Escena
VIII
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ENRIQUE, ATAIDE, ASÁN, ALÍ, GUARDIAS. - Dichos.
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ATAIDE.
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Aquél
es; vos de su labio
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Os podéis cerciorar.
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MATILDE.
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¡Oh
Dios eterno!
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Él es, él es:
¡ay tristes de nosotros!
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ENRIQUE.
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¡Insensato! Sin duda el justo cielo
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Por castigar tu atrevimiento loco
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Aquí te trajo
delirante y ciego.
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¿Quién eres?
Mas ¿qué dudo? El miserable
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Que de Matilde
sorprendió el afecto,
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Y que en
engaños pérfidos envuelve
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Su tierna edad y su inocente pecho.
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OREN.
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Sí, yo soy; no quien debe a los engaños
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De su apacible amor
el bien inmenso;
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Mi fe llamó su fe sencilla y pura,
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Su dulce llama se encendió en mi fuego.
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ENRIQUE.
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Pues sabe que
esa llama es en tu daño
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Un espantoso inapagable incendio
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Que te va a
devorar: tiembla. ¿Conoces
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En mí el rival
de tu infeliz deseo?
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OREN.
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Sí, te conozco: en tu insensato orgullo
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Piensas que al
verme en tu presencia tiemblo,
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Y tu poder
frenético me inspira
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Sólo abominación y menosprecio.
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¿Yo temblar? Pues, tirano, ¿soy acaso
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Quien la ha arrancado del hogar paterno?
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¿Soy el que aspira a conseguir cariños
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De un corazón con la violencia opreso?
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Tu bárbara injusticia tiemble sola,
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No yo, que a ti tan superior me veo.
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Aquí, en tu
alcázar, a tus mismos ojos,
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De tus viles
satélites en medio,
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Y de tu furia
entera amenazado,
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Triunfando estoy de ti. ¿No lo estás viendo?
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Ella me ama. A nuestros dulces votos
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Mirándote presente a tu despecho,
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Allá dentro de ti mi suerte envidias,
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Y yo la tuya sin cesar detesto.
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MATILDE.
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(Poniéndose
en medio de los dos.)
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¡Ah! ¿Qué
haces, infeliz? Ve que te pierdes.
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Y vos, señor, en
vuestro noble pecho
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Recordad vuestro nombre, y no a mancharos...
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ENRIQUE.
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(Separándola.) Quítate.- ¿Tú quién eres? En el
seno
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De tu fortuna humilde no se crían
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Una arrogancia y ademán tan fieros.
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Dilo; no aguardes a exhalar tu vida
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Al rigor de los hórridos tormentos
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Que te preparo.
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OREN
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A vista del peligro
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Jamás mi nombre se miró encubierto
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Soy tu igual en
poder, igual en sangre
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Es el conde de Oren
quien estás viendo.
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MATILDE.
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¡Desdichado! ¿Qué escucho? ¡En cuál abismo
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Me quisisteis
hundir, injustos cielos!
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¡Uno me oprime! ¡Otro me engaña! ¡Ingrato!
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OREN.
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Perdona; te engañé, yo lo confieso:
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Quise deber tu amor a mi amor sólo,
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No a la opulencia ni al poder ni al miedo.
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ENRIQUE.
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Pues bien, ni
tu poder ni tu opulencia,
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Ni el amor que
te trajo aquí encubierto,
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Ni el amor que
te tienen y es tu gloria,
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Te librarán de mi rencor violento.
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Ataide, que a una torre del castillo
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Sea prontamente arrebatado; y preso
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De Oren el
conde, se acostumbre en ella
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A respetar al duque de Viseo.
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(ATAIDE
y una parte de los guardias rodean a OREN.)
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ORES.
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¡Infame! En
insultarme, en oprimirme,
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Cuando me ves sin armas indefenso,
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La ley de los
cobardes has seguido,
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No la prez ni el honor de caballero.
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Si digno fueras
de tu noble sangre,
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Si digno de tu nombre, en campo abierto
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La dama a tu rival disputarías,
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Blandiendo airado el generoso acero.
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¿Escuchas al valor? Más los crueles
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Siempre
cobardes y menguados fueron:
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Responde; tu igual soy.
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ENRIQUE.
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Tu fin entonces,
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Sin ser por el combate menos cierto,
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Más bello y más espléndido sería.
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Tú has entrado en mi alcázar encubierto
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Y a fuer de un
miserable disfrazado
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Yo no conozco así los caballeros.
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Muere pues como un vil oscuramente.-
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Llevadle.
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(ATAIDE y los guardias
salen con OREN.)
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MATILDE.
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A mí con él,
ministros fieros,
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Sacrificad también; vedme aquí pronta.
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ENRIQUE.
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Separadlos. -Asán, llévala lejos
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De mí, donde la ingrata se decida
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Entre su elevación o su escarmiento.
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(ASÁN y ALÍ
se llevan a MATILDE por un lado, y ENRIQUE y el resto de
los guardias se van por el otro.)
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