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| Manuel José Quintana El duque de Viseo IntraText CT - Texto |
ENRIQUE, sostenido por ATAIDE. - Dichos.
ENRIQUE.
Ellos me aquejan;
¿No los veis? ¡Qué rigor! Yo a defenderme
No basto ya.
ALÍ.
¿Qué es esto? ¡cómo tiembla!
¡Cuál los ojos revuelve y se estremece!
ATAIDE.
Hablad, señor, hablad.
ENRIQUE.
¿Qué voz es esta?
¡Ataide! ¡Asán! ¡Alí! ¿Con que no ha sido,
Más que una sombra en mi engañada idea,
Un sueño? ¿Mis oídos no escucharon
Las pavorosas voces que aún resuenan
Acá en mi mente? Ataide, el más terrible
Suplicio un lecho de deleites fuera
Comparado al dolor que yo he sufrido.
ASÁN.
Pero volved en vos, y la funesta
Causa a tanta agitación patente
A vuestros fieles servidores sea.
ENRIQUE.
Escuchad pues, ministros de mis crímenes,
Escuchad y temblad. Era la hora
En que mis tristes miembros fatigados
Del sueño hallaban la quietud sabrosa;
Entonces por las bóvedas vagando
Estar me pareció, donde reposan
De mis muertos abuelos las cenizas
Bajo el mármol de honor que las custodia.
Sus fúnebres emblemas me asustaban;
Cuando a lo lejos entre aquellas sombras
Diviso una mujer que en dulce risa
Grata me llama y mi atención provoca.
Pienso ver a Matilde en la que veo,
Y al mismo instante con ardor se arrojan
Mis presurosos pasos a alcanzarla,
A estrecharla mis manos venturosas;
Pero en el punto de abrazarla ¡oh cielos!
Su florida beldad se descolora,
Y de una herida que su pecho afea
En copioso raudal la sangre brota.
Miróla entonces más atento, y era...
¡Teodora, Ataide!
ATAIDE.
¡Oh Dios!
ENRIQUE.
Era Teodora,
Con aquel ademán, aquel semblante
Que, fijos hondamente en mi memoria,
Su fin desventurado me presentan,
Y destrozan mi pecho a todas horas.
«Al fin volvemos para siempre a unirnos
(Con eco sepulcral dijo su boca);
Para siempre... Mis brazos cariñosos
Van a galardonar tu amor ahora;
Mas contempla primero lo que hiciste,
Y cuál me puso tu fiereza loca.»
Sus ojos de sus órbitas saltaron,
Todos sus miembros, sus facciones todas
Se deshacen de pronto, y en la imagen
De un esqueleto fétido se torna.
ATAIDE, ALÍ.
¡Horror! Horror!
ENRIQUE.
Entre sus brazos secos
Ella me aprieta y con furor me ahoga,
Me infesta con su aliento, y me atormenta
Con su halago y caricias espantosas.
«No más, ¡ay Dios! no más», ante sus plantas
Digo cayendo exánime; «perdona,
Espíritu cruel. ¿Cómo es posible
Que tal rencor los túmulos escondan?»
Huye entonces la sombra, y cuando pienso
Libre mirarme, retumbar las losas
Y desquiciarse los sepulcros siento,
Y en fuego hervir sus cavidades hondas;
Y de la llama al resplandor sombrío
Sus frentes los cadáveres asoman,
Gritando: «¡Fratricida! Entre nosotros
Baja, y el premio de tus premios goza.»
La fuerza del horror sacudió el sueño;
Pero ¡ay! que mis martirios, mis congojas,
Ni entenderlas jamás podréis vosotros,
Ni explicarlas jamás podrá mi boca.
ATAIDE.
Señor, aqueste sueño misterioso
No es una vana sombra, es un aviso
Que los cielos os dan, y que os convida
A que pongáis un término al delito.
Dejad ese sendero peligroso
Que hasta aquí habéis hollado; arrepentíos,
Y tal vez la virtud...
ENRIQUE.
¡Ah! Es imposible:
¡La virtud! Mi execrable fratricidio,
El rencor y la envidia la arrojaron
Para siempre jamás del pecho mío.
¿Quieres verme feliz? Pues al instante
De la mísera sangre que he vertido,
Y que aún hierve reciente en mi tormento,
Ataja los raudales vengativos;
Abre las puertas al sepulcro, y osa
Sus leyes suspender a los destinos,
Y aquellos dos objetos miserables
De mi inicuo furor vuélveme vivos.
Entonces, quizá entonces, mis excesos
Encontrarán perdón, y condolidos
Los cielos de mi afán, disiparían
Este negro terror en que agonizo.
ATAIDE. (Ap.)
¡Dios! ¿Será este el momento afortunado?...
Esclavos, retiraos de aqueste sitio:
Yo quedo a obedecerle.