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| Escena III
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PELAYO. - DICHOS.
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PELAYO.
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Vive,
si es que vida
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Se consiente llamar una existencia
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De infortunios sin término acosada,
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Condenada al ultraje y a la afrenta.
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Pelayo soy, el hijo de Favila,
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El que por tanto tiempo en la defensa
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Del Estado sudó; cuyos trabajos
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Por toda España su renombre llevan.
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Soy el que, siempre independiente, libre,
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De entre la
ruina universal ostenta
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Exento el cuello de los hierros torpes
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Que sobre el resto de los godos pesan.
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¿Qué me sirven, empero, estos blasones,
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Cuyo bello esplendor me envaneciera,
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Si ajados ya,
por tierra derribados,
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¡Oh indignación! un árabe los huella,
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Y Hormesinda los vende?... Ciudadanos,
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Si de vos por ventura alguno tiembla
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Que en
semejante infamia sumergida
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Su hija, su hermana o su consorte sea;
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Si en él se escucha del honor el grito,
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Como en mi pecho destrozado truena
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Ese me siga a castigar mi injuria,
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Y así la suya con valor prevenga.
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ALFONSO.
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Sí, yo te seguiré; deja, Pelayo,
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(Acercándose a PELAYO
y estrechando su mano.)
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A tu diestra valiente unir mi diestra,
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Alborozarme viéndote, y contigo
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Jurar al moro inacabable guerra.
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Alfonso de Cantabria te saluda,
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Y los buenos
con él, que en tu presencia
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Ven renacer las
dulces esperanzas
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Que ya en tu
aciago fin lloraban muertas.
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No solamente a castigar tu injuria
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Te seguiré, sino a vengar con ella
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A España, que reclama nuestros brazos
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Y de tanto abandono se querella.
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Será su primer víctima Munuza.
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PELAYO.
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¡Oh ardimiento feliz! Yo bendijera
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Mis propios
males si ocasión dichosa
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De que la
patria respirase fueran.
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Bien lo sabéis:
mis débiles esfuerzos
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Osaron contrastar en su carrera
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Al feroz musulmán; nunca mi pecho
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A la esperanza falleció; mas piensa
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Que el árbol
encorvado en la borrasca.
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Sus ramas levantando ya dispersas,
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Se enderece más bello y más frondoso,
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Y con su sombra a defendernos vuelva.
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VEREMUNDO.
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Si el peligro arrostrando denodados,
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y pereciendo en él, se consiguiera
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El magnánimo fin, mi vida entonces
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Al altar de la patria por ofrenda
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La primera a inmolarse correría
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Mas la fuerza se abate con la fuerza.
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Volved la vista atrás, mirad la plaga
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Que levanta en la Arabia un vil profeta,
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La Asia y la Libia devastar, y al cabo
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En la Europa caer: a su violencia
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Arrolladas las huestes españolas,
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El gótico poder cayó con ellas,
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Y sobre él orgulloso el agareno,
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De mar a mar
tremola sus banderas.
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El español, atónito en su estrago,
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Y ya domesticado en su cadena,
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Ni de su daño y
su baldón se irrita
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Ni a los clamores del valor despierta
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PELAYO.
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¡Qué es pues el
hombre, oh cielos! ¡A su audacia
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Se ven ceder
las indomables fieras,
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Los montes rinden su orgullosa cima,
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La explosión del volcán aún no le aterra,
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¡y un hombre le subyuga! Nuestros nietos
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Vendrán y
exclamarán: ¿Por qué se sienta
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Sobre nuestra cerviz desventurada
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Del ajeno temor la injusta pena?
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¿Somos quizá
los que en Jerez huyeron,
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O los que, abandonando la defensa
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De la patria, labraron con sus manos
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Este yugo cruel
que nos sujeta?
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Así España hablará contra nosotros,
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Recordando ¡oh dolor! que a tanta afrenta,
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A una opresión tan mísera, pudimos
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Añadir el
baldón de merecerla.
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ALFONSO.
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¡Perezca aquel que sobre sí le llame!
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El pueblo, me decís, duerme y se entrega
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A los serviles hierros
que le oprimen:
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¿Quién sabe si esa mar, ahora serena,
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El soplo de los vientos sólo aguarda
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Para bramar y amenazar soberbia?
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VEREMUNDO.
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No así tan presto en la esperanza fíe
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Vuestro arrojado ardor. Y si se niega
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A seguir vuestros pasos la fortuna,
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Si sois
vencidos en tan ardua empresa,
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¿Quién guarecer a la infeliz España
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Podrá de la venganza que violenta
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En luto y sangre cubrirá al momento
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Las míseras
reliquias que aún la quedan?
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PELAYO.
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Es justa nuestra causa; el alto cielo
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La dará su lavor.
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VEREMUNDO.
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También
lo era
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Cuando en Jerez lidiábamos.
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PELAYO.
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No, amigo,
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No lo fue; yo os lo juro por la inmensa
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Pérdida que los
godos allí hicieron.
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Aún indignado el corazón se acuerda
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Que la molicie,
el crimen nos mandaban.
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En ruedas de
marfil, envuelto en sedas,
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De oro la frente orlada, y más dispuesta
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Al triunfo y al festín que a la pelea,
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El sucesor indigno de Alarico
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Llevó tras si la maldición eterna.
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¡Ah! yo lo vi: la lid por siete días
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Duró; mas no fue lid, fue una sangrienta
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Carnicería: huyeron los cobardes,
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Los traidores
vendieron sus banderas,
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Los fuertes,
los leales perecieron.
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No lo dudéis: los vicios, la insolencia
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De Witiza
y Rodrigo a Dios cansaron;
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Y ya la copa de su enojo llena,
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Abrió la mano y
la vertió en los godos,
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Que tan torpes
escándalos sufrieran.
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VEREMUNDO.
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Cedamos pues al celestial decreto
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Que a afán y cautiverio nos condena.
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Cuando menos debiéramos, sufrimos;
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¿Y habremos de
escuchar nuestra impaciencia
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Al tiempo que, oprimidos y dispersos,
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Sin fuerzas, sin
apoyo, se nos cierran
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Las puertas
hacia el bien? Dios nos castiga;
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Pleguemos ya la frente a su sentencia.
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PELAYO.
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Quizá en tantas
desgracias ya cumplida
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¡Oh españoles!
está. Ved la halagüeña
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ocasión que nos
muestra la fortuna
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Ella, moviendo su voluble rueda,
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Nos manda la osadía: ved al moro,
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Ansiando en su ambición toda la tierra..
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Salvar los
montes, inundar las Galias,
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Que hollar
también y esclavizar desea.
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Allá se precipitan sus guerreros.
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Y a España en tanto abandonada dejan
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A los que, ya
de combatir cansados,
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Al ocio muelle y al placer se entregan.
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Llena Gijón de
nobles fugitivos,
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Llenas también
las convecinas sierras,
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Brazos y asilo a un tiempo nos ofrecen,
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Y acaso culpan la tardanza nuestra.
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Demos pues la
señal. ¡Oh, cuántos pueblos
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Nos seguirán después! Mas si se niegan
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A tan bella ocasión... sirva en buen hora,
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Y la frente cobarde al yugo tienda
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El débil y estragado mediodía:
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Hijos vosotros
de estas asperezas,
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A arrostrar y vencer acostumbrados
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De la tierra y
los cielos la inclemencia,
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¿Temblaréis? ¿Cederéis? No; vuestros brazos
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Alcen de los
escombros que nos cercan
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Otro estado, otra patria y otra España
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Más grande y
más feliz que la primera.
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ALFONSO.
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¡Joven sublime! tú el camino hermoso
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De la virtud y
gloria nos presentas;
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Tu ardimiento a imitarte nos anima.
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Sigámosle,
españoles; más es fuerza,
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Si se ha de conseguir tan arduo intento,
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Que uno mande,
los otros obedezcan.
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Rodrigo pereció; y el cetro godo,
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Vilmente roto en su indolente diestra,
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Clama imperiosamente que otras manos
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En su primer
honor le restablezcan.
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Nosotros, que aspiramos a esta gloria,
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Aquí debemos a la usanza nuestra
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El caudillo
elegir que nos conduzca,
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El rey alzar que nuestro apoyo sea.
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Mi voz nombra a Pelayo.
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PELAYO.
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Nobles godos,
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No abriguéis tal error: ¿con qué vergüenza
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Se afligiera la sombra de Ataulfo
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Descansar viendo su real diadema
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Sobre una frente que el rubor humilla?
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Buscad otra más digna en que ponerla,
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Ilustres campeones.
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ALFONSO.
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No así injuries
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A tu espléndido nombre, a tus proezas,
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Al celo de los
buenos que te admiran:
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¿Degradarte? Jamás. ¡Ah! no lo creas:
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No es dado a una mujer frívola y débil
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Manchar la gloria y trasladar su afrenta
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A aquel que sin
cesar sus pasos guía
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Del honor y virtud por la ardua senda.
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Ese escándalo torpe que te ofende,
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En lugar de apocarte,
te engrandezca
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Al terrible castigo y la venganza.
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El pueblo adora en ti, la patria espera.
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¿Podrás dudar? Valientes españoles,
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Respondedme:
¿quién es, dónde se encuentra
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El que con más ardor se ha ennoblecido
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En esta grande y desigual contienda?
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¿Quién, de
tantas desgracias a despecho,
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Jamás
desesperó? ¿Quién nos alienta,
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Y en nombre de
la patria nos inflama?
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LOS NOBLES.
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Pelayo.
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ALFONSO.
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¿Quién
pues ser nuestra cabeza
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Más bien
merece, y fundador ilustre
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Del nuevo estado que a rayar comienza?
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LEANDRO.
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Pelayo.
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ALFONSO.
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Él
nuestro rey, caudillo nuestro
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Debe ser, ciudadanos.
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LOS NOBLES.
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Él lo sea.
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ALFONSO.
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¿Oyes el voto universal? Ahora
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Vil deserción tu resistencia fuera.
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(Coge un escudo, y se presenta
con él a PELAYO en actitud reverente.)
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No es el trono opulento de Rodrigo
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Cercado de
delicias y riquezas,
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Sumergido en el ocio y la molicie,
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El que a ti los cristianos te presentan
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Los peligros,
la muerte, las batallas
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Tu débil solio sin cesar asedian;
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Mas la gloria y la patria al mismo tiempo
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A par de ti se acercarán con ellas.
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Tus vasallos
son pocos, mas leales,
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Todos por mí te ofrecen su obediencia;
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He aquí el escudo, emblema del esfuerzo
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Con que debes
velar en su defensa.
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Hasta aquí mi igual fuiste: desde ahora
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Yo te llamo mi rey; y a tus excelsas
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Virtudes y a tu
gloria el homenaje
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Rindo que un tiempo les dará la tierra.
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Plegue a Dios que la nueva monarquía
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Que hoy por un punto tan estrecho empieza,
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Abarque toda España,
y que tu espada
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Cetro del mundo con el tiempo sea.
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PELAYO.
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(Poniendo la mano sobre el escudo.)
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Pues yo ofrezco a mi vez, ínclitos godos,
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Ser en la dura
lid que nos espera
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Siempre el primero, y siempre conduciros
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Donde las palmas del honor se elevan.
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Respeto eterno a la justicia juro:
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Si en algún tiempo lo olvidare, puedan
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Verter en mi su indignación los cielos
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Con más rigor
que el que en Rodrigo emplean.
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Deshecho entonces mi poder...
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