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Manuel José Quintana
Pelayo

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EscenaIV

 

UN GIJONÉS. - DICHOS.

 

GIJONÉS.

Cristianos,

 

 

Volved la vista a la desgracia nueva

 

 

Que asalta a nuestra patria: ya Munuza

 

 

Su indigna atrocidad descubre entera.

 

 

La indulgencia y piedad que antes mostraba

 

 

A nuestra desventura, a nuestras penas,

 

 

Fingidas fueron, cebo pernicioso

 

 

De su vil seducción: la ley perversa

 

 

De ser esclavo o musulmán el godo

 

 

Se publica mañana.

 

ALFONSO.

             ¡Oh si pudiera

 

 

Mañana ser el venturoso día

 

 

De oprimirle!

 

GIJONÉS.

       Sabed que ahora se observa

 

 

Un repentino y grande movimiento

 

 

En su alcázar; las armas centellean,

 

 

Y la guardia se dobla: un mensajero,

 

 

De Mérida enviado, es quien altera

 

 

El tranquilo silencio de la noche.

 

LEANDRO.

Prevengámosle, godos; que perezca

 

 

El tirano mañana a nuestras manos.

 

VEREMUNDO.

¿Y no teméis la muchedumbre fiera

 

 

De sus soldados? Dilatadlo os ruego:

 

 

Bastantes aún no sois; haced que vengan

 

 

A unirse con vosotros los cristianos

 

 

Que esconden fugitivos esas sierras.

 

PELAYO.

¡O mañana o jamás! ¿Queréis, por dicha,

 

 

Vuestra fortuna abandonar expuesta

 

 

A la cobarde sugestión del miedo,

 

 

De la perfidia a la doblez funesta?

 

 

Mañana cuando el bárbaro en la plaza,

 

 

Haciendo ostentación de su insolencia,

 

 

Diere esa ley fanática, y el pueblo

 

 

Hervir de oculta cólera se sienta,

 

 

Entonces todos levantad a un tiempo

 

 

El fiero grito de improvista guerra,

 

 

Y proclamando en él la fe y la patria,

 

 

Los fieles concitad a defenderlas.

 

ALFONSO.

Al ardor que en mí siento, a la esperanza

 

 

Que en este instante el corazón me alienta,

 

 

No hay que dudar, vencemos. ¡Oh cristianos!

 

 

Traidor se llame y maldecido muera

 

 

El que sin la victoria o sin la muerte

 

 

Su brazo aparte de tan santa empresa.

 

 

Sobre este acero al Dios que nos escucha

 

 

O vencer o morir juro.

 

LEANDRO.

(Asiendo la mano de Alfonso.)        En tu diestra

 

 

Lo juro yo también.

 

VEREMUNDO.

(Acercándose a ellos en ademán de asir sus manos.) Y yo.

 

LOS NOBLES.

(Todos hacen el ademán de Alfonso, jurando por su espada.)

 

No hay nadie

 

 

Que ansioso no lo jure.

 

PELAYO.

  ¡Oh Providencia!

 

 

Sí, que mañana al acabar el día,

 

 

O vencer o morir el sol nos vea.

 




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