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Manuel José Quintana
El duque de Viseo

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Escena IV

ALÍ, ASÁN.

ALÍ.

Mírala, Asán, huir de nuestra vista:

 

Los esclavos humildes la amedrentan

 

Y la ahuyentan de sí. ¡Bien desdichada

 

Es por cierto su suerte!

ASÁN.

             Que padezca.

 

¿No ha nacido de blancos y en Europa?

 

Flor engañosa de venenos llena,

 

Amor ahora y compasión inspira

 

Con su tierna hermosura y su inocencia;

 

Mas aguarda, y verásla abrir su seno

 

Bien pronto a la perfidia, a la soberbia:

 

Frutos de esta región abominable,

 

Que todo lo corrompe. Que padezca,

 

Que la atormente Enrique; yo gustoso

 

Me prestaré a su cólera.

ALÍ.

              Tú esperas

 

Que agradecido en libertad te ponga,

 

Y así le sirves.

ASÁN.

                     Busca en las tinieblas

 

La claridad, abrigo en las heladas,

 

Y la seguridad en las tormentas,

 

Antes que gratitud de un europeo.

ALÍ.

Si eso es verdad, Asán, ¿por qué te empeñas

 

Del Duque en merecer la confianza?

 

Tu boca siempre bárbara y funesta

 

Su natural ferocidad inflama,

 

Y si él piensa un estrago, a otro le lleva.

 

En él ¿qué puedes apreciar?

ASÁN.

Sus vicios:

 

Ellos son los que amable le presentan

 

A mi sañudo espíritu; por ellos

 

Mi vengativo corazón recrea.

 

Su furor, su crueldad son el azote

 

De cuantos blancos por su mal le cercan;

 

Y yo me gozo en las terribles plagas

 

De que su atroz iniquidad se ceba.

 

Los blancos de mi patria me arrancaron,

 

Ellos a mi valor dieron cadenas,

 

Y del respeto en vez que allá gozaba,

 

Aquí soy un objeto de vergüenza.

 

¿Cuál es el blanco que buscó de un negro

 

Jamás de la amistad la unión estrecha?

 

¿Y qué mujer no escucha horrorizada

 

De su infeliz amor las tristes pruebas?

 

Patria, esposa, familia, amores, todo,

 

Todo lo tuve... ¡Oh Dios! Una hora adversa

 

De todo me privó. No, no es posible

 

Que aquel instante a mi memoria venga,

 

Sin que toda esta raza de hombres duros

 

Con odio interminable yo aborrezca,

 

Ni me es posible contemplar mis males

 

Sin que los suyos mis delicias sean.

 

¿Piensas que yo amo a Enrique? ¡Oh cuál te engañas!

 

Amo en él esa bárbara fiereza,

 

Verdugo de sí mismo y de los otros,

 

Que llena mi venganza toda entera

 

Amo el devorador remordimiento

 

Que le destroza cuando ansioso piensa

 

En el abismo de tormentos fieros

 

Con que la horrenda eternidad le espera.

 

Ser el ministro yo de tantos males,

 

¿Con quién, sino con él, lograr pudiera?

 

Con quién, sino con él, de tantos blancos

 

El despecho gozar y amargas quejas?

ALÍ.

Pero entre tanto víctimas nosotros

 

Somos también: yo, Asán, de esta caverna

 

Pienso escapar; mi corazón no puede

 

Tanta infamia sufrir.

ASÁN.

         Yo mientras pueda

 

Con Enrique hacer mal, seré de Enrique;

 

Mas si él se abate o si los cielos cesan

 

De sufrirle... ya entonces...

ENRIQUE.

(Dentro.) Socorredme.

ATAIDE.

(Dentro.) Aquí estoy yo, señor.




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