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| Manuel José Quintana El duque de Viseo IntraText CT - Texto |
ENRIQUE, ATAIDE.
ENRIQUE.
Detente, Ataide,
Y escucha a tu señor: es ya preciso
De una vez explicarse y que se acabe
La afanosa inquietud en que ahora vivo.
¿Cuál, dime, es la mudanza que en ti veo?
Tú, de mis penas confidente antiguo,
Tú, que fuiste mi cómplice, me olvidas,
Y me niegas tu amparo en el abismo
Donde hundido me ves. No te recuerdo
La vida y libertad que me has debido,
Los bienes y el favor que largamente
Mi incansable amistad partió contigo;
Mas ¿por qué, dime, mi presencia evitas?
¿Por qué con ceño y ademán esquivo
Te he de hallar siempre? Si de ti pendiera
Derramar el balsámico rocío
De la tranquilidad sobre las penas
Que en este triste corazón abrigo,
¿No fueras tú el primero a consolarme?
No hallara en ti mi agitación su alivio?
ATAIDE.
No lo dudéis, señor; por mí conozco
El peso que tras sí deja el delito.
Sabed que ya no basto a sostenerle,
Y ¡oh cuántas veces la fortuna envidio
De aquellos que al furor de vuestro brazo
Lanzaron tristes el postrer suspiro!
¿Qué no dierais, decid, porque a la vida
Volver pudiese del sepulcro frío
El mísero Eduardo?
ENRIQUE.
Escucha, Ataide,
¿Por qué mentar su nombre a mis oídos?
Mi pecho por mi mal aún no es de bronce;
Y a pesar del horror donde impelido
Fui por mi frenesí, sabe que a veces
Aun de ternura y de dolor suspiro.
Él me amaba en un tiempo, y yo le amaba,
Y era inocente... ¡Oh sin igual delito!
¡Oh Eduardo! ¡Oh Teodora!... Más la ingrata
¿No le prefirió a mí? ¿No dio al olvido,
Por el suyo, mi amor?... ¿Ves la agonía,
Ves el remordimiento y el martirio
Que desde el punto de su infausta suerte
Sin poderlos calmar traigo conmigo?
Pues no son tan funestos a mi pecho
Como la gloria, la fortuna, el brillo
Que siempre coronaban a Eduardo
Para eterno baldón y oprobio mío.
Yazca por siempre en la espantosa tumba
Donde por mi precipitado ha sido,
Y no perturbe su memoria amarga
El dulce instante en que a mi bien camino.
Sí, Ataide; aquel amor irresistible
Que pudo conducirme al parricidio,
Ahora me tiende su amigable mano,
Y me va a libertar del precipicio.
ATAIDE.
¡El amor! Perdonad: yo imaginaba
Que eternamente en vuestro pecho escrito
El nombre de Teodora viviría,
A pesar de los tiempos y el olvido.
Su amor por Eduardo, su himeneo,
A vuestro negro afán dieron principio
Y a los atroces celos que afilaron
Para su muerte el vengador cuchillo.
Murieron; desde entonces vuestros días
De amargura y dolor fueron vestidos,
Y pronunciar el nombre de Teodora
Se os oye siempre en lastimoso grito.
ENRIQUE.
¡Ah! yo adoro a Teodora más que nunca:
¡Olvidarla! jamás; pero el destino
Vida la vuelve a dar, y ella renace
A atormentar de nuevo mis sentidos.
¿Respirar no la miras en Matilde?
La misma gentileza, el mismo brío;
Suyas son sus bellísimas facciones,
Suyo en los ojos el ardor divino.
ATAIDE.
Mas ¿qué vana ilusión os arrebata?
Volved en vos, señor; ese prestigio
Dilatará vuestra profunda herida,
En vez de darla, cual pensáis, alivio.
Otras sendas buscad, que distraeros
Podrán; volved al bélico ejercicio,
Que en el ardor de vuestra edad primera
Toda su gloria y sus delicias hizo.
La guerra con Castilla se prepara;
El Rey gustoso os llevará consigo,
Y Marte ahuyentará vuestros pesares
Mejor que un amoroso desvarío.
¿El nombre del amor no os amedrenta?
¿No llega a estremeceros el peligro
De dar los labios a la copa en donde
Sólo hiel y dolor habéis bebido?
Sacudid la ilusión que va a perderos.
ENRIQUE.
No es ilusión, Ataide: por mí mismo
Muerte me viste dar a la que amaba;
Y agitado sin fin y consumido
En imposible abrasador deseo,
¿Qué tormento jamás se igualó al mío?
Desde el momento aquel beldad ninguna
Mis ojos aduló con su atractivo,
Ni voz ninguna en agradables ecos
Resonó dulcemente en mis oídos.
La rabia sola de mi inútil crimen
Halló en mi pecho su funesto abrigo
Hasta que vi a Matilde. ¡Oh! ¡cómo al verla
Mi corazón pasmado, estremecido,
Sintió delante a la infeliz Teodora
Y embravecerse su tormento antiguo!
Mientras más la contemplo, más la adoro;
No ya tras una sombra, un bien perdido,
Se exhalarán mis áridos deseos:
Cese ya aqueste afán, este delirio;
Amor va a coronarme, y venturoso
A Teodora en Matilde al fin consigo.
ATAIDE.
¿No veis que os engañáis? Nadie el sosiego
En la violencia halló ni en el delito;
Ella no os puede amar
ENRIQUE.
¿No puede amarme?
¿Y por qué?