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| José Zorrilla El caballo del rey Don Sancho IntraText CT - Texto |
ESCENA VII
LA REINA, D. PEDRO y D. RAMIRO, de peregrino.
RAMIRO A vuestros pies...
REINA Levantaos,
buen Romero, que quien trae
firma del Rey en su abono,
en postura semejante
no ha de estar ante su esposa.
RAMIRO Esas palabras Reales,
de su mismo puño escritas,
mi importunidad reparen.
REINA El habla en vos; alzad, pues.
RAMIRO Primero que me levante,
vuestra Real mano, señora,
para que la bese dadme.
REINA Tomad, y hablad.
RAMIRO Gracias, Reina;
y esta humildad no os extrañe,
que nací vasallo vuestro,
y aunque jamás el semblante
logré hasta este punto veros,
de él he llevado una imagen
en el corazón grabada,
y ya nunca ha de borrarse.
REINA De ese respeto agradezco
demostraciones tan grandes,
pero...
RAMIRO Escuchadme, señora,
y vos también escuchadme,
caballero, que á la par
os toca á ambos mi mensaje.
PEDRO Decidle, pues.
RAMIRO Duro cargo
me impuse en él, y es probable
que el corazón generoso
mis palabras os desgarren;
mas el mal que voy á haceros,
por la intención disculpadme.
Tenéis un hijo, señora,
por cuyas venas, la sangre
de vuestras venas circula.
REINA Tengo dos.
RAMIRO Uno distante
de Navarra está; no es ése
de quien hablo; no es culpable.
Al príncipe don García
me refiero, cuyos planes,
hondo y fatal precipicio
hoy á vuestras plantas abren.
REINA ¿Qué es lo que dices?
RAMIRO Oidme.
REINA Explícate, pero antes
piensa bien que una impostura
la vida puede costarte.
PEDRO Proseguid, buen peregrino;
dejad, señora, que hable.
RAMIRO ¡Oh! Sé muy bien lo que digo.
¡Pluguiera á Dios me engañase!
Yo, que en los vecinos montes
hago una vida salvaje,
entre sus quebradas peñas
y sus fieras montaraces,
por azar, por suerte vuestra,
ó por los impenetrables
juicios de Dios, vine astuto
de sus tramas infernales
a coger todos los hilos,
y vengo todos á dárosles
antes que os teja con ellos
traidora red un infame.
REINA ¡Oh! Concluid.
RAM1RO Don García
conspira contra su padre.
REINA ¡Cielos!
RAMIRO Y como su intento
ambos á dos le estorbabais,
dió en un delito más pérfido:
os acusó el miserable
de un feo crimen.
REINA y PEDRO ¿De cuál?
RAMIRO Permitidme que lo calle.
REINA No, hablad.
RAMIRO Del que no perdona
jamás un esposo amante,
del que asesina la honra
de quien con vergüenza nace.
PEDRO ¡Dios mío! Ya me esperaba
que algún proyecto execrable
encerraba la sonrisa
y la mirada insultante
de ese mancebo.
REINA Tú mientes.
Tamaño crimen no cabe
en el corazón de un hijo.
Que á ese vasallo acusase
de cualquier crimen, lo entiendo,
porque en su lugar, su padre
por gobernador conmigo
le dejó, y sé que ha de odiarle;
pero ¿a mí? ¡Mientes mil veces!
PEDRO ¡Ay, Reina! El estrago que hace
en el corazón del hombre
la ambición, sólo lo sabe
Dios, que nos le hizo de tierra
tan quebradiza y tan frágil.
REINA Es imposible, don Pedro;
es increíble, improbable,
y este impostor dura muerte
merece. ¡Hola, guardias, pajes!
PEDRO Tened, señora, tened
los ímpetus naturales
del corazón. Vos seguid,
Romero, sin que os agravie
ni atemoricen sus iras.
Es natural, es su madre.
RAMIRO A mí sus iras no pueden
amedrentar ni agraviarme,
cuando no hay tales secretos
quién sepa ni quién relate
fuera del Príncipe y yo,
ni hay tal vez tampoco nadie
más pronto á morir por ella
cuando otras pruebas faltaren.
REINA Pues bien; pruebas convincentes
presenta pronto, al instante,
ó te hago ahorcar de una almena
como á un impostor infame.
RAMIRO No haréis tal, Reina y señora,
por dos razones.
REINA ¿Por cuáles?
RAMIRO La primera, porque el Rey
tal vez no os lo perdonase
jamás.
PEDRO ¡Vive Dios!
RAMIRO La otra
es, porque cuando yo os falte
faltará quien os defienda,
y os pesaría, aunque tarde.
REINA Mas ¡por Dios!, que sin más pruebas
de delitos semejantes,
¿bajo qué crédito quieres
que tu palabra me baste?
RAMIRO Basta y sobra el pergamino
que del rey don Sancho traje.
REINA Tienes razón. ¡Cielo santo!
Él manda aquí, que te ampare,
que te proteja y dé crédito.
RAMIRO Y su firma, ¿no es bastante?
REINA Sí, sí; cuando el Rey te abona,
razones tendrá muy graves.
RAMIRO Don García, ¿está en palacio?
PEDRO y REINA Sí.
RAMIRO Pues ante vos llamadle
y decidle que el caballo
de batalla de su padre
habéis de matar primero,
que que le monte dejarle.
REINA Romero, tú estás sin juicio.
PEDRO Dejadle hablar.
RAMIRO Por mi parte
cumplí mi deber, señora,
obrad como más gustareis;
mas si le dais el caballo,
tal vez esta misma tarde
veréis para vos trocadas
vuestras cámaras en cárceles.
REINA ¿Qué dices?
RAMIRO Esa es la seña,
y pues sobran desleales
en todas las tierras, siempre
dispuestos á rebelarse,
el Príncipe se ha sabido
atraer por todas partes
muchos secuaces que esperan
medrar con sus novedades.
Todo está ya prevenido,
y si en el caballo sale,
fuerza es que en él suba Príncipe,
mas Rey de Navarra baje.
REINA Imposible me parece.
PEDRO Señora, por Dios, llamadle,
y procurad con palabras
meditadas y sagaces
leer lo cierto en su rostro,
el corazón penetrarle.
Todo es posible, señora,
y en los hombres todo cabe.
REINA Sí, sí, que venga, que venga;
mas sola con él dejadme:
no quiero que alma viviente
presencie lo que aquí pase.
PEDRO Pero si es cierto..., si intenta...
REINA No: esperad á que yo os llame.
RAMIRO Enhorabuena, señora,
mas no olvidéis, en tan grave
situación, que tengo sólo
de sus secretos la llave,
y que estoy pronto por vos
á verter toda mi sangre.
REINA Y no olvides tú tampoco
que como inocente le halle,
en ti caerá la sentencia
del crimen que le imputaste.
RAMIRO Ponedme de él frente á frente,
que acepto, si él lo negare.
REINA Luego ¿os conoce?
RAMIRO Una vez
no más me ha visto el semblante,
y oyó una vez mi palabra,
mas lo olvidará muy tarde.