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Manuel José Quintana
Pelayo

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Escena II

HORMESINDA. - DICHOS.

HORMESINDA.

(En el fondo del teatro.)¿Qué le diré, infeliz? A andar no acierto,

 

Y mis rodillas trémulas se niegan

 

A sostenerme.

VEREMUNDO.

            Acércate.

HORMESINDA.

           No puedo,

 

Señor; que el corazón a vuestros ojos

 

Siente aumentar su tímido recelo.

VEREMUNDO.

¿Dudas ya de mi amor, cara Hormesinda?

HORMESINDA.

(Adelantándose.)¿Dudar yo? No, señor, en ningún tiempo

 

A vos mi infancia encomendó mi hermano,

 

Cuando, acudiendo de la patria al riesgo,

 

Voló precipitado al mediodía

 

A probar en los árabes su acero.

 

Huérfana y sola, planta abandonada

 

En temporal tan largo y tan deshecho,

 

Sola la protección de vuestro asilo

 

Pudo abrigarme del rigor del viento.

 

En vos hallé mi padre, en vos mi hermano

 

¡Que no pueda mi amor satisfaceros

 

Tanta solicitud, tantos afanes!

 

Pero impotente el corazón a hacerlo,

 

Su inmensa deuda agradecido aclama,

 

Y para el pago la remite al cielo.

 

Él, señor, él os recompense; en tanto...

 

(Perdonad el rubor, el triste miedo

 

Que me acobarda), en tanto vuestros brazos

 

Dad a una desdichada que al momento

 

Ya a dejar este asilo de inocencia,

 

Donde sus años débiles crecieron;

 

Y sobre ella implorad una ventura

 

Que su dudoso y angustiado pecho

 

No se atreve a esperar.

VEREMUNDO.

   ¡Ah! si bastasen

 

Mis ruegos a alcanzarla, ni otro premio

 

Ni otra fortuna al cielo pediría

 

Este infeliz y lastimado viejo.

(Asiéndola de la mano afectuosamente.)

 

Pero, hija mía...

HORMESINDA.

         ¡Ay! no; que las palabras

 

Salgan de vuestra boca en son tremendo

 

Llamadme ingrata, pérfida; llamadme

 

Infiel a la virtud, sorda al consejo.

 

¿Qué me podréis decir que yo a mí misma

 

Con dureza mayor no esté diciendo?

 

Sabed que aqueste cáliz de dulzura,

 

Tras el que anhela el corazón sediento,

 

A fuerza de amarguras y martirios

 

Está ya en mi interior vuelto en veneno.

 

Sabed...

ALFONSO.

      Si eso es así, ¿por qué un instante

 

No levantáis, señora, el pensamiento

 

A ser quien sois? La religión sagrada

 

De la virtud os mostrará el sendero,

 

Y la sangre que anima vuestras venas

 

Para marchar por él os dará aliento.

 

Mostraos hermana de Pelayo, y antes

 

De ver que sois escándalo a los vuestros,

 

Ludibrio de los bárbaros infieles,

 

Esposa de un tirano...

HORMESINDA.

  Deteneos;

 

Que si temí las quejas del cariño,

 

A la voz del insulto me rebelo.

 

¿Por qué, si soy escándalo a los míos,

 

Si tan injustos me condenan ellos,

 

Por qué a la seducción, a los halagos

 

Del moro vencedor no me escondieron?

 

Cuando el furor y la venganza ardían,

 

Cuando ya el hambre y el violento fuego

 

Prestos a devorar nos amagaban,

 

Era justo, era honroso en aquel tiempo

 

Que yo a los pies del árabe irritado

 

Fuese a ablandar su corazón de acero.

 

Fui: mis plegarias el camino hallaron

 

De la piedad en su terrible pecho;

 

Y libre del azote que temblaba

 

Este pueblo, su frente alzó contento.

 

Todos entonces, sí, me bendecían,

 

Todos; y en tanto que, al enorme peso

 

De sus cadenas agoviada España,

 

Mira asolados sin piedad sus templos,

 

Hollados con furor sus moradores,

 

Violadas sus mujeres, en el seno

 

De la paz más feliz Gijón descansa.

 

¡Tirano le llamáis, y él en sosiego

 

Nos deja respirar, cuando podría

 

Con sola una mirada estremecernos!

 

¡Es un tirano, y amoroso aspira

 

A llamarse mi esposo! ¡Ah! no lo niego,

 

Inexorables godos: a su halago,

 

A su tierna afición, a su respeto

 

Mi corazón rendí; vuestra es la culpa,

 

Y el fruto, hombres ingratos, también vuestro.




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