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Escena I
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HORMESINDA, ALVIDA.
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ALVIDA.
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Vuelve en tu acuerdo al fin, mísera amiga:
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¿De qué te
sirve la agitada planta
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Aquí y allí
mover, y en hondos ayes
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Los ámbitos
llenar de aqueste alcázar?
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A tu anhelante
afán nadie responde;
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Y el ceño con que
escuchan tus palabras,
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Doblándote la duda y la zozobra,
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Doblan también
de tu dolor las ansias.
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Ven a tu estancia, y el querer del cielo
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Aguardemos allí.
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HORMESINDA.
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Sólo desgracias
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Ordenará: tú ves cómo en mi daño
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Cuanto pensé ¡infeliz! todo se cambia.
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El amor de mi
patria y de los míos
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Prendió en mi pecho la funesta llama
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Que me va a consumir; este himeneo
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Juzgaba yo que a la afligida España
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Anuncio fuese de quietud, y al moro
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De templanza y
quietud prenda sagrada.
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¡Qué engaño tan cruel! Formado apenas,
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Mi hermano se presenta, me amenaza,
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Me aterra... ¡Ah! ¿por qué el suelo en aquel punto
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No se abrió y me tragó?
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ALVIDA.
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Tú misma agravas
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El peso de tu afán: aunque a Pelayo
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Ardiendo ves en repentina saña
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Por este
enlace, al fin de la prudencia
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Escuchará la voz, cuando cerradas
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Las sendas todas a vengarse encuentre.
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HORMESINDA.
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¡Prudencia, Alvida, en él! ¿Cuándo escucharla
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Se le vio si a su vista se presentan
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Gloria, virtud y pundonor y patria?
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Vino a perderme y a perderse; él fía
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En gentes
abatidas y humilladas,
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Donde hallar encendida espera en vano
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De su mismo valor la noble llama.
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¿Quién sabe si a estas horas?... ¿Tú lo viste
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Cuando llegó la misteriosa carta
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Que a Munuza de
Mérida se envía,
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Todo agitarse aquí, doblar las guardias,
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Y salir Ismael... Tiemblo al pensarlo.
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¿Si fue un
aviso? Incierta y agitada,
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No sé qué hacer. Escucha, no a mi esposo
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Vida le dio una tigre en sus entrañas,
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Ni las sierpes
de Libia sustentaron
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Con ponzoña y rencor su tierna infancia.
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De hombres
nació, y es hombre; y pues que ha sido
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Ya sensible al amor, también entrada
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Dará en su pecho a la piedad. Alvida,
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Puede ser que
arrojándome a sus plantas,
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Diciéndole yo misma...
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ALVIDA.
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¡Oh! no te fíes,
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No al eco atiendas de esperanzas vanas.
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¿Munuza usar clemencia con Pelayo?
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Error ¡funesto error! Quizá ignorada
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Su suerte aún es del moro; ¿y tú serías
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La que le señalase a su venganza?
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HORMESINDA.
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Con que ¿el perdón a tantos concedido
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Sólo a mi sangre ese cruel negara?
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¿Y nada, al fin, conseguirá mi llanto,
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Mis tiernos
ruegos, mi cariño?...
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ALVIDA.
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Nada.
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¿Qué vale todo al tiempo que le gritan
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La voz terrible del sangriento Audalla,
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La ambición de
mandar que te devora,
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Su ley feroz,
que a la crueldad le arrastra?
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HORMESINDA.
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¡Así huirán
pues mis esperanzas todas,
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Todas las ilusiones
de bonanza
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Que mi amor se fingió!... Sí; de los cielos
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La saña incontrastable desplomada
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Siento que viene sobre mí: la tumba
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Me espera, y allá voy; pero manchada
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Con sangre fratricida, odiosa a un tiempo
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A mi hermano, a mi amante...
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ALVIDA.
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¡Ay triste! calla:
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Él se acerca;
en ti vuelve, hunde en tu pecho,
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Por no irritarle, tus amargas ansias.
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