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Manuel José Quintana
Pelayo

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Escena III

PELAYO. - DICHOS.

PELAYO.

     Vive, si es que vida

 

Se consiente llamar una existencia

 

De infortunios sin término acosada,

 

Condenada al ultraje y a la afrenta.

 

Pelayo soy, el hijo de Favila,

 

El que por tanto tiempo en la defensa

 

Del Estado sudó; cuyos trabajos

 

Por toda España su renombre llevan.

 

Soy el que, siempre independiente, libre,

 

De entre la ruina universal ostenta

 

Exento el cuello de los hierros torpes

 

Que sobre el resto de los godos pesan.

 

¿Qué me sirven, empero, estos blasones,

 

Cuyo bello esplendor me envaneciera,

 

Si ajados ya, por tierra derribados,

 

¡Oh indignación! un árabe los huella,

 

Y Hormesinda los vende?... Ciudadanos,

 

Si de vos por ventura alguno tiembla

 

Que en semejante infamia sumergida

 

Su hija, su hermana o su consorte sea;

 

Si en él se escucha del honor el grito,

 

Como en mi pecho destrozado truena

 

Ese me siga a castigar mi injuria,

 

Y así la suya con valor prevenga.

ALFONSO.

Sí, yo te seguiré; deja, Pelayo,

(Acercándose a PELAYO y estrechando su mano.)

 

A tu diestra valiente unir mi diestra,

 

Alborozarme viéndote, y contigo

 

Jurar al moro inacabable guerra.

 

Alfonso de Cantabria te saluda,

 

Y los buenos con él, que en tu presencia

 

Ven renacer las dulces esperanzas

 

Que ya en tu aciago fin lloraban muertas.

 

No solamente a castigar tu injuria

 

Te seguiré, sino a vengar con ella

 

A España, que reclama nuestros brazos

 

Y de tanto abandono se querella.

 

Será su primer víctima Munuza.

PELAYO.

¡Oh ardimiento feliz! Yo bendijera

 

Mis propios males si ocasión dichosa

 

De que la patria respirase fueran.

 

Bien lo sabéis: mis débiles esfuerzos

 

Osaron contrastar en su carrera

 

Al feroz musulmán; nunca mi pecho

 

A la esperanza falleció; mas piensa

 

Que el árbol encorvado en la borrasca.

 

Sus ramas levantando ya dispersas,

 

Se enderece más bello y más frondoso,

 

Y con su sombra a defendernos vuelva.

VEREMUNDO.

Si el peligro arrostrando denodados,

 

y pereciendo en él, se consiguiera

 

El magnánimo fin, mi vida entonces

 

Al altar de la patria por ofrenda

 

La primera a inmolarse correría

 

Mas la fuerza se abate con la fuerza.

 

Volved la vista atrás, mirad la plaga

 

Que levanta en la Arabia un vil profeta,

 

La Asia y la Libia devastar, y al cabo

 

En la Europa caer: a su violencia

 

Arrolladas las huestes españolas,

 

El gótico poder cayó con ellas,

 

Y sobre él orgulloso el agareno,

 

De mar a mar tremola sus banderas.

 

El español, atónito en su estrago,

 

Y ya domesticado en su cadena,

 

Ni de su daño y su baldón se irrita

 

Ni a los clamores del valor despierta

PELAYO.

¡Qué es pues el hombre, oh cielos! ¡A su audacia

 

Se ven ceder las indomables fieras,

 

Los montes rinden su orgullosa cima,

 

La explosión del volcán aún no le aterra,

 

¡y un hombre le subyuga! Nuestros nietos

 

Vendrán y exclamarán: ¿Por qué se sienta

 

Sobre nuestra cerviz desventurada

 

Del ajeno temor la injusta pena?

 

¿Somos quizá los que en Jerez huyeron,

 

O los que, abandonando la defensa

 

De la patria, labraron con sus manos

 

Este yugo cruel que nos sujeta?

 

Así España hablará contra nosotros,

 

Recordando ¡oh dolor! que a tanta afrenta,

 

A una opresión tan mísera, pudimos

 

Añadir el baldón de merecerla.

ALFONSO.

¡Perezca aquel que sobre sí le llame!

 

El pueblo, me decís, duerme y se entrega

 

A los serviles hierros que le oprimen:

 

¿Quién sabe si esa mar, ahora serena,

 

El soplo de los vientos sólo aguarda

 

Para bramar y amenazar soberbia?

VEREMUNDO.

No así tan presto en la esperanza fíe

 

Vuestro arrojado ardor. Y si se niega

 

A seguir vuestros pasos la fortuna,

 

Si sois vencidos en tan ardua empresa,

 

¿Quién guarecer a la infeliz España

 

Podrá de la venganza que violenta

 

En luto y sangre cubrirá al momento

 

Las míseras reliquias que aún la quedan?

PELAYO.

Es justa nuestra causa; el alto cielo

 

La dará su lavor.

VEREMUNDO.

          También lo era

 

Cuando en Jerez lidiábamos.

PELAYO.

    No, amigo,

 

No lo fue; yo os lo juro por la inmensa

 

Pérdida que los godos allí hicieron.

 

Aún indignado el corazón se acuerda

 

Que la molicie, el crimen nos mandaban.

 

En ruedas de marfil, envuelto en sedas,

 

De oro la frente orlada, y más dispuesta

 

Al triunfo y al festín que a la pelea,

 

El sucesor indigno de Alarico

 

Llevó tras si la maldición eterna.

 

¡Ah! yo lo vi: la lid por siete días

 

Duró; mas no fue lid, fue una sangrienta

 

Carnicería: huyeron los cobardes,

 

Los traidores vendieron sus banderas,

 

Los fuertes, los leales perecieron.

 

No lo dudéis: los vicios, la insolencia

 

De Witiza y Rodrigo a Dios cansaron;

 

Y ya la copa de su enojo llena,

 

Abrió la mano y la vertió en los godos,

 

Que tan torpes escándalos sufrieran.

VEREMUNDO.

Cedamos pues al celestial decreto

 

Que a afán y cautiverio nos condena.

 

Cuando menos debiéramos, sufrimos;

 

¿Y habremos de escuchar nuestra impaciencia

 

Al tiempo que, oprimidos y dispersos,

 

Sin fuerzas, sin apoyo, se nos cierran

 

Las puertas hacia el bien? Dios nos castiga;

 

Pleguemos ya la frente a su sentencia.

PELAYO.

Quizá en tantas desgracias ya cumplida

 

¡Oh españoles! está. Ved la halagüeña

 

ocasión que nos muestra la fortuna

 

Ella, moviendo su voluble rueda,

 

Nos manda la osadía: ved al moro,

 

Ansiando en su ambición toda la tierra..

 

Salvar los montes, inundar las Galias,

 

Que hollar también y esclavizar desea.

 

Allá se precipitan sus guerreros.

 

Y a España en tanto abandonada dejan

 

A los que, ya de combatir cansados,

 

Al ocio muelle y al placer se entregan.

 

Llena Gijón de nobles fugitivos,

 

Llenas también las convecinas sierras,

 

Brazos y asilo a un tiempo nos ofrecen,

 

Y acaso culpan la tardanza nuestra.

 

Demos pues la señal. ¡Oh, cuántos pueblos

 

Nos seguirán después! Mas si se niegan

 

A tan bella ocasión... sirva en buen hora,

 

Y la frente cobarde al yugo tienda

 

El débil y estragado mediodía:

 

Hijos vosotros de estas asperezas,

 

A arrostrar y vencer acostumbrados

 

De la tierra y los cielos la inclemencia,

 

¿Temblaréis? ¿Cederéis? No; vuestros brazos

 

Alcen de los escombros que nos cercan

 

Otro estado, otra patria y otra España

 

Más grande y más feliz que la primera.

ALFONSO.

¡Joven sublime! tú el camino hermoso

 

De la virtud y gloria nos presentas;

 

Tu ardimiento a imitarte nos anima.

 

Sigámosle, españoles; más es fuerza,

 

Si se ha de conseguir tan arduo intento,

 

Que uno mande, los otros obedezcan.

 

Rodrigo pereció; y el cetro godo,

 

Vilmente roto en su indolente diestra,

 

Clama imperiosamente que otras manos

 

En su primer honor le restablezcan.

 

Nosotros, que aspiramos a esta gloria,

 

Aquí debemos a la usanza nuestra

 

El caudillo elegir que nos conduzca,

 

El rey alzar que nuestro apoyo sea.

 

Mi voz nombra a Pelayo.

PELAYO.

  Nobles godos,

 

No abriguéis tal error: ¿con qué vergüenza

 

Se afligiera la sombra de Ataulfo

 

Descansar viendo su real diadema

 

Sobre una frente que el rubor humilla?

 

Buscad otra más digna en que ponerla,

 

Ilustres campeones.

ALFONSO.

No así injuries

 

A tu espléndido nombre, a tus proezas,

 

Al celo de los buenos que te admiran:

 

¿Degradarte? Jamás. ¡Ah! no lo creas:

 

No es dado a una mujer frívola y débil

 

Manchar la gloria y trasladar su afrenta

 

A aquel que sin cesar sus pasos guía

 

Del honor y virtud por la ardua senda.

 

Ese escándalo torpe que te ofende,

 

En lugar de apocarte, te engrandezca

 

Al terrible castigo y la venganza.

 

El pueblo adora en ti, la patria espera.

 

¿Podrás dudar? Valientes españoles,

 

Respondedme: ¿quién es, dónde se encuentra

 

El que con más ardor se ha ennoblecido

 

En esta grande y desigual contienda?

 

¿Quién, de tantas desgracias a despecho,

 

Jamás desesperó? ¿Quién nos alienta,

 

Y en nombre de la patria nos inflama?

LOS NOBLES.

Pelayo.

ALFONSO.

            ¿Quién pues ser nuestra cabeza

 

Más bien merece, y fundador ilustre

 

Del nuevo estado que a rayar comienza?

LEANDRO.

Pelayo.

ALFONSO.

           Él nuestro rey, caudillo nuestro

 

Debe ser, ciudadanos.

LOS NOBLES.

 Él lo sea.

ALFONSO.

¿Oyes el voto universal? Ahora

 

Vil deserción tu resistencia fuera.

(Coge un escudo, y se presenta con él a PELAYO en actitud reverente.)

 

No es el trono opulento de Rodrigo

 

Cercado de delicias y riquezas,

 

Sumergido en el ocio y la molicie,

 

El que a ti los cristianos te presentan

 

Los peligros, la muerte, las batallas

 

Tu débil solio sin cesar asedian;

 

Mas la gloria y la patria al mismo tiempo

 

A par de ti se acercarán con ellas.

 

Tus vasallos son pocos, mas leales,

 

Todos por mí te ofrecen su obediencia;

 

He aquí el escudo, emblema del esfuerzo

 

Con que debes velar en su defensa.

 

Hasta aquí mi igual fuiste: desde ahora

 

Yo te llamo mi rey; y a tus excelsas

 

Virtudes y a tu gloria el homenaje

 

Rindo que un tiempo les dará la tierra.

 

Plegue a Dios que la nueva monarquía

 

Que hoy por un punto tan estrecho empieza,

 

Abarque toda España, y que tu espada

 

Cetro del mundo con el tiempo sea.

PELAYO.

(Poniendo la mano sobre el escudo.)

Pues yo ofrezco a mi vez, ínclitos godos,

 

 

Ser en la dura lid que nos espera

 

 

Siempre el primero, y siempre conduciros

 

 

Donde las palmas del honor se elevan.

 

 

Respeto eterno a la justicia juro:

 

 

Si en algún tiempo lo olvidare, puedan

 

 

Verter en mi su indignación los cielos

 

 

Con más rigor que el que en Rodrigo emplean.

 

 

Deshecho entonces mi poder...

 




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