,

 no si es, ¡por vida mía!

 furor ó arrepentimiento.

 La fortuna arrastro en pos

 de mí, mas con tal afán,

 que presumo que así irán

 los réprobos ante Dios.

 Sí, soplo infernal me anima

 de espíritu tan perverso,

 que abriría al universo

 a mis plantas ancha sima.

 Un vértigo, un torbellino

 me arrebata en pos de sí.

 Vamos, Arjona, de aquí,

 y cúmplase su destino.




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