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Escena III
Dichos y D. RODRIGO
RODRIGO Padre, no
os mováis de aquí;
no,
no es náufrago el que grita.
ROMANO ¿Quién es?
RODRIGO La sombra maldita
que viene detrás de mí.
Cerrad, cerrad.
ROMANO Son antojos
que os forja algún
desvarío.
RODRIGO No; oí Su voz, padre mío,
y la he visto por mis ojos.
Como un pájaro marino,
como
un vapor, avanzaba
por sobre el mar, que la daba
sobre sus ondas
camino.
Á la torva claridad
de
un relámpago la vi.
¡Maldita sombra! ¡Ay
de mí!
Me la trae la
tempestad.
(DON RODRIGO se sienta
junto á la lumbre, tapándose la cara
con las manos)
ROMANO
(Á THEUDIA)
Aun no ha reparado en vos;
no
os mováis de ahí.
(Á D. RODRIGO)
Hijo mío,
con
ese vértigo impío
luchad;
acudid á Dios.
RODRIGO ¡Ay, padre! Dios no me
escucha,
y á Satanás á la tierra
ha enviado á
moverme guerra,
y es desigual esta lucha.
Yo á todo mi ánimo apelo,
pero
por grande que sea,
¿quién, quién á un
tiempo pelea
contra
sí mismo y el cielo?
Ya os he dicho esta
mañana
que
hoy era mi día aciago,
y
témome algún estrago
contra
el que mi fuerza es vana.
ROMANO Indigna superstición,
hija
de la fantasía.
RODRIGO Del acíbar que se cría
en
mi triste corazón.
Hija de la sangre
amarga
que
por celestial sentencia
envenena
mi existencia,
cuanto
más triste, más larga.
¿Qué me resta ya que hacer?
Llamó al cielo y no me
oyó;
me
mostré á la tierra, y no
me
quiso reconocer.
Sí, sí; ésta es la
misma hora
del
crimen; éste el fatal
día de tan criminal
aniversario, y ahora
la sombra debe venir
á mis puertas á
llamar,
sin que la pueda
ahuyentar...;
dejadme, pues,
sucumbir.
Del África viene, sí;
yo
la he visto balancearse
sobre
el agua, y acercarse
á la playa contra mí.
¿No habéis oído en la
calma
nocturna
un horrendo grito?
Fué el espíritu
maldito
que
viene á pedir mi alma.
ROMANO Serenaos, don Rodrigo.
RODRIGO Jamás me llaméis así;
bajo
este nombre perdí
todo
cuanto tuve amigo.
Solo en la tierra me
hallo;
pereció
cuanto leal
era
á ese nombre fatal,
¡hasta mi último
caballo!
(DON
RODRIGO se levanta, transportado por los recuerdos á los tiempos pasados. Varía de carácter, hasta
volver á caer en su desvarío al fin de esta escena. -Depende del actor)
Un generoso corcel
con
paramentos de malla;
todo
un corcel de batalla.
¡Qué bizarro iba yo
en él!
Sobre él, de venganza
rayo,
encerrado
en mi armadura,
llegué
en una noche obscura
al
campo de don Pelayo.
Con él, al pie de una encina,
pasé
aquella noche horrenda,
y
abrigo, falto de tienda,
le
di con mi capellina.
Apenas el alba nueva
por
el Oriente asomaba,
ya sobre él caracoleaba
por las márgenes del
Deva;
y al escuchar los
clarines
del feroz
morisco bando,
su
noble raza mostrando,
bufó y erizó las crines.
Al combate me lancé
sobre él; con él me
metí
entre los moros, y á
mi
sabor los alanceé.
Tras de su tropel impío,
cuando ya huían
deshechos,
tenaz se arrojó de
pechos
conmigo en
mitad del río.
La corriente nos
llevó;
llegué
yo, hiriendo y matando,
hasta
Causegadia, cuando
el
monte se desplomó.
Cuantos árabes
delante
llevaba,
huyendo de mí,
se
sepultaron allí,
bajo
el peñasco gigante.
Mas de entra el golfo
de espuma
que
alzó el peñón desplomado,
sacóme
á la orilla á nado,
flotando
como una pluma.
Allí di en tierra con
él,
rendidos
al fin los dos;
yo
tendí la diestra á Dios,
y
la siniestra al corcel.
Leal junto á mí
yacía,
y
al ir perdiendo el sentido,
me
apercibí, conmovido,
que
la mano me lamía.
Era el amigo postrero
que
tenía, y yo pensaba
que á par de él aun expiraba,
si no rey,
buen caballero.
¡Mas Dios no lo quiso así!
Al volver de mi
desmayo,
de
las gentes de Pelayo
cercado
en torno me vi.
Halláronme al explorar
el
campo al siguiente día.
¡Más hiel allí
todavía
restábame
que apurar!
Pelayo me dijo: «Amigo,
¿quién eres? Por ti
vencí»
Yo ufano, ¡necio de
mí! contesté:
«Soy don Rodrigo»
Todo el mundo se echó
atrás
con
horror, y replicó
don
Pelayo: «Ya se hundió,
para
no alzarse jamás,
don Rodrigo, y de su nombre
no habrá ya rey en
España;
mas tú has hecho en
la campaña
cuanto puede hacer un
hombre,
y en premio de tu
valor,
á faz del pueblo te
abono
yo;
libre eres, te perdono
por
lo bravo lo impostor»
De sangre con una
venda
cegó-mis
ojos la ira
al
oír que de mentira
era
mi palabra prenda.
Quedé inmóvil de coraje,
y teníendome por
loco,
dejáronme poco
a poco
á solas con tal
ultraje.
¡Solo aquella vil
canalla,
por
quien lidié, me dejó!
Mas no estaba solo, no;
mi
fiel corcel de batalla
pacía
en una ladera;
sobre la silla me eché,
el acicate le hinqué,
y se lanzó á la
carrera.
Pensé en vos y en Lusitania,
y hacia vos me dirigí;
mas era sino
¡ay de mí!
perder
en mi ciega insania
todo
cuanto me era fiel.
¡En mi vértigo
infernal,
me
olvidé que era mortal
mi
desdichado corcel!
Desbocado le traía
día
y noche, sin cesar.
A mí la hiel del pesar
de
alimento me servía,
del
universo enemigo
para huir; mas á él, que no,
¡noble animal! expiró,
y
con él mi último amigo.
(DON RODRIGO, al
volverse, da con THEUDIA, que se ha puesto de rodillas
á su lado á sus últimas palabras, y que le dice:)
THEUDIA Señor, aun os quedo yo.
RODRIGO ¡Theudia!
THEUDIA
No, echéis un caballo de
menos;
mientras yo viva,
aun
la fortuna no os priva
de un amigo y de un vasallo.
RODRIGO Alza, y
que yo te reciba
en mis brazos. ¡Ay!
Creí
que tú también, como
todos
ingrato,
harías allí
causa
común con los godos,
volviéndote
contra mí.
THEUDIA ¡Yo contra vos hacer bando!
No: si ante vos estallando
la tierra se nos derrumba,
para entonces yo os
demando
la mitad de vuestra
tumba.
RODRIGO Sí, te
reconozco bien;
tú solo fueras capaz
de mirarme sin
desdén.
THEUDIA Y de
vengaros también
del mundo entero á la
faz.
RODRIGO Mas ¿cómo
hiciste jornada
hacia aquí?
THEUDIA
Allá en Covadonga,
viendo
que era hombre de espada,
me
pusieron de avanzada
por
la noche. Que me exponga
yo
más que éstos, justo es,
me
dije; soy un soldado,
y
no hay completo un arnés
en campo tan mal armado;
de facción quedéme,
pues.
Creí juntarme con vos
a
la aurora; mas la lucha
se trabó antes; yo os f uí en pos,
pero la gente
era mucha,
y
quiso apartarnos Dios.
Caí herido; de un
paisano
lleváronme
á la cabaña,
y
cuando ya me vi sano,
volviendo
al campo de España,
nuevas de vos pedí en vano.
Mas comprendí que vivíais
por un soldado que
habló
de uno que por rey se
dió;
Y juzgando que os vendríais
aquí, tras vos eché
yo.
Orillas del Duero dí
con
los huesos de un corcel;
cerca
los pedazos vi
de un arnés; fijéme en él,
y el vuestro
reconocí.
RODRIGO ¿No viniste, pues, por mar?
THEUDIA No, y que lo penséis me
asombra.
RODRIGO ¿Conque al llegar yo...?
THEUDIA De entrar
acababa.
RODRIGO
¡Horrendo azar!
THEUDIA ¿Qué hay?
RODRIGO
¡No eras tú aquella sombra!
ROMANO Señor...
RODRIGO
Dejadnos, anciano,
á solas por un
momento.
ROMANO
(Á THEUDIA.)
ldle,
por Dios, á la mano.
THEUDIA
(Á ROMANO)
Yo procuraré con
tiento
calmar
su espíritu insano.
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