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Manuel José Quintana
El duque de Viseo

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Escena III

MATILDE, ATAIDE.

MATILDE.

   Ya está libre.

 

¿Por qué no lo estoy yo? Por qué esta negra

 

Cárcel escucha los suspiros míos,

 

Cuando a su lado respirar debiera?

ATAIDE.

Libre os veréis también, pero es preciso

 

Que este servicio sin igual merezca

 

Alcanzar mi perdón de aquel cautivo

 

Que tanto tiempo entre sus hierros pena.

MATILDE.

¿Qué cautivo? ¿Qué habláis? Yo no os entiendo.

ATAIDE.

¡Ay señora! Escuchad. Desde su tierna

 

Infancia siempre he acompañado a Enrique,

 

Y de todos sus gustos y sus penas

 

Depositario y confidente sólo

 

He sido por gran tiempo. Él en la negra

 

Envidia que abrigó contra su hermano

 

Bebió el veneno que su pecho encierra.

 

El cielo en el nacer le hizo segundo;

 

Y la segura y alta preferencia

 

Que por su gran carácter Eduardo

 

Logró siempre en la paz, siempre en la guerra,

 

Para el perverso y envidioso Enrique

 

Perenne fuente de tormentos era.

 

Rivales en amor, ambos ardieron

 

Por Teodora Moniz; su mano bella

 

Fue de Eduardo, y el furioso Enrique

 

Vio despreciada su pasión violenta.

 

En mengua tal sacrificar su hermano

 

A en venganza despechado piensa,

 

Y que después la miserable viuda

 

La mano entregue al opresor por fuerza.

 

Yo fui iniciado en el fatal secreto:

 

El halago, el obsequio, las promesas,

 

Las amenazas... ¡Dios! ¿Qué no hizo Enrique

 

Porque ministro de sus iras fuera?...

 

Señora, él me sedujo.

MATILDE.

    ¡Desdichado!

ATAIDE.

No he sido el sólo yo. Cuando de Ceuta

 

La venturosa expedición lograda,

 

En paz al fin se reposó la tierra,

 

El del África trajo esos dos negros,

 

Cuya intrépida y bárbara obediencia

 

Al odioso tropel de sus delitos

 

Pudo allanar la abominable senda.

 

Ellos y yo, señora, le seguimos

 

A este mismo castillo, en que la escena

 

Desventurada fue, donde de alcaide

 

Me dio la autoridad por recompensa.

 

Mis manos del estrago se abstuvieron:

 

El mismo Enrique fue quien de su ciega,

 

De su violenta cólera arrastrado,

 

Bañó en la sangre fraternal su diestra.

 

Iba el golpe a doblar, cuando Teodora,

 

Volando de su esposo a la defensa,

 

Lanzóse en medio, y del atroz cuchillo

 

Al rigor implacable cayó muerta.

MATILDE.

¡Qué horror!

ATAIDE.

                     Enrique, al contemplar tendidos

 

Sus dos hermanos, con el alma llena

 

De improviso pavor, huyó a otra estancia;

 

Y obedeciendo a su temor, ordena

 

Que cuantos a Eduardo acompañaban

 

Al punto allí sacrificados sean.

 

Asán y Alí los degollaron todos.

 

Violante misma, la inocente prenda

 

Del amor de los tristes, ya cortado

 

Miraba el hilo de su vida tierna

 

Por la espada de Alí: yo la di vida.

 

Señora, recordaos de la ligera

 

Cicatriz que aún se mira en vuestro cuello,

 

Y al fin vendréis a conocer por ella

 

Quién debe el ser a la infeliz Teodora.

VIOLANTE.

¡Yo Violante! ¡Gran Dios!

ATAIDE.

                 A la heredera

 

Del poderoso duque de Viseo

 

Un fiel anciano en su mansión secreta

 

Prestó seguro asilo; allí crecisteis,

 

Allí una educación noble y modesta

 

Adornó esa belleza sin segunda

 

Con que os enriqueció naturaleza.

 

Igual en todo a vuestra angosta madre,

 

Vos la representabais en la tierra,

 

Cuando vuestra desgracia a aquel retiro

 

Condujo a Enrique, y permitió que os viera,

 

Y al veros se inflamó.

VIOLANTE.

  ¡Monstruo inhumano!

 

He aquí la causa del horror bien cierta

 

Que de sólo mirarle yo sentía.

 

Del negro fratricida a la presencia

 

Toda la sangre en mi interior se helaba;

 

Y era mi madre, que con voz secreta

 

Me gritaba: «Aborrece a mi verdugo

 

¡Qué no os debo yo, Ataide! Y vuestra lengua

 

El perdón de su error de mí imploraba;

 

¡Pluguiese al cielo que premiar pudiera!...

ATAIDE.

Escuchadme hasta el fin: yo no merezco

 

Sino piedad. De la cruel tragedia

 

El último el teatro abandonaba,

 

Cuando unos ayes desmayados llegan

 

A mis oídos, que en sus ecos tristes

 

Mi ansioso pecho de dolor penetran.

 

Vuelvo a atender y a oír: era Eduardo,

 

Que en su palpitación aún daba muestras...

VIOLANTE.

¡Ah bárbaro! ¿Y tu mano, sanguinario,

 

Ahogó en su vida la postrer centella?

ATAIDE

Ved que no soy culpable de su muerte.

VIOLANTE.

¿Vive mi padre?

ATAIDE.

 Vive, si existencia

 

Puede llamarse tan funesta vida,

 

Entre la noche y el dolor envuelta.

 

Cuando volvió en sí el triste, ya amarrado

 

Halló su cuerpo a la fatal cadena

 

Con que oprimido por tan largo tiempo

 

De su perdida libertad se queja.

 

Diez años ha que al mísero Eduardo

 

De voz humana ni aún los ecos llegan.

VIOLANTE.

¡Eterno Dios! ¡Oh crímenes! ¡Oh día,

 

Día de revelación! Y en mis querellas

 

Yo mi infortunio denunciaba al cielo,

 

Cuando mi padre... Ataide, ¡qué fiereza

 

En tu insensible corazón escondes!

ATAIDE.

Yo obedeciendo mi piedad primera,

 

Le di la vida, y a ocultarlo luego

 

Me persuadió el temor. ¿Cómo pudiera,

 

Sin resolverme a exterminar a Enrique,

 

Sacarle ya de su prisión funesta?

 

A veces esperé (¡cuán vano engaño!)

 

Que a una dichosa paz abrir la puerta

 

Pudiese el roedor remordimiento

 

Que desde entonces al tirano aqueja.

 

Tal vez el punto de vencerle he visto;

 

Pero los celos, el rencor, la afrenta,

 

La misma enormidad de sus maldades

 

En él ahogaban las endebles quejas

 

Del arrepentimiento. Así mi alma,

 

De incertidumbre y confusiones llena,

 

Ni fiel a Enrique ni a Eduardo ha sido

 

Entre el temor y la piedad suspensa.

 

Tal, señora, es mi crimen; yo no anhelo

 

A disculparle; más la vida vuestra,

 

Más la de vuestro padre, al fin merecen

 

Que concedido mi perdón me sea.

 

¿Lo será? Responded.

VIOLANTE.

   Tú has sido, Ataide,

 

Bien culpable y cruel; pero haz que vuelva

 

De triste padre a mis amantes brazos;

 

Que vuelva libre, y perdonado quedas.

 

Llévame donde está: cada momento

 

Que sufra más en su fortuna adversa

 

Redobla mi aflicción. Vamos.

ATAIDE.

¡Qué miro!

 

Aquí los negros bárbaros se acercan;

 

Ellos son más temibles que el tirano,

 

Y si juntos nos ven, todo se arriesga.      (Vase.)

VIOLANTE.

¿Qué decretáis, en fin, de esta infelice,

 

Omnipotentes cielos? Ayer era

 

Matilde, hoy soy Violante. ¡Ah! ¿cuándo, cuándo

 

Será que tanta confusión fenezca?




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