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Manuel José Quintana
El duque de Viseo

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Escena III

VIOLANTE, EDUARDO.

VIOLANTE.

  ¡Oh centro

 

De silencio y de horror! ¡Prisión acerba!

 

¡Fúnebre tumba! Al cabo en vuestro seno

 

Queda ya soterrada esta infelice,

 

Arrancada a la luz y al universo.

 

Aquí olvidada, abandonada y sola

 

Deberé perecer...

(Se deja caer sobre las gradas de la puerta.)

 

     ¿Por qué naciendo,

 

Piadosamente fieras no me ahogaban

 

Las manos que en la cuna me pusieron?

 

No así de mal en mal, de pena en pena

 

Precipitarme viera adonde muero

 

La más desventurada de los míos;

 

Adonde sin testigo, sin consuelo...

EDUARDO.

Esto siquiera mientras yo respire

 

No os faltará, señora, en tanto extremo.

VIOLANTE.

¿Qué oigo? ¡Ay de mí! ¿Quién sois? En este sitio...

EDUARDO.

Otro infeliz cual vos, blanco funesto

 

De la más espantosa alevosía

 

Que debajo del sol los siglos vieron.

 

Del cielo y de la tierra abandonado,

 

Y sepultado aquí por tanto tiempo,

 

Al fin de soledad tan congojosa

 

El primer ser humano en vos contemplo.

 

No si acaso a acrecentar mis males;

 

Pero entre tanto con placer me entrego

 

A aliviar vuestra amarga desventura,

 

Si a tanto alcanzan la piedad y el ruego.

 

En vuestra edad florece la inocencia,

 

Y amor inspira vuestro rostro bello

 

¿Quién puede ser tan duro que os persiga?

VIOLANTE.

¡A la maldita beldad, don que los cielos

 

Para mi perdición me dispensaron!

 

Señor, es mi destino tan adverso,

 

Que un momento seguro de fortuna

 

En mi carrera señalar no puedo.

 

Crecí sin conocer mis dulces padres;

 

Cuando quiénes son vengo a perderlos

 

Mi madre indignamente asesinada

 

En otro tiempo fue, mi padre preso

 

Devora su desgracia, y yo inocente

 

Víctima gimo del furor violento

 

De un tirano que el cielo por castigo

 

Lanzó a este clima: Enrique de Viseo...

EDUARDO.

¡Enrique! ¿Y vive aún? ¿Y no se cansa

 

De verle el sol, de sustentarle el suelo?

 

¡Ah! Si vuestro infortunio es obra suya,

 

Pereced, desdichada; Do hay remedio.

 

La estrella que a ese bárbaro os entrega

 

Se goza en afligiros y en perderos.

 

¡Enrique! ¡Ah monstruo!

VIOLANTE.

          ¡Por piedad! Las ansías

 

Calmad de mis sentidos; ya en mi pecho

 

El corazón se agita palpitando,

 

Entre la duda y la esperanza incierto

 

Decid, decid quién sois.

EDUARDO.

      Soy Eduardo,

 

Hermano de ese vil.

VIOLANTE.

      ¡Mi padre! ¡Oh cielos!

EDUARDO.

¿Qué dices?

VIOLANTE.

          No dudéis: los ojos míos

 

La dulce prueba de que el ser os debo

 

Os dan en estas lágrimas que os bañan.

 

Y que de gozo y de ternura vierto.

 

La mano a un tiempo cruda y piadosa

 

Que nos salvó de los puñales fieros

 

Nos reservó a este encuentro inesperado

 

Para acaso otra vez en él perdernos.

 

Reconocedme: ved en ni la sangre

 

De vuestra sangre, ved cómo los cielos,

 

De la desventurada esposa vuestra

 

En mí la viva semejanza han hecho.

EDUARDO.

Sí, ciertamente es ella. ¡Oh semejanza!

 

Ni la inefable agitación que siento,

 

Ni el placer que me inunda en su dulzura,

 

Ni las caras facciones que en ti veo

 

Me permiten dudar; ven, hija mía

 

Ven, y reposa en el paterno seno.

VIOLANTE.

¡Oh inefable placer!

EDUARDO.

Dios de clemencia,

 

Tú, que me diste un corazón de acero,

 

Bastante a resistir las tristes plagas

 

Que sobre mí tan sin piedad cayeron,

 

Dame también un corazón que pueda

 

Sufrir la inmensidad de este contento.

 

¡Hija mía!

VIOLANTE.

       ¡En qué estado miserable,

 

En qué penosa situación te encuentro,

 

Señor! Aquí sumido, respirando

 

De este ambiente el mortífero veneno,

 

¿Cómo en tal soledad y desamparo

 

Pudisteis resistir?

EDUARDO.

                     El que en su pecho

 

De la inocencia el sentimiento abriga

 

No se rinde, hija mía, al desaliento.

 

Vino el azote a sepultarme en vida

 

Y una nueva virtud sentí aquí dentro,

 

Una fuerza que, igual a mis destinos,

 

Bastaba sola a contrastar con ellos.

 

Crecía el mal, y mi valor crecía

 

A par que su violencia. ¡Ah! Si los cielos

 

Quisieron esta lucha formidable,

 

Los cielos de Eduardo están contentos.

VIOLANTE.

De admiración, señor, y de ternura

 

Me hacéis estremecer.

EDUARDO.

    Tal vez en sueños

 

La bella imagen de tu madre amada

 

Y la tuya también con dulce afecto

 

Consolaban mi afán. ¡Oh Dios piadoso!

 

¡Y tras tanta ilusión, tras tanto tiempo,

 

Mi adorada Violante al fin me envías!

 

Abrázame otra vez: este consuelo

 

No nos le robarán.

VIOLANTE.

¡Oh padre mío!

(Óyese ruido como de gente que baja al subterráneo...)

 

¿Qué siento? ¡Qué rumor!.. El riesgo inmenso

 

En que estáis se acrecienta; a devorarnos

 

Se precipita el tigre

EDUARDO.

  No tu esfuerzo

 

Desmaye así, hija mía: nuestra suerte

 

Está en manos de Dios en estos senos,

 

Que tan oscuros son como ignorados,

 

Algún arbitrio a nuestro bien busquemos

 

Y si el hado le niega...

VIOLANTE.

     Sí, muramos;

 

Pero juntos ¡oh padre! moriremos.

(Abraza a EDUARDO, y sosteniéndole, salen de la escena.)




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