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Manuel José Quintana
El duque de Viseo

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Escena III

ENRIQUE, ATAIDE.

ENRIQUE.

   Detente, Ataide,

 

Y escucha a tu señor: es ya preciso

 

De una vez explicarse y que se acabe

 

La afanosa inquietud en que ahora vivo.

 

¿Cuál, dime, es la mudanza que en ti veo?

 

Tú, de mis penas confidente antiguo,

 

Tú, que fuiste mi cómplice, me olvidas,

 

Y me niegas tu amparo en el abismo

 

Donde hundido me ves. No te recuerdo

 

La vida y libertad que me has debido,

 

Los bienes y el favor que largamente

 

Mi incansable amistad partió contigo;

 

Mas ¿por qué, dime, mi presencia evitas?

 

¿Por qué con ceño y ademán esquivo

 

Te he de hallar siempre? Si de ti pendiera

 

Derramar el balsámico rocío

 

De la tranquilidad sobre las penas

 

Que en este triste corazón abrigo,

 

¿No fueras tú el primero a consolarme?

 

No hallara en ti mi agitación su alivio?

ATAIDE.

No lo dudéis, señor; por mí conozco

 

El peso que trasdeja el delito.

 

Sabed que ya no basto a sostenerle,

 

Y ¡oh cuántas veces la fortuna envidio

 

De aquellos que al furor de vuestro brazo

 

Lanzaron tristes el postrer suspiro!

 

¿Qué no dierais, decid, porque a la vida

 

Volver pudiese del sepulcro frío

 

El mísero Eduardo?

ENRIQUE.

 Escucha, Ataide,

 

¿Por qué mentar su nombre a mis oídos?

 

Mi pecho por mi mal aún no es de bronce;

 

Y a pesar del horror donde impelido

 

Fui por mi frenesí, sabe que a veces

 

Aun de ternura y de dolor suspiro.

 

Él me amaba en un tiempo, y yo le amaba,

 

Y era inocente... ¡Oh sin igual delito!

 

¡Oh Eduardo! ¡Oh Teodora!... Más la ingrata

 

¿No le prefirió a mí? ¿No dio al olvido,

 

Por el suyo, mi amor?... ¿Ves la agonía,

 

Ves el remordimiento y el martirio

 

Que desde el punto de su infausta suerte

 

Sin poderlos calmar traigo conmigo?

 

Pues no son tan funestos a mi pecho

 

Como la gloria, la fortuna, el brillo

 

Que siempre coronaban a Eduardo

 

Para eterno baldón y oprobio mío.

 

Yazca por siempre en la espantosa tumba

 

Donde por mi precipitado ha sido,

 

Y no perturbe su memoria amarga

 

El dulce instante en que a mi bien camino.

 

Sí, Ataide; aquel amor irresistible

 

Que pudo conducirme al parricidio,

 

Ahora me tiende su amigable mano,

 

Y me va a libertar del precipicio.

ATAIDE.

¡El amor! Perdonad: yo imaginaba

 

Que eternamente en vuestro pecho escrito

 

El nombre de Teodora viviría,

 

A pesar de los tiempos y el olvido.

 

Su amor por Eduardo, su himeneo,

 

A vuestro negro afán dieron principio

 

Y a los atroces celos que afilaron

 

Para su muerte el vengador cuchillo.

 

Murieron; desde entonces vuestros días

 

De amargura y dolor fueron vestidos,

 

Y pronunciar el nombre de Teodora

 

Se os oye siempre en lastimoso grito.

ENRIQUE.

¡Ah! yo adoro a Teodora más que nunca:

 

¡Olvidarla! jamás; pero el destino

 

Vida la vuelve a dar, y ella renace

 

A atormentar de nuevo mis sentidos.

 

¿Respirar no la miras en Matilde?

 

La misma gentileza, el mismo brío;

 

Suyas son sus bellísimas facciones,

 

Suyo en los ojos el ardor divino.

ATAIDE.

Mas ¿qué vana ilusión os arrebata?

 

Volved en vos, señor; ese prestigio

 

Dilatará vuestra profunda herida,

 

En vez de darla, cual pensáis, alivio.

 

Otras sendas buscad, que distraeros

 

Podrán; volved al bélico ejercicio,

 

Que en el ardor de vuestra edad primera

 

Toda su gloria y sus delicias hizo.

 

La guerra con Castilla se prepara;

 

El Rey gustoso os llevará consigo,

 

Y Marte ahuyentará vuestros pesares

 

Mejor que un amoroso desvarío.

 

¿El nombre del amor no os amedrenta?

 

¿No llega a estremeceros el peligro

 

De dar los labios a la copa en donde

 

Sólo hiel y dolor habéis bebido?

 

Sacudid la ilusión que va a perderos.

ENRIQUE.

No es ilusión, Ataide: por mí mismo

 

Muerte me viste dar a la que amaba;

 

Y agitado sin fin y consumido

 

En imposible abrasador deseo,

 

¿Qué tormento jamás se igualó al mío?

 

Desde el momento aquel beldad ninguna

 

Mis ojos aduló con su atractivo,

 

Ni voz ninguna en agradables ecos

 

Resonó dulcemente en mis oídos.

 

La rabia sola de mi inútil crimen

 

Halló en mi pecho su funesto abrigo

 

Hasta que vi a Matilde. ¡Oh! ¡cómo al verla

 

Mi corazón pasmado, estremecido,

 

Sintió delante a la infeliz Teodora

 

Y embravecerse su tormento antiguo!

 

Mientras más la contemplo, más la adoro;

 

No ya tras una sombra, un bien perdido,

 

Se exhalarán mis áridos deseos:

 

Cese ya aqueste afán, este delirio;

 

Amor va a coronarme, y venturoso

 

A Teodora en Matilde al fin consigo.

ATAIDE.

¿No veis que os engañáis? Nadie el sosiego

 

En la violencia halló ni en el delito;

 

Ella no os puede amar

ENRIQUE.

     ¿No puede amarme?

 

¿Y por qué?




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