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Escena II
ROMANO y THEUDIA
ROMANO ¡Theudia!
THEUDIA
Yo soy, buen anciano.
ROMANO ¡Qué os vuelvo á ver!
THEUDIA ¡Ay de mí!
Por imposible lo dí,
mas
Dios me dió su mano.
ROMANO Decís bien, Dios está en todo;
y
pues os trae á mi amparo
segunda
vez, está claro
que
es el mejor acomodo.
Ea, sentaos; tomad
posesión
de mi chozuela;
(Siéntase THEUDIA á la
lumbre)
calentaos;
¿no os consuela
esa
llama?
THEUDIA
Sí, en verdad.
ROMANO Acercaos más; así.
¿Traeréis hambre?
THEUDIA De dos días.
ROMANO Viandas hay, aunque frías.
THEUDIA Dadme;
aun hay calor en mí
que suplirá al de la
lumbre,
y comer frío
no daña
á quien trae de la
campaña
la
privación por costumbre.
ROMANO Entrad, pues, á ese pastel,
como
si fuera á una plaza
enemiga.
THEUDIA
¡Buena traza
tiene!
ROMANO Pues,
firme con él.
Aquí tenéis un vasijo
con
vino añejo de Oporto..
THEUDIA Padre, me dejáis absorto.
¿Aquí vino?
ROMANO
Bebed, hijo;
(THEUDIA come y bebe)
gozad el bien que os,
da Dios,
y aprended que en Él
tan sólo
no cabe falta
ni dolo;
y pues os crió, de vos
cuida su
paterna mano,
porque
sin su voluntad
no
bulle en la inmensidad
ni
el átomo más liviano.
THEUDIA Anciano, tenéis razón,
y
nadie en su gran poder
mayor
fe puede tener
que Theudia en su corazón.
Sí, padre; yo he visto al hombre
en
su agonía mil veces,
y
siempre le oí con preces
invocar
su santo nombre.
No hay mercader tan
infame
ni
tan blasfemo soldado,
que,
por la muerte llamado,
á Dios muriendo no llame.
Y tal vez al
pensamiento
que
puse una noche en Dios,
debo
el hallarme con vos
aquí,
y en este momento.
ROMANO Os creo, Theudia; sin duda
os creo; porque los males
son recuerdos
celestiales
con que
nuestra fe, se ayuda.
(THEUDIA aparta la vianda)
¿No más?
THEUDIA
Soy sobrio, aunque godo;
mas
el hambre y el cansancio,
por
la pasta y por el rancio
me
han hecho olvidar de todo.
Dios me perdone.
Ahora, hermano,
decidme...
ROMANO
No os fatiguéis
en preguntas.
THEUDIA ¡Oh! ¿Sabéis
de él?
ROMANO Sí sé.
THEUDIA
¡Dios soberano,
gracias! Ya desconfiaba
de volverle en vida
hallar.
¿Quién es de él? ¿Quién hace?
ROMANO
Vegetar
como
una planta que traba
raíces en un peñón,
por un turbión
producida,
y espera, al
peñasco asida,
que
la arranque otro turbión,
THEUDIA ¡Infeliz! ¿Cuánto ha que vino?
ROMANO Tres meses
ya. Todavía
era de noche, y
dormía
yo aún, cuando
un repentino
golpe
en la puerta asentado,
estremeció
la cabaña.
Tal visita era harto
extraña,
y
acudí sobresaltado.
Abrí, entró; sombrío,
mudo,
avanzó
con lento paso;
colgó,
sin hacerme caso,
espada,
casco y escudo
en
el pilar; se metió
en
la pieza que ocupaba
la
otra vez, y como estaba,
sobre
una piel se tendió.
Durmióse al Punto.
¡Ay de mí!
¡Cómo venía el
cuitado!
Herido, roto,
embarrado:
lloré
cuando tal le vi.
Llaméle, mas no dormía:
fuerza
febril le sostuvo
hasta
llegar; mas cuando hubo
el
fin que se proponía
tocado,
le abandonó
su
vigor calenturiento,
y
en un aletargamiento
anonadado
cayó.
La hambre, el pesar, la fatiga,
que al par en él
presa hicieron,
vi que á la par le
rindieron.
Con solicitud amiga
desnudóle,
y le abrigué
de
unas pieles al calor;
espirituoso
licor
vertí en su boca, y dejó
que con el sueño
cobrara
las fuerzas que
abandonado
le habían; me eché á
su lado,
y esperé á que
despertara.
THEUDIA ¡Oh, buen amigo, dejad
que
os bese la noble mano!
ROMANO Él infeliz, yo cristiano,
cumplí
con la caridad.
THEUDIA ¡Bendígaos Dios!... Mas,
seguid,
seguid.
ROMANO El
sol se ocultaba
ya,
cuando él se despertaba
poco
á poco.
THEUDIA Y ¿qué hizo?
ROMANO Oid.
Tendió una vaga mirada
en
torno de sí; me vió,
y
el infeliz sonrió
sin
poder decirme nada;
porque
al hallar un amigo
que
lloraba junto á él,
su
suerte vió menos cruel,
y
echóse á llorar conmigo.
THEUDIA ¡Oh! Se
comprende muy bien.
ROMANO Vistióse; tomó alimento,
y
oramos por un momento.
Hízolo él como quien
pone
en Dios una fe santa,
y en alas de su oración,
entero su
corazón
al
trono de Dios levanta.
Tranquilo después le
vi,
y
tendiéndome la mano,
dijo: «Ya lo veis, hermano,
vuelvo á vos, mirad por mí.»
De entonces acá, ni aun tiene
voluntad:
orad, le digo,
y
se arrodilla conmigo;
id
ó venid, y va ó viene.
THEUDIA ¿Y nunca os dijo...?
ROMANO Jamás;
como
en el tiempo pasado,
en
silencio se ha encerrado,
y
yo nunca quise atrás
la
vista hacerle volver,
por
no renovar la herida
que
el recuerdo de su vida
le
debió en el alma hacer.
Mudo así, pero
tranquilo,
vive,
y tengo á buen consejo
dejarle,
como le dejo,
vivir
quieto en este asilo.
Mi hospitalidad
recibe
con
gratitud, no desdeña
bajar
al monte por leña,
sacar
agua del aljibe,
encender
fuego, arreglar
los trastos, de la cabaña;
nada le ofende ni
extraña;
conmigo vive á la
par,
todo á ambos es
común.
Para él pedí á mi convento
más
nutritivo alimento;
se
lo sirvo; pero aún
no
ha dado señal ninguna
de
ver sí hay más que agua y pan
come
de lo que le dan,
sin
notar mudanza alguna.
Mas á veces, como á
impulso
de
algún vértigo arrastrado,
sale
desatalentado
de la cabaña, y le llamo
en vano; de
risco en risco
huye
montaraz, arisco,
como
un acosado gamo
que
huyendo va del ojeo,
y
metido en la espesura
se
está, hasta que cierra obscura
la
noche. ¡Ay! Entonces veo
en
su cara macilenta
y
el cansancio que le abate,
las
huellas de la tormenta
interior
que le combate.
Le hago orar, y se
consuela;
mas
bajo el sayo eremita
la
sangre Real se le irrita
y
el corazón se revela.
Hoy tarda ya. El
desdichado,
hoy,
como nunca sombrío,
me
dijo: «Orad, padre mío,
por este desventurado.
Orad más que ningún día
hoy, porque yo os
aseguro
que es el día más
obscuro
que hay en la
existencia mía.»
THEUDIA ¿Hoy?
¿Quién sabe el día fijo
á su recuerdo más cruel?
¡Son tantos! Padre,
por él
oremos.
ROMANO Oremos,
hijo.
(Al irse á arrodillar ambos, THEUDIA, que escucha, detiene al
Ermitaño)
THEUDIA Mas aguardad un momento,
pues, ó me engañó el oído,
ó á lo lejos
he creído
oír
un grito.
ROMANO
Fué el viento
de
la tempestad acaso.
(Abre la puerta del fondo; se ve
relampaguear)
Ved cómo el nublando
avanza.
THEUDIA Mi oído es fino, y alcanza
de
alguno que sube el paso.
ROMANO Tenéis razón; es su huella,
la
reconozco.
(Óyese muy á lo lejos un grito lúgubre)
THEUDIA ¡Dios santo!
¿Qué grito es ese?
ROMANO Es de espanto,
de
agonía.
THEUDIA ¡Ah, si se estrella
algún
barco!
ROMANO
Vamos, pues,
al
mar; tal vez tiempo haya
de
atraer hacia la playa
al
náufrago, si lo es.
(ROMANO y THEUDIA van á entrar, ROMANO delante. DON RODRIGO sale al
mismo tiempo, y encarándose sólo con ROMANO, sin reparar en THEUDIA, le dirige
la palabra. THEUDIA permanece en el fondo.)
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