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Manuel José Quintana
Pelayo

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EscenaV

VEREMUNDO, LEANDRO, y después PELAYO.

LEANDRO.

       Amigo, entremos;

 

Nadie nos sigue, la fortuna misma

 

Nos ha guiado hasta el solar paterno.

VEREMUNDO.

¡Qué voz es la que escucho! Mis sentidos

 

Me engañan... Mas no hay duda, ellos son, ellos.

 

¡Oh providencia eterna, yo te adoro!

 

¡Hijo!      (Corre a abrazarlos.)

LEANDRO.

   ¡Padre!

PELAYO.

       ¡Señor!

VEREMUNDO.

     ¡Pelayo! ¿Es cierto,

 

Es cierto que vivís? ¡Ah! que aún se niega

 

A tal ventura incrédulo mi afecto,

 

Y abrazándoos estoy. ¿Cómo os salvasteis?

 

Decid, ¿cómo vencisteis tantos riesgos

 

Que la desgracia y el rencor del moro

 

Amontonaron ya para perderos?

 

El silencio, el olvido en que os hundisteis

 

Eran señal de vuestro fin sangriento

 

Para toda la España, que afligida

 

Cifró en vosotros su postrer consuelo.

PELAYO.

¡Ah! si bastantes a salvarla fuesen

 

La constancia, el ardor, el noble celo,

 

Firme aún se viera, Veremundo, y dando

 

Envidia con su gloria al universo.

 

Nuestras fatigas, el valor ilustre

 

De los que el nombre godo sostuvieron,

 

Hacer pedazos el infausto yugo

 

Pudieran ya que la sujeta el cuello;

 

Más vano ha sido nuestro afán, y en vano

 

Por el nombre de Dios lidiado habemos;

 

Él retiró su omnipotente escudo,

 

Y coronar no quiso nuestro aliento.

 

Vednos pues en los términos de España,

 

Prófugos, solos, deplorable resto

 

De los pocos valientes que mostraron

 

A toda prueba el generoso pecho.

 

La guerra en su furor devoró a todos;

 

No los vi perecer. ¡Oh compañeros,

 

Que en el seno de Dios ya descansando

 

De vuestro alto valor gozáis el premio:

 

Mis votos recibid y mi esperanza;

 

Vengue yo vuestra muerte, y muera luego.

VEREMUNDO.

¡Admirable constancia! Más, Pelayo,

 

¿De qué nos sirve contrastar al cielo?

 

Cuando a nuestros intentos la fortuna

 

Les niega su laurel en el suceso,

 

Ceder es fuerza, inútil es el brío.

 

Pernicioso el tesón. Si estando entero

 

Contra el fiero rigor de esta avenida

 

No pudo sostenerse nuestro imperio,

 

¿Te sostendrássólo? ¿A quién consagras

 

Tan heroico valor, tanto denuedo?

 

¡No hay ya España, no hay patria!

PELAYO.

     ¡No hay ya patria!

 

¿Y vos me lo decís?... Sin duda el hielo

 

De vuestra anciana edad, que ya os abate,

 

Inspira esos humildes sentimientos

 

Y os hace hablar cual los cobardes hablan.

 

¡No hay patria!... Para aquellos que el sosiego

 

Compran con servidumbre y con oprobios,

 

Para los que en su infame abatimiento

 

Más vilmente a los árabes la venden

 

Que los que en Guadalete se rindieron.

 

¡No hay patria, Veremundo! ¿Yo la lleva

 

Todo buen español dentro en su pecho?

 

Ella en el mío sin cesar respira:

 

La augusta religión de mis abuelos,

 

Sus costumbres, su hablar, sus santas leyes

 

Tienen aquí un altar que en ningún tiempo

 

Profanado será.

VEREMUNDO.

         Tu celo ardiente

 

Te hace ilusión. Pelayo: ¿en quién tu esfuerzo

 

Puede ya confiar? Quien pierde a España

 

No es el valor del moro; es el exceso

 

De la degradación: los fuertes yacen,

 

Un profundo temor hiela a los buenos,

 

Los traidores, los débiles se venden,

 

Y alzan sólo su frente los perversos.

PELAYO.

Y porque estén envilecidos todos,

 

¿Todos viles serán? yo no lo creo

 

Mil hay, sí, Veremundo, mil que esperan

 

A que alguno el generoso ejemplo,

 

Y el estandarte patrio levantando,

 

Despierte a todos de tan torpe sueño.

 

Yo vengo a levantarle: aquestos montes

 

Serán mis baluartes, a su centro

 

Volarán los valientes, y el Estado

 

Quizá recobre su vigor primero.

 

Entremos pues; que mi Hormesinda abra

 

A su hermano, señor, y que tendiendo

 

La noche el manto lóbrego, a seguirme

 

Se prepare.

VEREMUNDO.

   ¡Buen Dios! llegó el momento

 

Desgraciado y terrible.

PELAYO.

   ¿Desgraciado

 

El instante feliz que ansió mi anhelo

 

De abrazar a mi hermana?

VEREMUNDO.

¡Ay triste! calla:

 

Ese nombre en tu boca es un veneno.

PELAYO.

¿Por qué, decid, por qué? ¿Vive?

VEREMUNDO.

Sí, vive;

 

Pero su muerte te afligiera menos.

PELAYO.

¡Qué misterio! acabad: ¿infiel?

VEREMUNDO.

   Tu hermana

 

Atajó los estragos de este pueblo...

PELAYO.

Seguid.

VEREMUNDO.

         Tu hermana a los feroces ojos

 

Del bárbaro halló gracia... Ella es consuelo

 

De todos los cristianos que la imploran...

 

Ella hace nuestros grillos más ligeros...

 

Nada resiste al vencedor... Munuza,

 

Rendido, enamorado, al himeneo

 

De Hormesinda aspiró... Y ella, vencida...

PELAYO.

Por piedad no acabéis ¿Estos los premios

 

Son que a tanto afanar, tantos servicios

 

El cielo reservaba? ¡El vilipendio,

 

La mengua, las afrentas! ¡Oh Leandro!

 

¿Por qué al rigor del musulmán acero

 

A par de tantos héroes no caímos

 

Allá en los campos de Jerez sangrientos?

LEANDRO.

Repórtate, Pelayo; a este infortunio

 

Opón tu alta constancia, opón tu esfuerzo.

 

En ti la patria su esperanza fía;

 

No desmayes: aleja el pensamiento

 

De esa flaca mujer; para ti es muerta.

PELAYO.

¡Muerta! ¡Pluguiera a Dios! ¿Por qué sabiendo

(A VEREMUNDO.)

 

Tal abominación, al mismo instante

 

Un agudo puñal no abrió su pecho?

 

Ella con su inocencia moriría,

 

Yo no viviera con borrón tan feo.

VEREMUNDO.

A apoyar su virtud ya vacilante

 

Siempre acudió mi paternal consejo;

 

La violencia jamás.

PELAYO.

¡Costumbre impía!

 

¡Tiránica opinión! ¡Injusto fuero!

 

¡Las mujeres sucumben, y en nosotros

 

Carga el torpe baldón de sus excesos!

 

¿Ella esposa de un moro?... Mas decidme,

 

¿Desde cuándo un enlace tan funesto

 

Se ha estrechado?

VEREMUNDO.

        Ahora mismo, en este instante

 

Se celebra quizá.

PELAYO.

            Pues aun es tiempo:

 

Volemos a la pérfida; mi vista

 

La llenará de horror; este himeneo

 

No se hará, no; si por desgracia es tarde,

 

La ahogará en mi presencia el sentimiento.

(Vase precipitadamente.)

VEREMUNDO.

Él en su ardiente frenesí se ciega:

 

Sigámosle, Leandro, y a lo menos,

 

Si regir su furor no conseguimos,

 

Con él cuando perezca moriremos.




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