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| José Zorrilla La Calentura IntraText CT - Texto |
(Siéntase FLORINDA al lado del fuego, gozando de su calor con
RODRIGO ¿Qué traéis? ¿Qué buscáis?
FLORINDA Nadie ya; soy una sombra.
RODRIGO ¡Sombra! ¿Quién me la trae?
RODRIGO Y ¿de dónde?
RODRIGO ¡Es la mía!
¡Agua!... Tengo el temblor de la agonía.
¡Agua!
RODRIGO ¡Ay de mí! Yo creo que deliro.
FLORINDA ¡Agua!...La calentura me sustenta,
y en el momento en que me deje, expiro.
¡Agua!
(Después de beber)
te lo tenga, buen hombre. ¡Qué cansada
estoy!... A esos peñascos he trepado,
por este fuego y esa luz guiada.
Temí que me la hubieras apagado.
¡Qué agradable calor! ¡Cómo consuela!
Allá en la obscuridad, ¡qué frío hacía
sobre la mar! Pues ¿y en el monte? Hiela.
todas las noches á esta playa.
RODRIGO ¡Todas!
FLORINDA Todas. Todas las noches de seis años,
siempre viendo pasar las naves godas
ante mí, y yo ¡qué afán! presa entre extraños.
Porque yo estaba África cautiva,
allá en un torreón..., sobre una roca
que daba al mar...; mas ya no estaba viva.
Yo lo sabía bien, porque sentía
que la razón se me iba por momentos;
mas el dolor con la razón huía,
y gozaba en mis locos pensamientos.
Un día mi señor trajo á un anciano
á la torre, y mostrándome, le dijo:
«Hela ahí» El viejo me tomó la mano,
ó hizo de mí un examen muy prolijo.
Aquel viejo era un sabio. «¡Pobre esclava!
decía. Mis pronósticos son ciertos;
esta es la fiebre que la vida acaba.»
«¿Nadie la curará?», lo preguntaba
mi señor... Yo afanosa le escuchaba.
Y el viejo contestó: «Tal vez los muertos.
Si el Rey que la infamó resucitase;
si á su edad virginal volver pudiera,
á su patria, á su amor, cual si tornase
de un ensueño, tal vez en sí volviera.
Tan sólo esta impresión desesperada
la podría curar. Mas id con tiento,
pues sólo por la fiebre alimentada
cuando la deje, morirá.»Y ya siento
que se va poco á poco.
El eco de su voz ¡ay! me estremece,
mas me atrae como imán; no sé qué encanto
siniestro tiene para mí; es el canto
traidor de una sirena que adormece.
FLORINDA Vivifica esta llama; bien has hecho
en no apagarla. Mira, me devora
la fiebre..., me consume hora por hora
la vida... Mas percibo que mi pecho
se fortalece á su calor un poco;
muy poco, porque tiene mi existencia
un plazo fijo, y á su extremo toco.
Hoy moriré tal vez: es mi sentencia.
FLORINDA Hoy, que es día aciago. Tú no puedes
comprenderlo, es verdad; pero yo quiero
que lo comprendas. Oye: en las paredes
de mi prisión había un agujero
que daba sobre el mar. Desde él veía
siempre atada una barca en la ribera,
que encima de las ondas se mecía,
ó imán eterno de mis ojos era.
En ella sobre el mar iba y venía
todas las noches yo; me aproximaba
á estas playas; en ellas percibía
un ser de quien soy sombra; le llamaba,
venía..., mas mi barca se volvía
á África y yo volvía á ser esclava.
RODRIGO ¿Veníais á esta playa en las tinieblas?
FLORINDA ¿Te he dicho eso? ¡Ja, ja!...,No; lo soñaba.
RODRIGO ¡Lo soñabais! Mas ¿hoy...
nocturnas descendí de la montaña.
RODRIGO Mas ¿cómo?
FLORINDA Como sombra, por el viento.
Rompió la tempestad, y en un momento
Mi hermano el huracán me trajo á España.
FLORINDA Pues qué, ¿no estoy en ella?
FLORINDA ¿Conque es decir que ya no puedo
RODRIGO Yo también.
FLORINDA Allí fuí rica y querida.
RODRIGO Yo también.
FLORINDA En su alcázar he vivido.
RODRIGO Yo también.
FLORINDA Allí amé, mas fuí vendida.
RODRIGO También yo.
FLORINDA Una corona allí he perdido.
RODRIGO Yo también.
FLORINDA Y allí, en fin, perdí mi vida.
RODRIGO (Dadme fuerzas, Señor; luz en su mente
derramad, y abreviad este suplicio.)
el que pierde el honor, la fe y el juicio?
FLORINDA Pues bien, yo estoy ya muerta;
mas soy mi sombra, y á merced del viento
sobre la tierra voy vagando incierta,
porque un secreto revelarle intento.
RODRIGO ¿A quién?
RODRIGO Y ¿qué vais á decirle?
que él solo entenderá: no es para todos.
Nadie la sabe aún; en mi memoria
vive no más; y mira, he canecido
sólo por conservarla en ella escrita;
por ella mi nación me ha maldecido,
y por ella mi raza está maldita.
RODRIGO Y la mía también.
cuanto fuí.
RODRIGO Yo también.
de los que ser me dieron, y el honesto
pudor de virgen y el candor de niño.
Óyela, pues, entera la recuerdo,
mas no me la interrumpas; esta fiebre
me abandona, y tal vez si tiempo pierdo,
al par mi historia con mi ser se quiebre.
FLORINDA Yo era una flor que cultivaba
un Rey en el jardín de su palacio;
con solícito afán él me cuidaba,
y yo con mi perfume embalsamaba
de su Real corazón todo el espacio.
Era aquel Rey galán, Rey de las flores,
y una elegir debía para esposa;
yo era entre ellas la flor de sus amores...
¡Mas Dios me hizo brotar de los traidores
tallos de una letal flor venenosa!
Aquella flor de quien nací capullo,
en vez de contemplarme con orgullo
hija suya por ser y la elegida,
del aura de la envidia oyó el arrullo,
y envidió mi favor y odió mi vida.
al jardín, mientras yo, casta, plegaba
mis hojas sobre el cáliz delicado,
y él, en silencio y á mis pies echado,
con el aroma de mi amor soñaba.
Si en la sombra hacia mí tendió la mano,
tropezó de mi honor con las espinas,
porque yo, frágil flor, y él, Rey liviano,
recelé y me previne..., y no fué en vano.
Una noche espesísimas cortinas
de tinieblas velaban tierra y cielo;
tendióme el Rey la mano, el aura errante
inclinó á mi rival hacia adelante;
no halló espinas el Rey, y con anhelo,
de la traidora flor gozó ignorante.
FLORINDA Y al siguiente día, audaz, risueño,
confiado, mis hojas purpurinas
vino á besar con amoroso empeño;
yo, ajena á la traición hecha en mi sueño,
cerréme, y dí á sus labios mis espinas.
Indignó al Rey galán mi fantasía,
y viendo que de noche flor liviana
á su liviano amor correspondía,
desairándole hipócrita de día,
me deshojó á la fuerza una mañana.
RODRIGO ¡Ah! Comprendo, infeliz, tu horrenda historia.
de ti las nieblas del delirio aparta;
respóndeme... Una noche á tu aposento
fué el Rey tras el perfume de una carta.
RODRIGO En la sombra el suave aliento
RODRIGO Su mano halló otra mano.
RODRIGO ¿Cuál era, pues, la flor que el Rey cogía?
FLORINDA La que el aura inclinó porque él la asiera.
RODRIGO ¿Cuál la que deshojó con mano fiera?
FLORINDA La que en su cáliz virginal dormía.
RODRIGO ¡Ah! De una vez tus pensamientos fija:
tú la inocente flor, ¿quién fué la rea?
(Con misterio)
(Con espanto)
¡Es mi madre!
FLORINDA Y tú que la maldices, tú, ¿quién eres?
RODRIGO ¿Quién he de ser sino quien fué contigo
de su generación plaga y castigo?
FLORINDA ¡Tú!
FLORINDA ¿Tú... el Rey infamador de las mujeres?
(Pausa)
Mi alma se va... la vida me abandona.
Sí; de nuevo la luz brilla en mi mente;
recuerdo..., reconozco..., me perdona,
¡Florinda!
Yo no soy la mujer que hundió tu trono;
yo soy mi sombra, que pasó á tu lado
al volver á su tumba, solamente
para decirte: «¡Adiós, Rey desdichado!
Yo, de tu crimen víctima inocente,
blanco seré de universal encono
y execración de la futura gente;
mas el juicio de Dios tengo en mi abono»
FLORINDA Aparta..., tentador... El alma
se separa del cuerpo... dulcemente;
la tierra huye de mí... ; yo la abandono
sin pesar...; siento en mí la dulce calma,
la paz, la sombra del sepulcro...
¡Hasta la eternidad! ¡Yo te perdono!
(Cae)
No hay perdón para mí, yo le rechazo.
¡Tierra de maldición, libre muy presto