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HORMESINDA. -
DICHOS
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HORMESINDA.
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¡Padre mío!
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Con que ¿aun no me olvidáis? -Pero ¿que mirar
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(Viendo a PELAYO.)
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Mis ojos?...
¡Ay! Él es: ¡valedme, cielos!
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VEREMUNDO.
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¿La ves a tu presencia confundida?
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Calle la indignación; hable, hijo mío,
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La sangre solamente.
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HORMESINDA.
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Ya a tu vista
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Tienes a esta infeliz, esta culpable,
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A quien Dios en su cólera dio vida;
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A quien antes de
verse en tal momento
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La negra muerte aniquilar debía.
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No imploro tu piedad, no la merezco,
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Ni cabe en el
honor que en ti respira;
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Pero permite que tu hermana ahora
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Con lágrimas rescate de alegría
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Las lágrimas que un tiempo dio a tu muerte
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En luto acerbo
y en dolor vertidas;
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Sufre que al gozo me abandone.
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PELAYO.
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Aparta.
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¿Mi hermana tú? Jamás. Quien aquí habita,
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Quien se
complace en la estación odiosa
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De la superstición
y tiranía
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No puede ser mi sangre. En otro tiempo
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Tuve una hermana yo que era delicia
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De Pelayo y de
España; virtuosa,
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Inocente y leal, siempre fue digna
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De todo mi cariño y mis cuidados,
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Que con mi patria la infeliz partía.
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El cielo, encarnizado en perseguirme,
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Me la robó; la
que mis ojos miran
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Es una infame apóstata que ahora
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Mi vista indignamente escandaliza.
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Ella insulta a los males de la patria,
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Ella desprecia las desgracias mías,
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Ella, en fin, me aborrece.
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HORMESINDA.
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¿Y qué? ¿No basta
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Ya mi pasión para encender tus iras,
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Sin que también
destierres de mi seno
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A la
naturaleza, que en él grita
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Con más fuerza que nunca?
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PELAYO.
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¿Y no gritaba
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Cuando la vil
pasión que te perdía
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Te atreviste a
escuchar, y te entregaste
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Al árabe feroz que te esclaviza?
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¿No pensabas en mí? No contemplabas
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Que era clavar en
las entrañas mías
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Un acero mortal, y atar la patria
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Al yugo atroz del musulmán tú misma?
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HORMESINDA.
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¿Qué peso puede hacer en la balanza,
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Que los reinos del mundo alza o inclina,
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De una flaca mujer la resistencia?
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Pelayo ¡ah! ¡Cuánta compasión tendrías
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De esta
desventurada, en quien ahora
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Tu enojo todo sin piedad fulminas,
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Si vieras mi
amargura y mis combates!
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Yo pudiera decirte...
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PELAYO.
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¿Y qué dirías?
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HORMESINDA.
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Que este amor a
la patria que te enciende
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Es la sola ocasión de mi desdicha.
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Yo inocente viví, nunca en mi pecho
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La llama del amor se vio encendida:
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En todas tus
fatigas y peligros
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Mi llanto y mi memoria te seguían;
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Cayó España, Pelayo, y ya aguardaba
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A verme
sepultada en sus cenizas,
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A que me arrebatase en su violencia
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El torrente feroz de la conquista,
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Cuando Gijón amenazada... El cielo...
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Perdona... El ciclo mismo mi caída
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Consiente... España opresa, los cristianos
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Mi favor implorando, y cada día
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De ese moro tan bárbaro a tus ojos
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La generosidad siempre más viva.
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Los ejemplos,
tu muerte... ¡Oh cuántas veces
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Dije: «Pelayo, a defender camina
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Tu amada hermana de tan fiera lucha»!
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Y Pelayo implorado no venía;
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Y la triste Hormesinda, abandonada
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Del cielo y de la tierra...
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PELAYO.
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¿Y
qué? ¿Por dicha,
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Aunque tu hermano perecido hubiese,
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La gloria de su nombre no vivía?
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¿No reflejaba en ti?¿Tú no debiste
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Defenderla, guardarla sin mancilla,
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Y antes morir
que recibir los dones
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Con que el moro doró nuestra ignominia?
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Yo vi, yo vi la patria desplomarse
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Del Guadalete en la funesta orilla,
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Y sin perder aliento, a sostenerla
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El hombro puse y la constancia mía.
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Tres años siempre combatiendo, España
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De mi sangre y sudor toda teñida,
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El rencor de
los árabes, al mundo
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Mi celo y mi fervor publicarían.
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Todo es ya por
demás. ¿Qué soy ahora?
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Un vil aliado de la gente impía
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Que oprime mi país. ¡Desventurada!
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Los ojos vuelve
en derredor y mira;
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No bailarás sino mártires: los unos
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Pereciendo al rigor de las cuchillas
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Del atroz sarraceno en las batallas,
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Los otros en
las cárceles agitan
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Su pesada cadena, otros, desnudos,
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Opresos, de
hambre y de miseria espiran.
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Todos te
enseñan a sufrir: ¿qué importa
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Que otras
mujeres débiles o indignas
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Se hayan rendido al musulmán halago?
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En medio del contagio debería
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Mantenerse Hormesinda ilesa y pura,
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Como a su hermano el universo mira,
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Cuando el Estado se desquicia y cae,
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Impertérrito y
firme entre sus ruinas.
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HORMESINDA.
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Pues bien: tú
ves mi error y le detestas;
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Yo también le detesto, y a mí misma.
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He aquí mi seno: hiere, y en un punto
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Acaba con tu afrenta y con mi vida.
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PELAYO.
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¿Tienes valor?¿Eres mi sangre? Aún tiempo
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Es de enmendar
tu ofensa: esas vecinas
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Montañas van a ser el fuerte asilo
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De los
cristianos que a vivir aspiran
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Libres de la
opresión. Deja ese moro
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Que con su infame seducción fascina
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Tu corazón, y atrévete a seguirme
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Adonde lejos del oprobio vivas.
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¿No respondes?
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HORMESINDA.
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Pelayo, es doloroso
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Sin duda aqueste lazo que abominas;
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Mas ya la suerte le estrechó, y...
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PELAYO.
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Acaba
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HORMESINDA.
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El deber no consiente que te siga.
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PELAYO.
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¿El deber? ¡el amor!
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HORMESINDA.
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Yo
llamo al cielo
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En testimonio...
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PELAYO.
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Calla, y no su ira
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Despiertes contra ti.
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HORMESINDA.
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Si, yo
le llamo;
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Él ve mi corazón y tu injusticia.
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PELAYO.
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Él ve triunfar
tu abominable llama
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De tu sangre y
su ley. Pues qué, ¿no miras
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Que no es tuyo su dios?
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HORMESINDA.
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Yo ofrecí al mío
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Vivir siempre con él
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PELAYO.
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¡Promesa impía!
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HORMESINDA.
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Yo la dije, él la oyó, mi pecho nunca
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La negará.
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PELAYO.
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¡Qué
horror!
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VEREMUNDO.
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Tu ardor mitiga,
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Y acuérdate que
la infeliz España
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De ti su bien y su esperanza fía.
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Huyamos de la vista del tirano.
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PELAYO.
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Adiós, mujer sacrílega; acaricia
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Al insolente moro a quien adoras,
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Conságrale tu abominable vida;
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Será por poco. Escucha: los valientes
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Se van a levantar; la tiranía
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Contrastada va a ser, y si vencemos,
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Fuerza será que al ver a la justicia
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Alzar su brazo
inexorable tiemble
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La prevaricación. Tú de ti misma
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Quéjate entonces si el horrendo crimen
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En el estrago
universal expías.
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(Vase con VEREMUNDO.)
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HORMESINDA.
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¡Bárbaro! Mi suplicio está aquí dentro;
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No es posible mayor para Hormesinda.
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