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Manuel José Quintana
El duque de Viseo

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EscenaX

OREN, ATAIDE, SOLDADOS - DICHOS.

OREN.

               ¿Dónde

 

Ni quién podrá esconderte a la venganza

 

Que mi encendida cólera fulmina

 

Ya sobre ti, vil asesino?

ENRIQUE.

      Calla,

 

Detente, mira; si a mover te atreves

 

Un paso más la temeraria planta,

 

Mueren los dos.

ATAIDE.

   Señor, ya la violencia

 

Es aquí por demás, pues que su rabia

 

Ha encontrado el camino a defenderse

 

Con el riesgo de vidas tan sagradas.

 

Deteneos... Y vos, a quien mis ojos      (A EDUARDO.)

 

No osan volver sus tímidas miradas,

 

Vos, que años tantos de prisión tan dura

 

Debéis, señor, a mi inclemencia ingrata,

 

Dignaos de que en un trance tan terrible

 

Yo a vuestra salvación la senda os abra

 

Una sola palabra en vuestro nombre

 

Permitidme que , y está embotada

 

La cuchilla cruel con que ese monstruo

 

Vuestra preciosa vida ahora amenaza.

 

¿Puedo darla, señor?

EDUARDO.

   Yo la permito,

 

Pero digna de mí, libre de infamia.

ATAIDE.

Sí lo será: yo en nombre de Eduardo

 

Prometo a Asán su libertad, su patria,

 

Si las preciosas vidas que ahora ofende,

 

Con generoso aliento las ampara.

 

Elija Asán entre quedar tendido

 

En esta triste y desigual batalla

 

Con el verdugo bárbaro a quien sirve,

 

O ir a buscar en su nativa playa

 

La dulce esposa, los amados hijos,

 

Y en sus abrazos recrear su alma.

 

¿Lo escuchaste, africano?

ASÁN.

                 Ya he elegido.

 

¡Salir de esclavitud, ver a mi patria,

 

Mis amores gozar! -Tú eres un blanco,

(A EDUARDO.)

 

¿Puede un negro fiar en tu palabra?

EDUARDO.

A nadie faltó nunca.

ENRIQUE.

   Asán, no escuches

 

Su cobarde promesa: esas ventajas

 

Y aún más te ofrezco yo.

ASÁN.

              Tú siempre has sido

 

Un infame, un traidor; ¿qué confianza

 

Puede en ti haber? Ninguna. Sed pues libres.

(Diciendo esto coge a EDUARDO y VIOLANTE, y les entrega a OREN.)

ENRIQUE

¡Pese a mi horrible suerte!

ASÁN.

                    Ya acabadas

 

Están tu usurpación y tiranía:

 

Húndete en el infierno, que te aguarda,

 

Y deja libre respirar la tierra.

OREN.

(Cogiendo una espada de manos de un soldado, y presentándola a ENRIQUE.)

Y yo ¿a qué espero ya? Toma esa espada;Defiéndete.

 

 

 

 

EDUARDO.

           Aguardad: ingrato Enrique,

 

 

Cuando más fiera tu execrable saña

 

 

Irritaba tu brazo, y tu cuchillo

 

 

Sobre Violante y sobre mí brillaba,

 

 

No quise recordarte mis favores

 

 

Ni abatirme al dolor y a las plegarias;

 

 

Mas ya en aqueste instante en que te veo

 

 

Agonizando entre tu misma rabia,

 

 

Y que con ciega confusión revuelves

 

 

La muerte la prisión las tristes ansias,

 

 

El insufrible afán que en mí cargaste,

 

 

Yo no puedo olvidar que en las entrañas

 

 

Donde recibí el ser, el ser tuviste;

 

 

Yo no puedo olvidar que en nuestra infancia

 

 

Tierno amigo me fuiste, y que conmigo

 

 

Por los senderos del honor entrabas.

 

 

Escucha: tras tus crímenes no hay medio

 

 

De darte la amistad, la confianza

 

 

De un hermano; mas vive: el pecho mío

 

 

Se niega estremecido a tal venganza.

 

OREN.

¡Cómo! ¿Y ofensas tantas sin castigo

 

 

Quedarán?

 

VIOLANTE.

          Sí, que viva, y que su alma,

 

 

Si es capaz de virtudes, en vosotros

 

 

A adorarlas aprenda.

 

ENRIQUE.

 Esto faltaba,

 

 

Este oprobio cruel que me confunde

 

 

Y mi encendido pecho despedaza.

 

 

¿Yo deberte la vida? No, Eduardo,

 

 

No me la des... Si acaso la aceptara,

 

 

Llegara tiempo en que beber tu sangre

 

 

A saciar mi furor aún no bastara.

 

 

¿No te lo dije ya? La tumba sola

 

 

Puede a nuestras discordias ser muralla.

 

 

¡Vida de ti!... ni aún muerte.

 

(Arranca de repente el puñal que tiene Alí, se hiere, y cae en sus brazos.)

 

VIOLANTE.

              ¡Desdichado!

 

 

Su rencorosa condición le acaba.

 

ENRIQUE.

(Con voz desfallecida.) Alí, tú solo aquí no me has vendido;

 

 

Tal vez mi suerte compasión te causa:

 

 

Sácame tú de aquí, llévame adonde

 

 

Sin que le pueda ver rinda yo el alma.

 

(Muere.)

 

 




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