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| Escena V
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ENRIQUE, sostenido por ATAIDE.
- Dichos.
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ENRIQUE.
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Ellos me aquejan;
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¿No los veis? ¡Qué rigor! Yo a defenderme
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No basto ya.
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ALÍ.
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¿Qué
es esto? ¡cómo tiembla!
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¡Cuál los ojos
revuelve y se estremece!
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ATAIDE.
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Hablad, señor, hablad.
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ENRIQUE.
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¿Qué voz es esta?
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¡Ataide! ¡Asán! ¡Alí! ¿Con que no ha sido,
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Más que una sombra en mi engañada idea,
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Un sueño? ¿Mis oídos no escucharon
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Las pavorosas
voces que aún resuenan
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Acá en mi mente? Ataide, el más terrible
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Suplicio un lecho de deleites fuera
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Comparado al dolor que yo he sufrido.
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ASÁN.
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Pero volved en vos, y la funesta
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Causa a tanta agitación patente
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A vuestros fieles servidores sea.
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ENRIQUE.
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Escuchad pues, ministros
de mis crímenes,
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Escuchad y temblad. Era la hora
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En que mis
tristes miembros fatigados
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Del sueño hallaban la quietud sabrosa;
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Entonces por
las bóvedas vagando
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Estar me
pareció, donde reposan
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De mis muertos abuelos
las cenizas
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Bajo el mármol de honor que las custodia.
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Sus fúnebres
emblemas me asustaban;
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Cuando a lo lejos entre aquellas sombras
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Diviso una mujer que en dulce risa
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Grata me llama y mi atención provoca.
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Pienso ver a Matilde en la que veo,
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Y al mismo instante con ardor se arrojan
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Mis presurosos pasos a alcanzarla,
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A estrecharla mis manos venturosas;
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Pero en el punto de abrazarla ¡oh cielos!
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Su florida beldad se descolora,
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Y de una herida que su pecho afea
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En copioso raudal la sangre brota.
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Miróla entonces más atento, y era...
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¡Teodora, Ataide!
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ATAIDE.
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¡Oh Dios!
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ENRIQUE.
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Era
Teodora,
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Con aquel ademán, aquel semblante
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Que, fijos hondamente en mi memoria,
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Su fin desventurado me presentan,
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Y destrozan mi pecho a todas horas.
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«Al fin volvemos para siempre a unirnos
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(Con eco sepulcral dijo su boca);
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Para siempre... Mis brazos cariñosos
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Van a galardonar tu amor ahora;
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Mas contempla primero lo que hiciste,
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Y cuál me puso tu fiereza loca.»
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Sus ojos de sus
órbitas saltaron,
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Todos sus
miembros, sus facciones todas
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Se deshacen de
pronto, y en la imagen
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De un esqueleto fétido se torna.
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ATAIDE, ALÍ.
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¡Horror! Horror!
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ENRIQUE.
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Entre
sus brazos secos
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Ella me aprieta y con furor me ahoga,
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Me infesta con su aliento, y me atormenta
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Con su halago y caricias espantosas.
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«No más,
¡ay Dios! no más», ante sus plantas
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Digo cayendo exánime; «perdona,
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Espíritu cruel.
¿Cómo es posible
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Que tal rencor
los túmulos escondan?»
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Huye entonces la sombra, y cuando pienso
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Libre mirarme,
retumbar las losas
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Y desquiciarse
los sepulcros siento,
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Y en fuego
hervir sus cavidades hondas;
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Y de la llama al resplandor sombrío
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Sus frentes los
cadáveres asoman,
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Gritando: «¡Fratricida! Entre nosotros
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Baja, y el
premio de tus premios goza.»
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La fuerza del horror sacudió el sueño;
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Pero ¡ay! que
mis martirios, mis congojas,
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Ni entenderlas
jamás podréis vosotros,
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Ni explicarlas jamás podrá mi boca.
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ATAIDE.
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Señor, aqueste sueño misterioso
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No es una vana sombra, es un aviso
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Que los cielos
os dan, y que os convida
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A que pongáis un término al delito.
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Dejad ese sendero peligroso
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Que hasta aquí habéis hollado; arrepentíos,
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Y tal vez la
virtud...
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ENRIQUE.
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¡Ah! Es imposible:
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¡La virtud! Mi execrable fratricidio,
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El rencor y la
envidia la arrojaron
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Para siempre jamás del pecho mío.
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¿Quieres verme feliz? Pues al instante
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De la mísera sangre
que he vertido,
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Y que aún hierve reciente en mi tormento,
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Ataja los raudales vengativos;
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Abre las
puertas al sepulcro, y osa
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Sus leyes
suspender a los destinos,
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Y aquellos dos
objetos miserables
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De mi inicuo furor vuélveme vivos.
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Entonces, quizá
entonces, mis excesos
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Encontrarán perdón, y condolidos
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Los cielos de mi afán, disiparían
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Este negro
terror en que agonizo.
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ATAIDE. (Ap.)
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¡Dios! ¿Será este el momento afortunado?...
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Esclavos,
retiraos de aqueste sitio:
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Yo quedo a obedecerle.
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