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| Escena III
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ENRIQUE, ATAIDE.
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ENRIQUE.
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Detente, Ataide,
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Y escucha a tu señor: es ya
preciso
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De una vez
explicarse y que se acabe
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La afanosa inquietud en que ahora
vivo.
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¿Cuál, dime, es la mudanza que en ti veo?
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Tú, de mis
penas confidente antiguo,
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Tú, que fuiste mi cómplice, me olvidas,
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Y me niegas tu
amparo en el abismo
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Donde hundido me ves. No te recuerdo
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La vida y
libertad que me has debido,
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Los bienes y el
favor que largamente
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Mi incansable amistad partió
contigo;
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Mas ¿por qué, dime, mi presencia evitas?
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¿Por qué con
ceño y ademán esquivo
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Te he de
hallar siempre? Si de ti pendiera
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Derramar el balsámico rocío
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De la
tranquilidad sobre las penas
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Que en este
triste corazón abrigo,
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¿No fueras tú el primero a consolarme?
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No hallara en ti mi agitación su
alivio?
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ATAIDE.
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No lo dudéis, señor; por mí
conozco
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El peso que tras sí deja el delito.
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Sabed que ya no basto a sostenerle,
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Y ¡oh cuántas
veces la fortuna envidio
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De aquellos que
al furor de vuestro brazo
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Lanzaron tristes el postrer suspiro!
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¿Qué no dierais, decid, porque a la
vida
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Volver pudiese del sepulcro frío
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El mísero Eduardo?
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ENRIQUE.
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Escucha, Ataide,
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¿Por qué mentar
su nombre a mis oídos?
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Mi pecho por mi mal aún no es de bronce;
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Y a pesar del horror donde
impelido
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Fui por mi frenesí, sabe que a veces
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Aun de ternura
y de dolor suspiro.
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Él me amaba en un tiempo, y yo le
amaba,
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Y era inocente... ¡Oh sin igual delito!
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¡Oh Eduardo! ¡Oh Teodora!... Más
la ingrata
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¿No le prefirió a mí? ¿No dio al olvido,
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Por el suyo, mi amor?... ¿Ves la
agonía,
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Ves el remordimiento y el martirio
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Que desde el punto de su infausta suerte
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Sin poderlos calmar traigo conmigo?
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Pues no son tan funestos a mi
pecho
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Como la gloria, la fortuna, el
brillo
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Que siempre coronaban a Eduardo
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Para eterno baldón y oprobio mío.
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Yazca por siempre en la espantosa
tumba
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Donde por mi precipitado ha sido,
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Y no perturbe su memoria amarga
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El dulce
instante en que a mi bien camino.
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Sí, Ataide; aquel amor irresistible
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Que pudo conducirme al parricidio,
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Ahora me tiende su amigable mano,
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Y me va a libertar del
precipicio.
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ATAIDE.
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¡El amor! Perdonad: yo imaginaba
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Que eternamente en vuestro pecho escrito
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El nombre de Teodora viviría,
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A pesar de los
tiempos y el olvido.
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Su amor por Eduardo, su himeneo,
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A vuestro negro afán dieron principio
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Y a los atroces
celos que afilaron
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Para su muerte el vengador cuchillo.
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Murieron; desde
entonces vuestros días
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De amargura y dolor fueron vestidos,
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Y pronunciar el nombre de Teodora
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Se os oye siempre en lastimoso
grito.
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ENRIQUE.
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¡Ah! yo adoro a Teodora más que
nunca:
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¡Olvidarla! jamás; pero el
destino
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Vida la vuelve
a dar, y ella renace
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A atormentar de
nuevo mis sentidos.
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¿Respirar no la miras en Matilde?
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La misma gentileza, el mismo brío;
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Suyas son sus
bellísimas facciones,
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Suyo en los
ojos el ardor divino.
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ATAIDE.
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Mas ¿qué vana ilusión os arrebata?
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Volved en vos,
señor; ese prestigio
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Dilatará vuestra profunda herida,
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En vez de
darla, cual pensáis, alivio.
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Otras sendas buscad, que distraeros
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Podrán; volved al bélico ejercicio,
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Que en el ardor
de vuestra edad primera
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Toda su gloria y sus delicias hizo.
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La guerra con Castilla se prepara;
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El Rey gustoso os llevará consigo,
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Y Marte
ahuyentará vuestros pesares
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Mejor que un amoroso desvarío.
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¿El nombre del amor no os
amedrenta?
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¿No llega a estremeceros el
peligro
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De dar los
labios a la copa en donde
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Sólo hiel y dolor habéis bebido?
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Sacudid la ilusión que va a
perderos.
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ENRIQUE.
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No es ilusión, Ataide: por mí mismo
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Muerte me viste dar a la que
amaba;
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Y agitado sin
fin y consumido
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En imposible abrasador deseo,
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¿Qué tormento jamás se igualó al mío?
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Desde el momento aquel beldad ninguna
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Mis ojos aduló
con su atractivo,
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Ni voz ninguna
en agradables ecos
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Resonó
dulcemente en mis oídos.
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La rabia sola de mi inútil crimen
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Halló en mi pecho su funesto abrigo
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Hasta que vi a Matilde. ¡Oh! ¡cómo al
verla
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Mi corazón pasmado, estremecido,
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Sintió delante a la infeliz
Teodora
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Y embravecerse su tormento antiguo!
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Mientras más la contemplo, más la adoro;
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No ya tras una sombra, un bien
perdido,
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Se exhalarán
mis áridos deseos:
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Cese ya aqueste afán, este delirio;
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Amor va a coronarme, y venturoso
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A Teodora en Matilde al fin consigo.
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ATAIDE.
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¿No veis que os
engañáis? Nadie el sosiego
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En la violencia
halló ni en el delito;
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Ella no os puede amar
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ENRIQUE.
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¿No
puede amarme?
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¿Y por qué?
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