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| Escena IV
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ENRIQUE, ASÁN Y GUARDIAS.
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ENRIQUE.
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Ya penetré: las
puertas de este albergue
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Con voces de terror
me rechazaban,
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Y al entrar en su lóbrego recinto,
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Mi ansioso corazón tiembla y se espanta.
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Pero es más fuerte mi rencor: sigamos.
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Asán, él no está aquí. ¿Si nos engaña
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También Ataide ahora? Su vil pecho
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Enflaqueció a la vista, a la amenaza
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Del suplicio, y
sus labios declararon
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Que aquí preso Eduardo respiraba:
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Mas yo no le descubro
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ASÁN.
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Pues
no hay duda;
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Los hierros
aquí ved que le amarraban,
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Ved su lecho de
pajas.
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ENRIQUE.
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¡Ah! Y en ellas
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Sobre él el
sueño tenderá sus alas
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Con más dulzura
que los miembros míos
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Le hallaron
nunca entre las plumas blandas.
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Pero ¿en qué os
detenéis? Sin perder tiempo
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Entrad por esas
bóvedas; que salgan
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Los fugitivos a mi vista al punto;
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¿Me entendéis? Mi poder, mi vida y fama,
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Todo peligra, todo, si Eduardo
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De mi justo furor ahora se salva.
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