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| Escena
III
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MATILDE, ATAIDE.
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MATILDE.
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Ya está libre.
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¿Por qué no lo estoy yo? Por qué esta negra
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Cárcel escucha
los suspiros míos,
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Cuando a su lado respirar debiera?
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ATAIDE.
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Libre os veréis también, pero es preciso
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Que este servicio sin igual merezca
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Alcanzar mi perdón de aquel cautivo
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Que tanto tiempo entre sus hierros pena.
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MATILDE.
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¿Qué cautivo? ¿Qué habláis? Yo no os entiendo.
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ATAIDE.
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¡Ay señora! Escuchad. Desde su tierna
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Infancia siempre he acompañado a Enrique,
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Y de todos sus
gustos y sus penas
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Depositario y confidente sólo
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He sido por gran tiempo. Él en la negra
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Envidia que abrigó contra su hermano
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Bebió el veneno que su pecho encierra.
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El cielo en el nacer le hizo segundo;
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Y la segura y alta preferencia
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Que por su gran carácter Eduardo
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Logró siempre en la paz, siempre en la guerra,
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Para el perverso y envidioso Enrique
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Perenne fuente de tormentos era.
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Rivales en
amor, ambos ardieron
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Por Teodora Moniz; su mano bella
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Fue de Eduardo, y el furioso Enrique
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Vio despreciada su pasión violenta.
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En mengua tal sacrificar su hermano
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A en venganza despechado piensa,
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Y que después
la miserable viuda
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La mano entregue al opresor por fuerza.
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Yo fui iniciado en el fatal secreto:
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El halago,
el obsequio, las promesas,
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Las amenazas... ¡Dios! ¿Qué no hizo Enrique
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Porque ministro
de sus iras fuera?...
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Señora, él me sedujo.
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MATILDE.
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¡Desdichado!
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ATAIDE.
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No he
sido el sólo yo. Cuando de Ceuta
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La venturosa expedición lograda,
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En paz al fin se reposó la tierra,
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El del África trajo esos dos negros,
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Cuya intrépida y bárbara obediencia
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Al odioso tropel de sus delitos
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Pudo allanar la abominable senda.
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Ellos y yo, señora, le seguimos
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A este mismo castillo, en que la escena
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Desventurada fue, donde de alcaide
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Me dio la autoridad por recompensa.
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Mis manos del
estrago se abstuvieron:
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El mismo Enrique fue quien de su ciega,
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De su violenta cólera arrastrado,
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Bañó en la sangre fraternal su diestra.
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Iba el golpe a doblar, cuando Teodora,
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Volando de su esposo a la defensa,
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Lanzóse en medio, y del atroz cuchillo
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Al rigor implacable cayó muerta.
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MATILDE.
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¡Qué horror!
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ATAIDE.
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Enrique,
al contemplar tendidos
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Sus dos hermanos, con el alma llena
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De improviso pavor, huyó a otra estancia;
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Y obedeciendo a su temor, ordena
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Que cuantos a Eduardo acompañaban
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Al punto allí sacrificados sean.
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Asán y Alí los
degollaron todos.
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Violante misma, la inocente prenda
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Del amor de los tristes, ya cortado
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Miraba el hilo de su vida tierna
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Por la espada de Alí: yo la di vida.
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Señora,
recordaos de la ligera
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Cicatriz que aún se mira en vuestro cuello,
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Y al fin
vendréis a conocer por ella
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Quién debe el ser a la infeliz Teodora.
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VIOLANTE.
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¡Yo Violante! ¡Gran Dios!
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ATAIDE.
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A
la heredera
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Del poderoso duque de Viseo
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Un fiel anciano en su mansión secreta
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Prestó seguro asilo; allí crecisteis,
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Allí una educación noble y modesta
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Adornó esa belleza sin segunda
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Con que os
enriqueció naturaleza.
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Igual en todo a vuestra angosta madre,
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Vos la
representabais en la tierra,
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Cuando vuestra desgracia a aquel retiro
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Condujo a
Enrique, y permitió que os viera,
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Y al veros se inflamó.
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VIOLANTE.
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¡Monstruo inhumano!
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He aquí la causa del horror bien cierta
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Que de sólo
mirarle yo sentía.
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Del negro fratricida a la presencia
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Toda la sangre en mi interior se helaba;
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Y era mi madre, que con voz secreta
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Me gritaba: «Aborrece a mi verdugo.»
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¡Qué no os debo yo, Ataide! Y vuestra lengua
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El perdón de su
error de mí imploraba;
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¡Pluguiese al cielo que premiar pudiera!...
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ATAIDE.
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Escuchadme hasta el fin: yo no merezco
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Sino piedad. De la cruel tragedia
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El último el teatro abandonaba,
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Cuando
unos ayes desmayados llegan
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A mis oídos,
que en sus ecos tristes
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Mi ansioso pecho de dolor penetran.
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Vuelvo a atender y a oír: era Eduardo,
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Que en su
palpitación aún daba muestras...
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VIOLANTE.
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¡Ah bárbaro! ¿Y tu mano, sanguinario,
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Ahogó en su vida la postrer centella?
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ATAIDE
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Ved que no soy
culpable de su muerte.
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VIOLANTE.
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¿Vive mi padre?
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ATAIDE.
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Vive, si existencia
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Puede llamarse tan funesta vida,
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Entre la noche
y el dolor envuelta.
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Cuando volvió en sí el triste, ya amarrado
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Halló su cuerpo a la fatal cadena
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Con que oprimido por tan largo tiempo
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De su perdida libertad se queja.
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Diez años ha que al mísero Eduardo
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De voz humana
ni aún los ecos llegan.
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VIOLANTE.
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¡Eterno Dios! ¡Oh crímenes! ¡Oh día,
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Día de
revelación! Y en mis querellas
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Yo mi infortunio denunciaba al cielo,
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Cuando mi padre... Ataide, ¡qué fiereza
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En tu
insensible corazón escondes!
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ATAIDE.
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Yo obedeciendo mi piedad primera,
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Le di la vida, y a ocultarlo luego
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Me persuadió el temor. ¿Cómo pudiera,
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Sin resolverme a exterminar a Enrique,
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Sacarle ya de su prisión funesta?
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A veces esperé (¡cuán vano engaño!)
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Que a una dichosa paz abrir la puerta
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Pudiese el roedor remordimiento
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Que desde entonces al tirano aqueja.
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Tal vez el punto de vencerle he visto;
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Pero los celos, el rencor, la afrenta,
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La misma
enormidad de sus maldades
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En él ahogaban
las endebles quejas
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Del arrepentimiento. Así mi alma,
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De
incertidumbre y confusiones llena,
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Ni fiel a Enrique ni a Eduardo ha sido
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Entre el temor
y la piedad suspensa.
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Tal, señora, es mi crimen; yo no anhelo
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A disculparle; más la vida vuestra,
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Más la de vuestro padre, al fin merecen
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Que concedido mi perdón me sea.
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¿Lo será? Responded.
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VIOLANTE.
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Tú has sido, Ataide,
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Bien culpable y
cruel; pero haz que vuelva
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De triste padre
a mis amantes brazos;
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Que vuelva
libre, y perdonado quedas.
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Llévame donde está: cada momento
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Que sufra más en su fortuna adversa
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Redobla mi aflicción. Vamos.
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ATAIDE.
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¡Qué miro!
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Aquí los negros
bárbaros se acercan;
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Ellos son más
temibles que el tirano,
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Y si juntos nos ven, todo se
arriesga. (Vase.)
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VIOLANTE.
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¿Qué decretáis,
en fin, de esta infelice,
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Omnipotentes cielos? Ayer era
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Matilde,
hoy soy Violante. ¡Ah! ¿cuándo, cuándo
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Será que tanta confusión fenezca?
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