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Manuel José Quintana
Pelayo

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EscenaVI

HORMESINDA. - DICHOS

HORMESINDA.

   ¡Padre mío!

 

Con que ¿aun no me olvidáis? -Pero ¿que mirar

(Viendo a PELAYO.)

 

Mis ojos?... ¡Ay! Él es: ¡valedme, cielos!

VEREMUNDO.

¿La ves a tu presencia confundida?

 

Calle la indignación; hable, hijo mío,

 

La sangre solamente.

HORMESINDA.

 Ya a tu vista

 

Tienes a esta infeliz, esta culpable,

 

A quien Dios en su cólera dio vida;

 

A quien antes de verse en tal momento

 

La negra muerte aniquilar debía.

 

No imploro tu piedad, no la merezco,

 

Ni cabe en el honor que en ti respira;

 

Pero permite que tu hermana ahora

 

Con lágrimas rescate de alegría

 

Las lágrimas que un tiempo dio a tu muerte

 

En luto acerbo y en dolor vertidas;

 

Sufre que al gozo me abandone.

PELAYO.

   Aparta.

 

¿Mi hermana tú? Jamás. Quien aquí habita,

 

Quien se complace en la estación odiosa

 

De la superstición y tiranía

 

No puede ser mi sangre. En otro tiempo

 

Tuve una hermana yo que era delicia

 

De Pelayo y de España; virtuosa,

 

Inocente y leal, siempre fue digna

 

De todo mi cariño y mis cuidados,

 

Que con mi patria la infeliz partía.

 

El cielo, encarnizado en perseguirme,

 

Me la robó; la que mis ojos miran

 

Es una infame apóstata que ahora

 

Mi vista indignamente escandaliza.

 

Ella insulta a los males de la patria,

 

Ella desprecia las desgracias mías,

 

Ella, en fin, me aborrece.

HORMESINDA.

¿Y qué? ¿No basta

 

Ya mi pasión para encender tus iras,

 

Sin que también destierres de mi seno

 

A la naturaleza, que en él grita

 

Con más fuerza que nunca?

PELAYO.

  ¿Y no gritaba

 

Cuando la vil pasión que te perdía

 

Te atreviste a escuchar, y te entregaste

 

Al árabe feroz que te esclaviza?

 

¿No pensabas en mí? No contemplabas

 

Que era clavar en las entrañas mías

 

Un acero mortal, y atar la patria

 

Al yugo atroz del musulmán tú misma?

HORMESINDA.

¿Qué peso puede hacer en la balanza,

 

Que los reinos del mundo alza o inclina,

 

De una flaca mujer la resistencia?

 

Pelayo ¡ah! ¡Cuánta compasión tendrías

 

De esta desventurada, en quien ahora

 

Tu enojo todo sin piedad fulminas,

 

Si vieras mi amargura y mis combates!

 

Yo pudiera decirte...

PELAYO.

    ¿Y qué dirías?

HORMESINDA.

Que este amor a la patria que te enciende

 

Es la sola ocasión de mi desdicha.

 

Yo inocente viví, nunca en mi pecho

 

La llama del amor se vio encendida:

 

En todas tus fatigas y peligros

 

Mi llanto y mi memoria te seguían;

 

Cayó España, Pelayo, y ya aguardaba

 

A verme sepultada en sus cenizas,

 

A que me arrebatase en su violencia

 

El torrente feroz de la conquista,

 

Cuando Gijón amenazada... El cielo...

 

Perdona... El ciclo mismo mi caída

 

Consiente... España opresa, los cristianos

 

Mi favor implorando, y cada día

 

De ese moro tan bárbaro a tus ojos

 

La generosidad siempre más viva.

 

Los ejemplos, tu muerte... ¡Oh cuántas veces

 

Dije: «Pelayo, a defender camina

 

Tu amada hermana de tan fiera lucha»!

 

Y Pelayo implorado no venía;

 

Y la triste Hormesinda, abandonada

 

Del cielo y de la tierra...

PELAYO.

          ¿Y qué? ¿Por dicha,

 

Aunque tu hermano perecido hubiese,

 

La gloria de su nombre no vivía?

 

¿No reflejaba en ti?¿Tú no debiste

 

Defenderla, guardarla sin mancilla,

 

Y antes morir que recibir los dones

 

Con que el moro doró nuestra ignominia?

 

Yo vi, yo vi la patria desplomarse

 

Del Guadalete en la funesta orilla,

 

Y sin perder aliento, a sostenerla

 

El hombro puse y la constancia mía.

 

Tres años siempre combatiendo, España

 

De mi sangre y sudor toda teñida,

 

El rencor de los árabes, al mundo

 

Mi celo y mi fervor publicarían.

 

Todo es ya por demás. ¿Qué soy ahora?

 

Un vil aliado de la gente impía

 

Que oprime mi país. ¡Desventurada!

 

Los ojos vuelve en derredor y mira;

 

No bailarás sino mártires: los unos

 

Pereciendo al rigor de las cuchillas

 

Del atroz sarraceno en las batallas,

 

Los otros en las cárceles agitan

 

Su pesada cadena, otros, desnudos,

 

Opresos, de hambre y de miseria espiran.

 

Todos te enseñan a sufrir: ¿qué importa

 

Que otras mujeres débiles o indignas

 

Se hayan rendido al musulmán halago?

 

En medio del contagio debería

 

Mantenerse Hormesinda ilesa y pura,

 

Como a su hermano el universo mira,

 

Cuando el Estado se desquicia y cae,

 

Impertérrito y firme entre sus ruinas.

HORMESINDA.

Pues bien: tú ves mi error y le detestas;

 

Yo también le detesto, y a mí misma.

 

He aquí mi seno: hiere, y en un punto

 

Acaba con tu afrenta y con mi vida.

PELAYO.

¿Tienes valor?¿Eres mi sangre? Aún tiempo

 

Es de enmendar tu ofensa: esas vecinas

 

Montañas van a ser el fuerte asilo

 

De los cristianos que a vivir aspiran

 

Libres de la opresión. Deja ese moro

 

Que con su infame seducción fascina

 

Tu corazón, y atrévete a seguirme

 

Adonde lejos del oprobio vivas.

 

¿No respondes?

HORMESINDA.

     Pelayo, es doloroso

 

Sin duda aqueste lazo que abominas;

 

Mas ya la suerte le estrechó, y...

PELAYO.

   Acaba

HORMESINDA.

El deber no consiente que te siga.

PELAYO.

¿El deber? ¡el amor!

HORMESINDA.

          Yo llamo al cielo

 

En testimonio...

PELAYO.

      Calla, y no su ira

 

Despiertes contra ti.

HORMESINDA.

         Si, yo le llamo;

 

Él ve mi corazón y tu injusticia.

PELAYO.

Él ve triunfar tu abominable llama

 

De tu sangre y su ley. Pues qué, ¿no miras

 

Que no es tuyo su dios?

HORMESINDA.

Yo ofrecí al mío

 

Vivir siempre con él

PELAYO.

   ¡Promesa impía!

HORMESINDA.

Yo la dije, él la oyó, mi pecho nunca

 

La negará.

PELAYO.

           ¡Qué horror!

VEREMUNDO.

   Tu ardor mitiga,

 

Y acuérdate que la infeliz España

 

De ti su bien y su esperanza fía.

 

Huyamos de la vista del tirano.

PELAYO.

Adiós, mujer sacrílega; acaricia

 

Al insolente moro a quien adoras,

 

Conságrale tu abominable vida;

 

Será por poco. Escucha: los valientes

 

Se van a levantar; la tiranía

 

Contrastada va a ser, y si vencemos,

 

Fuerza será que al ver a la justicia

 

Alzar su brazo inexorable tiemble

 

La prevaricación. Tú de ti misma

 

Quéjate entonces si el horrendo crimen

 

En el estrago universal expías.

(Vase con VEREMUNDO.)

HORMESINDA.

¡Bárbaro! Mi suplicio está aquí dentro;

 

No es posible mayor para Hormesinda.




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