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| Manuel José Quintana El duque de Viseo IntraText CT - Texto |
EDUARDO, VIOLANTE, ALÍ.
VIOLANTE.
¿Es aquesta
Caverna de terror el duro encierro
En que el tirano sepultarme manda?
ALÍ.
Ella es, señora.
VIOLANTE.
¡Inexorables cielos!
Diéraisme ver a mi angustiado padre
Antes de despedir mi último aliento;
Diéraisme el estrecharle entre mis brazos,
Y bañando en mis lágrimas su seno,
Exclamar y decirle: «¡Oh padre mío!
Reconoce a tu hija en el acerbo
Destino que la sigue.»
EDUARDO.
¡Desdichada!
Llama a su padre. ¿Si afligido y preso
Tal vez, como yo estoy, se verá ahora?
ALÍ.
(Ap. ¡Quién dar pudiera a su aflicción consuelo!)
Señora, perdonad al un siervo humilde,
Que, forzado a seguir el duro imperio
De su airado señor, apenas puede
Allá en su corazón compadeceros.
Lejos de mí la bárbara fiereza
Que otro pusiera en tan fatal empleo;
Mas aún mirar la agitación terrible,
Aún escuchar los temerosos ecos
Del Duque me parece, y la sentencia
Que pronunció su labio al conoceros.
Os cegasteis, dijisteis vuestro nombre,
Declarasteis quién erais, y a despecho
Del amor que domina en sus entrañas,
De sólo su furor oyó el acento.
Pero ¿porqué ultrajarle y obstinaros?
Una sola palabra a su amor ciego
Que dieseis de esperanza apaga el rayo
Que sobre vuestra frente está suspenso.
Ceded.
VIOLANTE.
¡Esclavo vil! Cese tu lengua;
Anda, guarda esos pérfidos consejos
Para tus semejantes infelices.
Cumple con tu execrable ministerio,
Y del dolor de verte y de escucharte
Libértame al instante.
ALÍ.
Yo no debo
Detenerme ya más; su desventura
Caiga sobre ella. Adiós, señora. (Vase.)