Escena V
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VEREMUNDO, LEANDRO, y después PELAYO.
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LEANDRO.
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Amigo, entremos;
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Nadie nos
sigue, la fortuna misma
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Nos ha guiado hasta el solar paterno.
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VEREMUNDO.
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¡Qué voz es la
que escucho! Mis sentidos
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Me engañan...
Mas no hay duda, ellos son, ellos.
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¡Oh providencia eterna, yo te
adoro!
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¡Hijo! (Corre a abrazarlos.)
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LEANDRO.
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¡Padre!
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PELAYO.
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¡Señor!
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VEREMUNDO.
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¡Pelayo! ¿Es cierto,
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Es cierto que
vivís? ¡Ah! que aún se niega
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A tal ventura incrédulo mi afecto,
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Y abrazándoos estoy. ¿Cómo os salvasteis?
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Decid, ¿cómo vencisteis tantos riesgos
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Que la desgracia y el rencor del moro
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Amontonaron ya para perderos?
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El silencio, el olvido en que os hundisteis
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Eran señal de vuestro fin sangriento
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Para toda la España, que afligida
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Cifró en vosotros su postrer consuelo.
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PELAYO.
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¡Ah! si bastantes a salvarla
fuesen
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La constancia, el ardor, el noble celo,
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Firme aún se viera, Veremundo, y dando
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Envidia con su gloria al
universo.
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Nuestras fatigas,
el valor ilustre
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De los que el
nombre godo sostuvieron,
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Hacer pedazos el infausto yugo
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Pudieran ya que la sujeta el cuello;
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Más vano ha sido nuestro afán, y en vano
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Por el nombre
de Dios lidiado habemos;
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Él retiró su omnipotente escudo,
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Y coronar no quiso nuestro
aliento.
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Vednos pues en
los términos de España,
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Prófugos, solos, deplorable resto
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De los pocos
valientes que mostraron
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A toda prueba el generoso pecho.
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La guerra en su furor devoró a todos;
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No los vi perecer. ¡Oh compañeros,
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Que en el seno
de Dios ya descansando
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De vuestro alto valor gozáis el premio:
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Mis votos recibid y mi esperanza;
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Vengue yo vuestra muerte, y muera luego.
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VEREMUNDO.
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¡Admirable constancia! Más, Pelayo,
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¿De qué nos sirve contrastar al cielo?
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Cuando a nuestros intentos la fortuna
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Les niega su
laurel en el suceso,
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Ceder es
fuerza, inútil es el brío.
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Pernicioso el tesón. Si estando entero
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Contra el fiero rigor de esta avenida
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No pudo sostenerse nuestro
imperio,
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¿Te sostendrás tú sólo? ¿A quién consagras
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Tan heroico valor, tanto denuedo?
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¡No hay ya España, no hay patria!
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PELAYO.
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¡No hay ya patria!
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¿Y vos me lo decís?... Sin duda
el hielo
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De vuestra anciana edad, que ya os abate,
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Inspira esos humildes sentimientos
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Y os hace
hablar cual los cobardes hablan.
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¡No hay patria!... Para aquellos
que el sosiego
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Compran con servidumbre y con oprobios,
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Para los que en
su infame abatimiento
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Más vilmente a los árabes la venden
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Que los que en
Guadalete se rindieron.
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¡No hay patria, Veremundo! ¿Yo la lleva
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Todo buen español dentro en su pecho?
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Ella en el mío sin cesar respira:
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La augusta
religión de mis abuelos,
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Sus costumbres,
su hablar, sus santas leyes
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Tienen aquí un altar
que en ningún tiempo
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Profanado será.
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VEREMUNDO.
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Tu celo ardiente
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Te hace
ilusión. Pelayo: ¿en quién tu esfuerzo
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Puede ya confiar? Quien pierde a
España
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No es el valor del moro; es el exceso
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De la degradación:
los fuertes yacen,
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Un profundo temor hiela a los buenos,
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Los traidores,
los débiles se venden,
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Y alzan sólo su frente los perversos.
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PELAYO.
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Y porque estén
envilecidos todos,
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¿Todos viles serán? yo no lo creo
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Mil hay, sí, Veremundo, mil que esperan
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A que dé alguno el generoso ejemplo,
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Y el estandarte patrio levantando,
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Despierte a
todos de tan torpe sueño.
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Yo vengo a levantarle: aquestos montes
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Serán mis
baluartes, a su centro
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Volarán los
valientes, y el Estado
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Quizá recobre su vigor primero.
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Entremos pues; que mi Hormesinda abra
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A su hermano, señor, y que
tendiendo
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La noche el manto lóbrego, a seguirme
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Se prepare.
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VEREMUNDO.
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¡Buen Dios! llegó
el momento
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Desgraciado y terrible.
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PELAYO.
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¿Desgraciado
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El instante feliz que ansió mi anhelo
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De abrazar a mi hermana?
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VEREMUNDO.
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¡Ay triste! calla:
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Ese nombre en tu boca es un veneno.
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PELAYO.
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¿Por qué,
decid, por qué? ¿Vive?
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VEREMUNDO.
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Sí, vive;
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Pero su muerte te afligiera
menos.
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PELAYO.
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¡Qué misterio! acabad: ¿infiel?
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VEREMUNDO.
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Tu hermana
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Atajó los
estragos de este pueblo...
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PELAYO.
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Seguid.
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VEREMUNDO.
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Tu
hermana a los feroces ojos
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Del bárbaro halló gracia... Ella
es consuelo
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De todos los
cristianos que la imploran...
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Ella hace nuestros grillos más
ligeros...
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Nada resiste al vencedor... Munuza,
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Rendido, enamorado, al himeneo
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De Hormesinda
aspiró... Y ella, vencida...
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PELAYO.
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Por
piedad no acabéis ¿Estos los premios
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Son que a tanto afanar, tantos servicios
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El cielo reservaba? ¡El vilipendio,
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La mengua, las afrentas! ¡Oh Leandro!
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¿Por qué al rigor del musulmán acero
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A par de tantos
héroes no caímos
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Allá en los
campos de Jerez sangrientos?
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LEANDRO.
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Repórtate, Pelayo; a este
infortunio
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Opón tu alta constancia, opón tu esfuerzo.
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En ti la patria su esperanza fía;
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No desmayes: aleja el pensamiento
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De esa flaca mujer; para ti es
muerta.
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PELAYO.
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¡Muerta! ¡Pluguiera a Dios! ¿Por qué sabiendo
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(A VEREMUNDO.)
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Tal abominación, al mismo instante
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Un agudo puñal no abrió su pecho?
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Ella con su inocencia moriría,
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Yo no viviera con borrón tan feo.
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VEREMUNDO.
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A apoyar su virtud ya vacilante
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Siempre acudió mi paternal consejo;
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La violencia jamás.
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PELAYO.
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¡Costumbre impía!
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¡Tiránica opinión! ¡Injusto fuero!
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¡Las mujeres
sucumben, y en nosotros
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Carga el torpe
baldón de sus excesos!
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¿Ella esposa de un moro?... Mas
decidme,
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¿Desde cuándo un enlace tan funesto
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Se ha estrechado?
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VEREMUNDO.
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Ahora
mismo, en este instante
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Se celebra quizá.
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PELAYO.
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Pues
aun es tiempo:
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Volemos a la pérfida; mi vista
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La llenará de horror;
este himeneo
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No se hará, no; si por desgracia
es tarde,
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La ahogará en mi presencia el
sentimiento.
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(Vase precipitadamente.)
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VEREMUNDO.
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Él en su ardiente frenesí se ciega:
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Sigámosle, Leandro, y a lo menos,
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Si regir su furor no conseguimos,
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Con él cuando perezca moriremos.
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