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Manuel José Quintana
El duque de Viseo

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Escena V

ENRIQUE, sostenido por ATAIDE. - Dichos.

ENRIQUE.

  Ellos me aquejan;

 

¿No los veis? ¡Qué rigor! Yo a defenderme

 

No basto ya.

ALÍ.

                   ¿Qué es esto? ¡cómo tiembla!

 

¡Cuál los ojos revuelve y se estremece!

ATAIDE.

Hablad, señor, hablad.

ENRIQUE.

     ¿Qué voz es esta?

 

¡Ataide! ¡Asán! ¡Alí! ¿Con que no ha sido,

 

Más que una sombra en mi engañada idea,

 

Un sueño? ¿Mis oídos no escucharon

 

Las pavorosas voces que aún resuenan

 

Acá en mi mente? Ataide, el más terrible

 

Suplicio un lecho de deleites fuera

 

Comparado al dolor que yo he sufrido.

ASÁN.

Pero volved en vos, y la funesta

 

Causa a tanta agitación patente

 

A vuestros fieles servidores sea.

ENRIQUE.

Escuchad pues, ministros de mis crímenes,

 

Escuchad y temblad. Era la hora

 

En que mis tristes miembros fatigados

 

Del sueño hallaban la quietud sabrosa;

 

Entonces por las bóvedas vagando

 

Estar me pareció, donde reposan

 

De mis muertos abuelos las cenizas

 

Bajo el mármol de honor que las custodia.

 

Sus fúnebres emblemas me asustaban;

 

Cuando a lo lejos entre aquellas sombras

 

Diviso una mujer que en dulce risa

 

Grata me llama y mi atención provoca.

 

Pienso ver a Matilde en la que veo,

 

Y al mismo instante con ardor se arrojan

 

Mis presurosos pasos a alcanzarla,

 

A estrecharla mis manos venturosas;

 

Pero en el punto de abrazarla ¡oh cielos!

 

Su florida beldad se descolora,

 

Y de una herida que su pecho afea

 

En copioso raudal la sangre brota.

 

Miróla entonces más atento, y era...

 

¡Teodora, Ataide!

ATAIDE.

     ¡Oh Dios!

ENRIQUE.

            Era Teodora,

 

Con aquel ademán, aquel semblante

 

Que, fijos hondamente en mi memoria,

 

Su fin desventurado me presentan,

 

Y destrozan mi pecho a todas horas.

 

«Al fin volvemos para siempre a unirnos

 

(Con eco sepulcral dijo su boca);

 

Para siempre... Mis brazos cariñosos

 

Van a galardonar tu amor ahora;

 

Mas contempla primero lo que hiciste,

 

Y cuál me puso tu fiereza loca

 

Sus ojos de sus órbitas saltaron,

 

Todos sus miembros, sus facciones todas

 

Se deshacen de pronto, y en la imagen

 

De un esqueleto fétido se torna.

ATAIDE, ALÍ.

¡Horror! Horror!

ENRIQUE.

                     Entre sus brazos secos

 

Ella me aprieta y con furor me ahoga,

 

Me infesta con su aliento, y me atormenta

 

Con su halago y caricias espantosas.

 

«No más, ¡ay Dios! no más», ante sus plantas

 

Digo cayendo exánime; «perdona,

 

Espíritu cruel. ¿Cómo es posible

 

Que tal rencor los túmulos escondan

 

Huye entonces la sombra, y cuando pienso

 

Libre mirarme, retumbar las losas

 

Y desquiciarse los sepulcros siento,

 

Y en fuego hervir sus cavidades hondas;

 

Y de la llama al resplandor sombrío

 

Sus frentes los cadáveres asoman,

 

Gritando: «¡Fratricida! Entre nosotros

 

Baja, y el premio de tus premios goza

 

La fuerza del horror sacudió el sueño;

 

Pero ¡ay! que mis martirios, mis congojas,

 

Ni entenderlas jamás podréis vosotros,

 

Ni explicarlas jamás podrá mi boca.

ATAIDE.

Señor, aqueste sueño misterioso

 

No es una vana sombra, es un aviso

 

Que los cielos os dan, y que os convida

 

A que pongáis un término al delito.

 

Dejad ese sendero peligroso

 

Que hasta aquí habéis hollado; arrepentíos,

 

Y tal vez la virtud...

ENRIQUE.

  ¡Ah! Es imposible:

 

¡La virtud! Mi execrable fratricidio,

 

El rencor y la envidia la arrojaron

 

Para siempre jamás del pecho mío.

 

¿Quieres verme feliz? Pues al instante

 

De la mísera sangre que he vertido,

 

Y que aún hierve reciente en mi tormento,

 

Ataja los raudales vengativos;

 

Abre las puertas al sepulcro, y osa

 

Sus leyes suspender a los destinos,

 

Y aquellos dos objetos miserables

 

De mi inicuo furor vuélveme vivos.

 

Entonces, quizá entonces, mis excesos

 

Encontrarán perdón, y condolidos

 

Los cielos de mi afán, disiparían

 

Este negro terror en que agonizo.

ATAIDE. (Ap.)

¡Dios! ¿Será este el momento afortunado?...

 

Esclavos, retiraos de aqueste sitio:

 

Yo quedo a obedecerle.




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