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Manuel José Quintana
Pelayo

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Acto cuarto

Escena I

HORMESINDA, ALVIDA.

ALVIDA.

Vuelve en tu acuerdo al fin, mísera amiga:

 

¿De qué te sirve la agitada planta

 

Aquí y allí mover, y en hondos ayes

 

Los ámbitos llenar de aqueste alcázar?

 

A tu anhelante afán nadie responde;

 

Y el ceño con que escuchan tus palabras,

 

Doblándote la duda y la zozobra,

 

Doblan también de tu dolor las ansias.

 

Ven a tu estancia, y el querer del cielo

 

Aguardemos allí.

HORMESINDA.

  Sólo desgracias

 

Ordenará: tú ves cómo en mi daño

 

Cuanto pensé ¡infeliz! todo se cambia.

 

El amor de mi patria y de los míos

 

Prendió en mi pecho la funesta llama

 

Que me va a consumir; este himeneo

 

Juzgaba yo que a la afligida España

 

Anuncio fuese de quietud, y al moro

 

De templanza y quietud prenda sagrada.

 

¡Qué engaño tan cruel! Formado apenas,

 

Mi hermano se presenta, me amenaza,

 

Me aterra... ¡Ah! ¿por qué el suelo en aquel punto

 

No se abrió y me tragó?

ALVIDA.

   Tú misma agravas

 

El peso de tu afán: aunque a Pelayo

 

Ardiendo ves en repentina saña

 

Por este enlace, al fin de la prudencia

 

Escuchará la voz, cuando cerradas

 

Las sendas todas a vengarse encuentre.

HORMESINDA.

¡Prudencia, Alvida, en él! ¿Cuándo escucharla

 

Se le vio si a su vista se presentan

 

Gloria, virtud y pundonor y patria?

 

Vino a perderme y a perderse; él fía

 

En gentes abatidas y humilladas,

 

Donde hallar encendida espera en vano

 

De su mismo valor la noble llama.

 

¿Quién sabe si a estas horas?... ¿Tú lo viste

 

Cuando llegó la misteriosa carta

 

Que a Munuza de Mérida se envía,

 

Todo agitarse aquí, doblar las guardias,

 

Y salir Ismael... Tiemblo al pensarlo.

 

¿Si fue un aviso? Incierta y agitada,

 

No qué hacer. Escucha, no a mi esposo

 

Vida le dio una tigre en sus entrañas,

 

Ni las sierpes de Libia sustentaron

 

Con ponzoña y rencor su tierna infancia.

 

De hombres nació, y es hombre; y pues que ha sido

 

Ya sensible al amor, también entrada

 

Dará en su pecho a la piedad. Alvida,

 

Puede ser que arrojándome a sus plantas,

 

Diciéndole yo misma...

ALVIDA.

  ¡Oh! no te fíes,

 

No al eco atiendas de esperanzas vanas.

 

¿Munuza usar clemencia con Pelayo?

 

Error ¡funesto error! Quizá ignorada

 

Su suerte aún es del moro; ¿y tú serías

 

La que le señalase a su venganza?

HORMESINDA.

Con que ¿el perdón a tantos concedido

 

Sólo a mi sangre ese cruel negara?

 

¿Y nada, al fin, conseguirá mi llanto,

 

Mis tiernos ruegos, mi cariño?...

ALVIDA.

     Nada.

 

¿Qué vale todo al tiempo que le gritan

 

La voz terrible del sangriento Audalla,

 

La ambición de mandar que te devora,

 

Su ley feroz, que a la crueldad le arrastra?

HORMESINDA.

¡Así huirán pues mis esperanzas todas,

 

Todas las ilusiones de bonanza

 

Que mi amor se fingió!... Sí; de los cielos

 

La saña incontrastable desplomada

 

Siento que viene sobre mí: la tumba

 

Me espera, y allá voy; pero manchada

 

Con sangre fratricida, odiosa a un tiempo

 

A mi hermano, a mi amante...

ALVIDA.

   ¡Ay triste! calla:

 

Él se acerca; en ti vuelve, hunde en tu pecho,

 

Por no irritarle, tus amargas ansias.




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