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José Zorrilla
La Calentura

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Escena VI

DON RODRIGO y FLORINDA

RODRIGO ¡Una mujer!

FLORINDA  

(Fijándose en la lumbre)

 Aun arde; á tiempo llego.

(Siéntase FLORINDA al lado del fuego, gozando de su calor con

insensata avidez.)

RODRIGO ¿Qué traéis? ¿Qué buscáis?

FLORINDA                                           Sed, frío, fuego.

RODRIGO Mas ¿quién sois?

FLORINDA                          Nadie ya; soy una sombra.

RODRIGO ¡Sombra! ¿Quién me la trae?

FLORINDA                                            La mar, el viento.

RODRIGO Y ¿de dónde?

FLORINDA                      Del África.

RODRIGO                                      ¡Es la mía!

 ¡Ah! ¿Qué quiere de mí?

FLORINDA                                      Vida, alimento.

 ¡Agua!... Tengo el temblor de la agonía.

 ¡Agua!

RODRIGO ¡Ay de mí! Yo creo que deliro.

FLORINDA ¡Agua!...La calentura me sustenta,

 y en el momento en que me deje, expiro.

 ¡Agua!

RODRIGO           Ahí la tienes.

(Señalando una vasija)

FLORINDA  

(Después de beber)

 Gracias. Dios en cuenta

 te lo tenga, buen hombre. ¡Qué cansada

 estoy!... A esos peñascos he trepado,

 por este fuego y esa luz guiada.

 Temí que me la hubieras apagado.

 ¡Qué agradable calor! ¡Cómo consuela!

 Allá en la obscuridad, ¡qué frío hacía

 sobre la mar! Pues ¿y en el monte? Hiela.

RODRIGO ¡Sobre la mar!

FLORINDA                       Sin duda; yo venía

 todas las noches á esta playa.

RODRIGO                                             ¡Todas!

FLORINDA Todas. Todas las noches de seis años,

 siempre viendo pasar las naves godas

 ante mí, y yo ¡qué afán! presa entre extraños.

 Porque yo estaba África cautiva,

 allá en un torreón..., sobre una roca

 que daba al mar...; mas ya no estaba viva.

RODRIGO ¿No estabais viva ya?

FLORINDA                                 No; estaba loca.

 Yo lo sabía bien, porque sentía

 que la razón se me iba por momentos;

 mas el dolor con la razón huía,

 y gozaba en mis locos pensamientos.

 Un día mi señor trajo á un anciano

 á la torre, y mostrándome, le dijo:

 «Hela ahí» El viejo me tomó la mano,

 ó hizo de mí un examen muy prolijo.

 Aquel viejo era un sabio. «¡Pobre esclava!

 decía. Mis pronósticos son ciertos;

 esta es la fiebre que la vida acaba

 «¿Nadie la curará?», lo preguntaba

 mi señor... Yo afanosa le escuchaba.

 Y el viejo contestó: «Tal vez los muertos.

 Si el Rey que la infamó resucitase;

 si á su edad virginal volver pudiera,

 á su patria, á su amor, cual si tornase

 de un ensueño, tal vez en sí volviera.

 Tan sólo esta impresión desesperada

 la podría curar. Mas id con tiento,

 pues sólo por la fiebre alimentada

 cuando la deje, morirá.»Y ya siento

 que se va poco á poco.

RODRIGO                                    ¡Desdichada!

 El eco de su voz ¡ay! me estremece,

 mas me atrae como imán; no qué encanto

 siniestro tiene para mí; es el canto

 traidor de una sirena que adormece.

FLORINDA Vivifica esta llama; bien has hecho

 en no apagarla. Mira, me devora

 la fiebre..., me consume hora por hora

 la vida... Mas percibo que mi pecho

 se fortalece á su calor un poco;

 muy poco, porque tiene mi existencia

 un plazo fijo, y á su extremo toco.

 Hoy moriré tal vez: es mi sentencia.

RODRIGO ¡Hoy!

FLORINDA         Hoy, que es día aciago. Tú no puedes

 comprenderlo, es verdad; pero yo quiero

 que lo comprendas. Oye: en las paredes

 de mi prisión había un agujero

 que daba sobre el mar. Desde él veía

 siempre atada una barca en la ribera,

 que encima de las ondas se mecía,

 ó imán eterno de mis ojos era.

 En ella sobre el mar iba y venía

 todas las noches yo; me aproximaba

 á estas playas; en ellas percibía

 un ser de quien soy sombra; le llamaba,

 venía..., mas mi barca se volvía

 á África y yo volvía á ser esclava.

RODRIGO ¿Veníais á esta playa en las tinieblas?

FLORINDA ¿Te he dicho eso? ¡Ja, ja!...,No; lo soñaba.

RODRIGO ¡Lo soñabais! Mas ¿hoy...

FLORINDA                                          Hoy en las tinieblas

 nocturnas descendí de la montaña.

RODRIGO Mas ¿cómo?

FLORINDA                    Como sombra, por el viento.

 Rompió la tempestad, y en un momento

 Mi hermano el huracán me trajo á España.

RODRIGO ¿Vais á España?

FLORINDA                         Pues qué, ¿no estoy en ella?

RODRIGO Aun no.

FLORINDA             ¿Conque es decir que ya no puedo

 esta noche llegar?

RODRIGO                           ¿Dónde la huella

 queríais dirigir?

FLORINDA                       Voy á Toledo.

RODRIGO ¡A Toledo! Y ¿á qué?

FLORINDA                                  Allí he nacido.

RODRIGO Yo también.

FLORINDA                   Allí fuí rica y querida.

RODRIGO Yo también.

FLORINDA                   En su alcázar he vivido.

RODRIGO Yo también.

FLORINDA                   Allí amé, mas fuí vendida.

RODRIGO También yo.

FLORINDA                   Una corona allí he perdido.

RODRIGO Yo también.

FLORINDA                   Y allí, en fin, perdí mi vida.

RODRIGO (Dadme fuerzas, Señor; luz en su mente

 derramad, y abreviad este suplicio.)

 Conque ¿moristeis?

FLORINDA                               Di: ¿vive realmente

 el que pierde el honor, la fe y el juicio?

RODRIGO No vive, no.

FLORINDA                    Pues bien, yo estoy ya muerta;

 mas soy mi sombra, y á merced del viento

 sobre la tierra voy vagando incierta,

 porque un secreto revelarle intento.

RODRIGO ¿A quién?

FLORINDA                Al Rey.

RODRIGO ¿A cuál?

FLORINDA              Al de los godos.

RODRIGO Y ¿qué vais á decirle?

FLORINDA                                   Es una historia

 que él solo entenderá: no es para todos.

 Nadie la sabe aún; en mi memoria

 vive no más; y mira, he canecido

 sólo por conservarla en ella escrita;

 por ella mi nación me ha maldecido,

 y por ella mi raza está maldita.

RODRIGO Y la mía también.

FLORINDA                           Odio, detesto

 cuanto fuí.

RODRIGO                Yo también.

FLORINDA                                  Hasta el cariño

 de los que ser me dieron, y el honesto

 pudor de virgen y el candor de niño.

 Óyela, pues, entera la recuerdo,

 mas no me la interrumpas; esta fiebre

 me abandona, y tal vez si tiempo pierdo,

 al par mi historia con mi ser se quiebre.

RODRIGO Habla.

FLORINDA           Yo era una flor que cultivaba

 un Rey en el jardín de su palacio;

 con solícito afán él me cuidaba,

 y yo con mi perfume embalsamaba

 de su Real corazón todo el espacio.

 Era aquel Rey galán, Rey de las flores,

 y una elegir debía para esposa;

 yo era entre ellas la flor de sus amores...

 ¡Mas Dios me hizo brotar de los traidores

 tallos de una letal flor venenosa!

 Aquella flor de quien nací capullo,

 en vez de contemplarme con orgullo

 hija suya por ser y la elegida,

 del aura de la envidia oyó el arrullo,

 y envidió mi favor y odió mi vida.

 Iba de noche el Rey enamorado

 al jardín, mientras yo, casta, plegaba

 mis hojas sobre el cáliz delicado,

 y él, en silencio y á mis pies echado,

 con el aroma de mi amor soñaba.

 Si en la sombra hacia mí tendió la mano,

 tropezó de mi honor con las espinas,

 porque yo, frágil flor, y él, Rey liviano,

 recelé y me previne..., y no fué en vano.

 Una noche espesísimas cortinas

 de tinieblas velaban tierra y cielo;

 tendióme el Rey la mano, el aura errante

 inclinó á mi rival hacia adelante;

 no halló espinas el Rey, y con anhelo,

 de la traidora flor gozó ignorante.

RODRIGO ¡Ah!

FLORINDA        Y al siguiente día, audaz, risueño,

 confiado, mis hojas purpurinas

 vino á besar con amoroso empeño;

 yo, ajena á la traición hecha en mi sueño,

 cerréme, y á sus labios mis espinas.

 Indignó al Rey galán mi fantasía,

 y viendo que de noche flor liviana

 á su liviano amor correspondía,

 desairándole hipócrita de día,

 me deshojó á la fuerza una mañana.

RODRIGO ¡Ah! Comprendo, infeliz, tu horrenda historia.

FLORINDA ¡Imposible!

RODRIGO                  Recobra tu memoria,

 de ti las nieblas del delirio aparta;

 respóndeme... Una noche á tu aposento

 fué el Rey tras el perfume de una carta.

FLORINDA No era mía.

RODRIGO                  En la sombra el suave aliento

 sintió de una mujer.

FLORINDA                              El mío no era.

RODRIGO Su mano halló otra mano.

FLORINDA                                       No era mía.

RODRIGO ¿Cuál era, pues, la flor que el Rey cogía?

FLORINDA La que el aura inclinó porque él la asiera.

RODRIGO ¿Cuál la que deshojó con mano fiera?

FLORINDA La que en su cáliz virginal dormía.

RODRIGO ¡Ah! De una vez tus pensamientos fija:

 tú la inocente flor, ¿quién fué la rea?

FLORINDA 

(Con misterio)

 De su tallo nací.

RODRIGO                        ¡Maldita sea!

FLORINDA 

(Con espanto)

 ¡Es mi madre!

RODRIGO                      De tigres eres hija.

FLORINDA Y tú que la maldices, tú, ¿quién eres?

RODRIGO ¿Quién he de ser sino quien fué contigo

 de su generación plaga y castigo?

FLORINDA ¡Tú!

RODRIGO       Mírame.

FLORINDA                   ¿Eres tú?

RODRIGO                                 Mira te digo.

FLORINDA ¿Tú... el Rey infamador de las mujeres?

RODRIGO ¡Tú Florinda infeliz!

FLORINDA                              ¡Tú don Rodrigo!

(Pausa)

 Mi alma se va... la vida me abandona.

 Sí; de nuevo la luz brilla en mi mente;

 recuerdo..., reconozco..., me perdona,

 sin duda, Dios.

RODRIGO  

(Acercándosela)

                        ¡Florinda!

FLORINDA  

(Rechazándole)

                                       ¡Atrás! Detente.

 Yo no soy la mujer que hundió tu trono;

 yo soy mi sombra, que pasó á tu lado

 al volver á su tumba, solamente

 para decirte: «¡Adiós, Rey desdichado!

 Yo, de tu crimen víctima inocente,

 blanco seré de universal encono

 y execración de la futura gente;

 mas el juicio de Dios tengo en mi abono»

RODRIGO ¡Florinda!

FLORINDA Aparta..., tentador... El alma

 se separa del cuerpo... dulcemente;

 la tierra huye de mí... ; yo la abandono

 sin pesar...; siento en mí la dulce calma,

 la paz, la sombra del sepulcro...

RODRIGO                                                 ¡Ah!

FLORINDA                                                       ¡Tente!

 ¡Hasta la eternidad! ¡Yo te perdono!

(Cae)

RODRIGO  

(Asoma THEUDIA)

 No hay perdón para mí, yo le rechazo.

 ¡Tierra de maldición, libre muy presto

 vas á verte de mí!

 




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