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| Escena II
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MATILDE, OREN, ATAIDE; UN SOLDADO detrás
de ellos, que se quedará en el fondo del teatro.
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MATILDE.
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Tres son.
¿Quiénes serán? Los ojos míos
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En tan escasa claridad no aciertan
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A distinguir. ¡Mísera! ¿Qué horrores
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Se irán a preparar?
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OREN.
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¿Dónde me llevas?
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Dónde estoy?
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ATAIDE.
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No
tembléis.
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OREN.
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¿Pecho
cobarde
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Me juzgas por ti mismo? Oren no tiembla.
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¿Qué manda tu
señor? ¿Su alevosía
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Va a verse con mi sangre satisfecha?
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ATAIDE.
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Nada ha resuelto aún; de sus furores
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La dura agitación ha dado treguas
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Por un momento al sueño, y él reposa.
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OREN.
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¿Y Matilde?
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MATILDE.
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Hela
aquí que a tu presencia
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Se siente revivir; que afortunada
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De perecer contigo se contempla,
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Si vas a perecer. ¡Oh amigo mío!
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No nos separarán, no habrá violencia
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Que baste a tal rigor.
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ATAIDE.
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En
este punto
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Vais, señor, a
ser libre; pero es fuerza
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Que salgáis de
este alcázar peligroso
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Sin vuestra amante.
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MATILDE.
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¡Bárbaro!
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ATAIDE.
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Lo
ordena
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La suerte así.
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OREN.
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Mi
bien, ¿cómo podremos
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Fundar nuestra esperanza en sus promesas?
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Ya reconozco al pérfido; él fue sólo
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Quien aquí me
vio entrar, y su vil lengua
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Es la que a su señor me ha descubierto.
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ATAIDE.
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Es cierto, os
descubrí; ni yo os pudiera
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De otra suerte salvar. Si a denunciaros
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Acaso alguno de los negros llega,
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Matilde, vos y
yo somos perdidos:
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Así gané su confianza entera;
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Y encargando a mí solo vuestra guarda,
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Así os vengo a librar de su fiereza.
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OREN.
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¿Dónde estamos, Matilde? En todas partes
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La maldad, la perfidia nos rodean.
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¿Seremos pues
tan viles, que fiemos
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Nuestra ventura
y libertad en ellas?
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ATAIDE.
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Esas
dudas me ofenden y no os salvan:
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El peligro nos insta, el tiempo vuela;
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Temed que este momento malogrado,
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Quizá el
momento que vendrá nos pierda
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No dudéis de mi fe. -Soldado, al punto
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Las puertas del castillo abiertas sean
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A este joven:
condúcele; tu vida
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Responde de la suya.
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MATILDE.
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¡Oh mi defensa!
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¡Oh mi dios tutelar! ¿Cómo es posible
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Que en esta
infausta y lóbrega caverna
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Quede Matilde sola, abandonada
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A ese monstruo cruel que en ella alberga?
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OREN.
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¡Ataide!
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ATAIDE.
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En
este trance es ya preciso
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Que cedáis ciegamente a mi prudencia.
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Vos no sabéis
quién sois; cuál es la suerte (A MATILDE.)
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De aquel a cuyo
amor hoy en la tierra
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Todo amor pospondréis: vuestro destino
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Es hasta aquí un misterio que mi lengua
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Puede sola en el mundo revelaros,
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Y que aquí
dentro me escuchéis es fuerza.
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Vos entretanto huid,
y recordaos; (A OREN.)
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Que del valor heroico y la presteza
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Vuestro libertador y vuestra amante
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Aguardan en tal riesgo su defensa.
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OREN.
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Adiós, Matilde, adiós; pues la fortuna
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Las
sendas todas a elegir nos niega,
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Rindámonos por
fin; mas el combate
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Va al instante a encenderse: tú no temas;
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Las torres que
tu ultraje han presenciado
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Al suelo desplomadas y deshechas
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Caerán, y de mi amor y mi venganza
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Serán en la
comarca eternas pruebas.
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Condúceme, soldado. (Vase.)
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