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José Zorrilla
La Calentura

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Escena III

Dichos y D. RODRIGO

RODRIGO    Padre, no os mováis de aquí;

 no, no es náufrago el que grita.

ROMANO ¿Quién es?

RODRIGO                 La sombra maldita

 que viene detrás de mí.

 Cerrad, cerrad.

ROMANO                        Son antojos

 que os forja algún desvarío.

RODRIGO No; Su voz, padre mío,

 y la he visto por mis ojos.

 Como un pájaro marino,

 como un vapor, avanzaba

 por sobre el mar, que la daba

 sobre sus ondas camino.

 Á la torva claridad

 de un relámpago la vi.

 ¡Maldita sombra! ¡Ay de mí!

 Me la trae la tempestad.

(DON RODRIGO se sienta junto á la lumbre, tapándose la cara

con las manos)

ROMANO 

THEUDIA)

 Aun no ha reparado en vos;

 no os mováis de ahí.

D. RODRIGO)

                                Hijo mío,

 con ese vértigo impío

 luchad; acudid á Dios.

RODRIGO ¡Ay, padre! Dios no me escucha,

 y á Satanás á la tierra

 ha enviado á moverme guerra,

 y es desigual esta lucha.

 Yo á todo mi ánimo apelo,

 pero por grande que sea,

 ¿quién, quién á un tiempo pelea

 contra sí mismo y el cielo?

 Ya os he dicho esta mañana

 que hoy era mi día aciago,

 y témome algún estrago

 contra el que mi fuerza es vana.

ROMANO Indigna superstición,

 hija de la fantasía.

RODRIGO Del acíbar que se cría

 en mi triste corazón.

 Hija de la sangre amarga

 que por celestial sentencia

 envenena mi existencia,

 cuanto más triste, más larga.

 ¿Qué me resta ya que hacer?

 Llamó al cielo y no me oyó;

 me mostré á la tierra, y no

 me quiso reconocer.

 Sí, sí; ésta es la misma hora

 del crimen; éste el fatal

 día de tan criminal

 aniversario, y ahora

 la sombra debe venir

 á mis puertas á llamar,

 sin que la pueda ahuyentar...;

 dejadme, pues, sucumbir.

 Del África viene, sí;

 yo la he visto balancearse

 sobre el agua, y acercarse

 á la playa contra mí.

 ¿No habéis oído en la calma

 nocturna un horrendo grito?

 Fué el espíritu maldito

 que viene á pedir mi alma.

ROMANO Serenaos, don Rodrigo.

RODRIGO Jamás me llaméis así;

 bajo este nombre perdí

 todo cuanto tuve amigo.

 Solo en la tierra me hallo;

 pereció cuanto leal

 era á ese nombre fatal,

 ¡hasta mi último caballo!

(DON RODRIGO se levanta, transportado por los recuerdos á los tiempos pasados. Varía de carácter, hasta volver á caer en su desvarío al fin de esta escena. -Depende del actor)

 Un generoso corcel

 con paramentos de malla;

 todo un corcel de batalla.

 ¡Qué bizarro iba yo en él!

 Sobre él, de venganza rayo,

 encerrado en mi armadura,

 llegué en una noche obscura

 al campo de don Pelayo.

 Con él, al pie de una encina,

 pasé aquella noche horrenda,

 y abrigo, falto de tienda,

 le di con mi capellina.

 Apenas el alba nueva

 por el Oriente asomaba,

 ya sobre él caracoleaba

 por las márgenes del Deva;

 y al escuchar los clarines

 del feroz morisco bando,

 su noble raza mostrando,

 bufó y erizó las crines.

 Al combate me lancé

 sobre él; con él me metí

 entre los moros, y á mi

 sabor los alanceé.

 Tras de su tropel impío,

 cuando ya huían deshechos,

 tenaz se arrojó de pechos

 conmigo en mitad del río.

 La corriente nos llevó;

 llegué yo, hiriendo y matando,

 hasta Causegadia, cuando

 el monte se desplomó.

 Cuantos árabes delante

 llevaba, huyendo de mí,

 se sepultaron allí,

 bajo el peñasco gigante.

 Mas de entra el golfo de espuma

 que alzó el peñón desplomado,

 sacóme á la orilla á nado,

 flotando como una pluma.

 Allí di en tierra con él,

 rendidos al fin los dos;

 yo tendí la diestra á Dios,

 y la siniestra al corcel.

 Leal junto á mí yacía,

 y al ir perdiendo el sentido,

 me apercibí, conmovido,

 que la mano me lamía.

 Era el amigo postrero

 que tenía, y yo pensaba

 que á par de él aun expiraba,

 si no rey, buen caballero.

 ¡Mas Dios no lo quiso así!

 Al volver de mi desmayo,

 de las gentes de Pelayo

 cercado en torno me vi.

 Halláronme al explorar

 el campo al siguiente día.

 ¡Más hiel allí todavía

 restábame que apurar!

 Pelayo me dijo: «Amigo,

 ¿quién eres? Por ti vencí»

 Yo ufano, ¡necio de mí! contesté:

 «Soy don Rodrigo»

 Todo el mundo se echó atrás

 con horror, y replicó

 don Pelayo: «Ya se hundió,

 para no alzarse jamás,

 don Rodrigo, y de su nombre

 no habrá ya rey en España;

 mas tú has hecho en la campaña

 cuanto puede hacer un hombre,

 y en premio de tu valor,

 á faz del pueblo te abono

 yo; libre eres, te perdono

 por lo bravo lo impostor»

 De sangre con una venda

 cegó-mis ojos la ira

 al oír que de mentira

 era mi palabra prenda.

 Quedé inmóvil de coraje,

 y teníendome por loco,

 dejáronme poco a poco

 á solas con tal ultraje.

 ¡Solo aquella vil canalla,

 por quien lidié, me dejó!

 Mas no estaba solo, no;

 mi fiel corcel de batalla

 pacía en una ladera;

 sobre la silla me eché,

 el acicate le hinqué,

 y se lanzó á la carrera.

 Pensé en vos y en Lusitania,

 y hacia vos me dirigí;

 mas era sino ¡ay de mí!

 perder en mi ciega insania

 todo cuanto me era fiel.

 ¡En mi vértigo infernal,

 me olvidé que era mortal

 mi desdichado corcel!

 Desbocado le traía

 día y noche, sin cesar.

 A mí la hiel del pesar

 de alimento me servía,

 del universo enemigo

 para huir; mas á él, que no,

 ¡noble animal! expiró,

 y con él mi último amigo.

(DON RODRIGO, al volverse, da con THEUDIA, que se ha puesto de rodillas á su lado á sus últimas palabras, y que le dice:)

THEUDIA Señor, aun os quedo yo.

RODRIGO ¡Theudia!

THEUDIA               No, echéis un caballo de

 menos; mientras yo viva,

 aun la fortuna no os priva

 de un amigo y de un vasallo.

RODRIGO Alza, y que yo te reciba

 en mis brazos. ¡Ay! Creí

 que tú también, como todos

 ingrato, harías allí

 causa común con los godos,

 volviéndote contra mí.

THEUDIA ¡Yo contra vos hacer bando!

 No: si ante vos estallando

 la tierra se nos derrumba,

 para entonces yo os demando

 la mitad de vuestra tumba.

RODRIGO Sí, te reconozco bien;

 tú solo fueras capaz

 de mirarme sin desdén.

THEUDIA Y de vengaros también

 del mundo entero á la faz.

RODRIGO Mas ¿cómo hiciste jornada

 hacia aquí?

THEUDIA                 Allá en Covadonga,

 viendo que era hombre de espada,

 me pusieron de avanzada

 por la noche. Que me exponga

 yo más que éstos, justo es,

 me dije; soy un soldado,

 y no hay completo un arnés

 en campo tan mal armado;

 de facción quedéme, pues.

 Creí juntarme con vos

 a la aurora; mas la lucha

 se trabó antes; yo os f en pos,

 pero la gente era mucha,

 y quiso apartarnos Dios.

 Caí herido; de un paisano

 lleváronme á la cabaña,

 y cuando ya me vi sano,

 volviendo al campo de España,

 nuevas de vos pedí en vano.

 Mas comprendí que vivíais

 por un soldado que habló

 de uno que por rey se dió;

 Y juzgando que os vendríais

 aquí, tras vos eché yo.

 Orillas del Duero

 con los huesos de un corcel;

 cerca los pedazos vi

 de un arnés; fijéme en él,

 y el vuestro reconocí.

RODRIGO ¿No viniste, pues, por mar?

THEUDIA No, y que lo penséis me asombra.

RODRIGO ¿Conque al llegar yo...?

THEUDIA                                     De entrar

 acababa.

RODRIGO              ¡Horrendo azar!

THEUDIA ¿Qué hay?

RODRIGO                ¡No eras tú aquella sombra!

ROMANO Señor...

RODRIGO              Dejadnos, anciano,

 á solas por un momento.

ROMANO 

THEUDIA.)

 ldle, por Dios, á la mano.

THEUDIA 

ROMANO)

 Yo procuraré con tiento

 calmar su espíritu insano.

 




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