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Manuel José Quintana
El duque de Viseo

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Escena VII

OREN, en traje de soldado - MATILDE

OREN.

                ¡Matilde!

MATILDE.

¿Qué escucho? ¡Ay Dios! Él es.

OREN.

                 Al fin te encuentro

 

Tras de tanto afanar.

MATILDE.

              ¡Oh vida mía!

 

¿Dónde te arrastra tu amoroso empeño!

 

¿Cómo, di, penetraste en este alcázar,

 

Albergue de opresión y de tormento?

 

vienes a morir.

OREN.

       ¿Y qué es la muerte

 

Si en tu defensa y a tu vista muero?

 

¿Puede acaso igualar en su amargura

 

A la triste aflicción, al desconsuelo

 

Que al encontrarme sin tu dulce vista

 

Sobre este ansioso corazón cayeron?

 

Llegó la hora: del amor guiado,

 

Volé en sus alas a tus ojos bellos,

 

Y el puesto solitario me recibe.

 

Perdóname: culpable aquel momento

 

Te contemplé, y lloré: corro a tu albergue

 

Sin detenerme, y viéndole desierto,

 

Pregunto a todos, y confirman todos

 

De mi desdicha el infernal recelo.

 

Perdóname otra vez: harto he sufrido

 

En escuchar mis ponzoñosos celos,

 

En sospechar que la ambición pudiera

 

Lanzar a amor de tu inocente pecho.

 

La entrada a este castillo me abre el oro,

 

Y yo por él frenético corriendo,

 

Te encuentro al fin, y a tu presencia olvido

 

Mi mortífera duda y mis tormentos.

MATILDE.

¿Y añadiste, cruel, esa sospecha,

 

Indigna tanto de los dos, al trueno

 

Que repentinamente en nuestro daño

 

Lanzó irritado el enemigo cielo?

 

quizá en tu furor me maldecías,

 

Y yo, postrada ante el tirano fiero,

 

Despreciando su orgullo y su opulencia,

 

Juraba a voces tu cariño eterno.

 

Pero tú no lo dudas... ¡Ay Leonardo!

 

Sálvate por piedad; tu fin es cierto

 

Si te halla el Duque; a mi dolor no añadas

 

El dolor de mirarte en tanto riesgo,

 

Y aún tu muerte quizá. ¡Si tú supieras

 

A qué aspira el tirano en sus deseos!

 

Mas no receles; sin tu amor ¿qué valen

 

Su pompa toda y su insolente imperio?

OREN.

¡Con que usurparme el bárbaro pretende

 

Tu corazón!

MATILDE.

           ¿Qué importa? Atiende: el tiempo

 

Corre, y con él acaso la esperanza

 

De poderte librar. Huye. si el cielo

 

Alas con que seguirte a mí me diera,

 

¡Oh cuál tendiera fugitiva el vuelo

 

Lejos de esta prisión triste y horrenda!

 

Mas no es posible huir, ni hay otro medio

 

Que resistir, sufrir, y si la muerte

 

Llega, morir.

OREN.

                     No al congojoso miedo

 

Te abandones así; pronto, no dudes,

 

Te verás salva de él.

MATILDE.

¿Cómo a su inmenso

 

Poder contrarestar? Tú ya te olvidas

 

De la distancia que fortuna ha puesto

 

Entre tu humilde condición, Leonardo,

 

Y el tirano que atroz manda en Viseo.

OREN.

No hay tanta. no.




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