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Manuel José Quintana
El duque de Viseo

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Escena II

MATILDE, OREN, ATAIDE; UN SOLDADO detrás de ellos, que se quedará en el fondo del teatro.

MATILDE.

Tres son. ¿Quiénes serán? Los ojos míos

 

En tan escasa claridad no aciertan

 

A distinguir. ¡Mísera! ¿Qué horrores

 

Se irán a preparar?

OREN.

    ¿Dónde me llevas?

 

Dónde estoy?

ATAIDE.

                     No tembléis.

OREN.

                 ¿Pecho cobarde

 

Me juzgas por ti mismo? Oren no tiembla.

 

¿Qué manda tu señor? ¿Su alevosía

 

Va a verse con mi sangre satisfecha?

ATAIDE.

Nada ha resuelto aún; de sus furores

 

La dura agitación ha dado treguas

 

Por un momento al sueño, y él reposa.

OREN.

¿Y Matilde?

MATILDE.

           Hela aquí que a tu presencia

 

Se siente revivir; que afortunada

 

De perecer contigo se contempla,

 

Si vas a perecer. ¡Oh amigo mío!

 

No nos separarán, no habrá violencia

 

Que baste a tal rigor.

ATAIDE.

          En este punto

 

Vais, señor, a ser libre; pero es fuerza

 

Que salgáis de este alcázar peligroso

 

Sin vuestra amante.

MATILDE.

¡Bárbaro!

ATAIDE.

                  Lo ordena

 

La suerte así.

OREN.

                    Mi bien, ¿cómo podremos

 

Fundar nuestra esperanza en sus promesas?

 

Ya reconozco al pérfido; él fue sólo

 

Quien aquí me vio entrar, y su vil lengua

 

Es la que a su señor me ha descubierto.

ATAIDE.

Es cierto, os descubrí; ni yo os pudiera

 

De otra suerte salvar. Si a denunciaros

 

Acaso alguno de los negros llega,

 

Matilde, vos y yo somos perdidos:

 

Así gané su confianza entera;

 

Y encargando a mí solo vuestra guarda,

 

Así os vengo a librar de su fiereza.

OREN.

¿Dónde estamos, Matilde? En todas partes

 

La maldad, la perfidia nos rodean.

 

¿Seremos pues tan viles, que fiemos

 

Nuestra ventura y libertad en ellas?

ATAIDE.

Esas dudas me ofenden y no os salvan:

 

El peligro nos insta, el tiempo vuela;

 

Temed que este momento malogrado,

 

Quizá el momento que vendrá nos pierda

 

No dudéis de mi fe. -Soldado, al punto

 

Las puertas del castillo abiertas sean

 

A este joven: condúcele; tu vida

 

Responde de la suya.

MATILDE.

¡Oh mi defensa!

 

¡Oh mi dios tutelar! ¿Cómo es posible

 

Que en esta infausta y lóbrega caverna

 

Quede Matilde sola, abandonada

 

A ese monstruo cruel que en ella alberga?

OREN.

¡Ataide!

ATAIDE.

              En este trance es ya preciso

 

Que cedáis ciegamente a mi prudencia.

 

Vos no sabéis quién sois; cuál es la suerte      (A MATILDE.)

 

De aquel a cuyo amor hoy en la tierra

 

Todo amor pospondréis: vuestro destino

 

Es hasta aquí un misterio que mi lengua

 

Puede sola en el mundo revelaros,

 

Y que aquí dentro me escuchéis es fuerza.

 

Vos entretanto huid, y recordaos;      (A OREN.)

 

Que del valor heroico y la presteza

 

Vuestro libertador y vuestra amante

 

Aguardan en tal riesgo su defensa.

OREN.

Adiós, Matilde, adiós; pues la fortuna

 

Las sendas todas a elegir nos niega,

 

Rindámonos por fin; mas el combate

 

Va al instante a encenderse: tú no temas;

 

Las torres que tu ultraje han presenciado

 

Al suelo desplomadas y deshechas

 

Caerán, y de mi amor y mi venganza

 

Serán en la comarca eternas pruebas.

 

Condúceme, soldado.      (Vase.)




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