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José Zorrilla
La Calentura

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Escena II

ROMANO y THEUDIA

 

ROMANO ¡Theudia!

THEUDIA               Yo soy, buen anciano.

ROMANO ¡Qué os vuelvo á ver!

THEUDIA                                 ¡Ay de mí!

 Por imposible lo ,

 mas Dios me dió su mano.

ROMANO Decís bien, Dios está en todo;

 y pues os trae á mi amparo

 segunda vez, está claro

 que es el mejor acomodo.

 Ea, sentaos; tomad

 posesión de mi chozuela;

(Siéntase THEUDIA á la lumbre)

 calentaos; ¿no os consuela

 esa llama?

THEUDIA                Sí, en verdad.

ROMANO Acercaos más; así.

 ¿Traeréis hambre?

THEUDIA                            De dos días.

ROMANO Viandas hay, aunque frías.

THEUDIA Dadme; aun hay calor en mí

 que suplirá al de la lumbre,

 y comer frío no daña

 á quien trae de la campaña

 la privación por costumbre.

ROMANO Entrad, pues, á ese pastel,

 como si fuera á una plaza

 enemiga.

THEUDIA              ¡Buena traza

 tiene!

ROMANO         Pues, firme con él.

 Aquí tenéis un vasijo

 con vino añejo de Oporto..

THEUDIA Padre, me dejáis absorto.

 ¿Aquí vino?

ROMANO                  Bebed, hijo;

(THEUDIA come y bebe)

 gozad el bien que os, da Dios,

 y aprended que en Él tan sólo

 no cabe falta ni dolo;

 y pues os crió, de vos

 cuida su paterna mano,

 porque sin su voluntad

 no bulle en la inmensidad

 ni el átomo más liviano.

THEUDIA Anciano, tenéis razón,

 y nadie en su gran poder

 mayor fe puede tener

 que Theudia en su corazón.

 Sí, padre; yo he visto al hombre

 en su agonía mil veces,

 y siempre le con preces

 invocar su santo nombre.

 No hay mercader tan infame

 ni tan blasfemo soldado,

 que, por la muerte llamado,

 á Dios muriendo no llame.

 Y tal vez al pensamiento

 que puse una noche en Dios,

 debo el hallarme con vos

 aquí, y en este momento.

ROMANO Os creo, Theudia; sin duda

 os creo; porque los males

 son recuerdos celestiales

 con que nuestra fe, se ayuda.

(THEUDIA aparta la vianda)

 ¿No más?

THEUDIA               Soy sobrio, aunque godo;

 mas el hambre y el cansancio,

 por la pasta y por el rancio

 me han hecho olvidar de todo.

 Dios me perdone. Ahora, hermano,

 decidme...

ROMANO                 No os fatiguéis

 en preguntas.

THEUDIA                    ¡Oh! ¿Sabéis

 de él?

ROMANO         Sí .

THEUDIA                ¡Dios soberano,

 gracias! Ya desconfiaba

 de volverle en vida hallar.

 ¿Quién es de él? ¿Quién hace?

ROMANO                                               Vegetar

 como una planta que traba

 raíces en un peñón,

 por un turbión producida,

 y espera, al peñasco asida,

 que la arranque otro turbión,

THEUDIA ¡Infeliz! ¿Cuánto ha que vino?

ROMANO Tres meses ya. Todavía

 era de noche, y dormía

 yo aún, cuando un repentino

 golpe en la puerta asentado,

 estremeció la cabaña.

 Tal visita era harto extraña,

 y acudí sobresaltado.

 Abrí, entró; sombrío, mudo,

 avanzó con lento paso;

 colgó, sin hacerme caso,

 espada, casco y escudo

 en el pilar; se metió

 en la pieza que ocupaba

 la otra vez, y como estaba,

 sobre una piel se tendió.

 Durmióse al Punto. ¡Ay de mí!

 ¡Cómo venía el cuitado!

 Herido, roto, embarrado:

 lloré cuando tal le vi.

 Llaméle, mas no dormía:

 fuerza febril le sostuvo

 hasta llegar; mas cuando hubo

 el fin que se proponía

 tocado, le abandonó

 su vigor calenturiento,

 y en un aletargamiento

 anonadado cayó.

 La hambre, el pesar, la fatiga,

 que al par en él presa hicieron,

 vi que á la par le rindieron.

 Con solicitud amiga

 desnudóle, y le abrigué

 de unas pieles al calor;

 espirituoso licor

 vertí en su boca, y dejó

 que con el sueño cobrara

 las fuerzas que abandonado

 le habían; me eché á su lado,

 y esperé á que despertara.

THEUDIA ¡Oh, buen amigo, dejad

 que os bese la noble mano!

ROMANO Él infeliz, yo cristiano,

 cumplí con la caridad.

THEUDIA ¡Bendígaos Dios!... Mas, seguid,

 seguid.

ROMANO           El sol se ocultaba

 ya, cuando él se despertaba

 poco á poco.

THEUDIA                     Y ¿qué hizo?

ROMANO                                        Oid.

 Tendió una vaga mirada

 en torno de sí; me vió,

 y el infeliz sonrió

 sin poder decirme nada;

 porque al hallar un amigo

 que lloraba junto á él,

 su suerte vió menos cruel,

 y echóse á llorar conmigo.

THEUDIA ¡Oh! Se comprende muy bien.

ROMANO Vistióse; tomó alimento,

 y oramos por un momento.

 Hízolo él como quien

 pone en Dios una fe santa,

 y en alas de su oración,

 entero su corazón

 al trono de Dios levanta.

 Tranquilo después le vi,

 y tendiéndome la mano,

 dijo: «Ya lo veis, hermano,

 vuelvo á vos, mirad por mí.»

 De entonces acá, ni aun tiene

 voluntad: orad, le digo,

 y se arrodilla conmigo;

 id ó venid, y va ó viene.

THEUDIA ¿Y nunca os dijo...?

ROMANO                                Jamás;

 como en el tiempo pasado,

 en silencio se ha encerrado,

 y yo nunca quise atrás

 la vista hacerle volver,

 por no renovar la herida

 que el recuerdo de su vida

 le debió en el alma hacer.

 Mudo así, pero tranquilo,

 vive, y tengo á buen consejo

 dejarle, como le dejo,

 vivir quieto en este asilo.

 Mi hospitalidad recibe

 con gratitud, no desdeña

 bajar al monte por leña,

 sacar agua del aljibe,

 encender fuego, arreglar

 los trastos, de la cabaña;

 nada le ofende ni extraña;

 conmigo vive á la par,

 todo á ambos es común.

 Para él pedí á mi convento

 más nutritivo alimento;

 se lo sirvo; pero aún

 no ha dado señal ninguna

 de ver sí hay más que agua y pan

 come de lo que le dan,

 sin notar mudanza alguna.

 Mas á veces, como á impulso

 de algún vértigo arrastrado,

 sale desatalentado

 de la cabaña, y le llamo

 en vano; de risco en risco

 huye montaraz, arisco,

 como un acosado gamo

 que huyendo va del ojeo,

 y metido en la espesura

 se está, hasta que cierra obscura

 la noche. ¡Ay! Entonces veo

 en su cara macilenta

 y el cansancio que le abate,

 las huellas de la tormenta

 interior que le combate.

 Le hago orar, y se consuela;

 mas bajo el sayo eremita

 la sangre Real se le irrita

 y el corazón se revela.

 Hoy tarda ya. El desdichado,

 hoy, como nunca sombrío,

 me dijo: «Orad, padre mío,

 por este desventurado.

 Orad más que ningún día

 hoy, porque yo os aseguro

 que es el día más obscuro

 que hay en la existencia mía.»

THEUDIA ¿Hoy? ¿Quién sabe el día fijo

 á su recuerdo más cruel?

 ¡Son tantos! Padre, por él

 oremos.

ROMANO             Oremos, hijo.

(Al irse á arrodillar ambos, THEUDIA, que escucha, detiene al

Ermitaño)

THEUDIA Mas aguardad un momento,

 pues, ó me engañó el oído,

 ó á lo lejos he creído

 oír un grito.

ROMANO                  Fué el viento

 de la tempestad acaso.

(Abre la puerta del fondo; se ve relampaguear)

 Ved cómo el nublando avanza.

THEUDIA Mi oído es fino, y alcanza

 de alguno que sube el paso.

ROMANO Tenéis razón; es su huella,

 la reconozco.

(Óyese muy á lo lejos un grito lúgubre)

THEUDIA                     ¡Dios santo!

 ¿Qué grito es ese?

ROMANO                             Es de espanto,

 de agonía.

THEUDIA ¡Ah, si se estrella

 algún barco!

ROMANO                       Vamos, pues,

 al mar; tal vez tiempo haya

 de atraer hacia la playa

 al náufrago, si lo es.

(ROMANO y THEUDIA van á entrar, ROMANO delante. DON RODRIGO sale al mismo tiempo, y encarándose sólo con ROMANO, sin reparar en THEUDIA, le dirige la palabra. THEUDIA permanece en el fondo.)

 




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