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Manuel José Quintana
Pelayo

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Escena I

PELAYO, LEANDRO.

LEANDRO.

En esta cárcel lóbrega, espantosa,

 

Donde toda esperanza se nos niega,

 

Donde tiene la muerte en nuestro daño

 

Su mano inevitable ya suspensa,

 

No al fin el hado adverso que nos pierde

 

Enteramente su rigor desplega,

 

Y el alivio, aunque amargo, nos permite

 

De unir nuestro dolor y nuestras quejas.

 

Mas tú entre tanto silencioso escuchas,

 

Y sumergido en tu profunda pena,

 

Ni aún levantas los ojos a tu amigo.

 

¿Acaso el heroísmo, la firmeza

 

Que tantos males superaba un tiempo,

 

En el último trance ya flaquea?

PELAYO

¡Tu amigo desmayar! ¡Ah! tú lo sabes

 

Si de tan santa causa en la defensa

 

Esquivé alguna vez riesgo o fatiga.

 

¡Mas mientras dura la mortal pelea,

 

En ocio vil y vergonzoso verme

 

Esperando la muerte como espera

 

La maniatada víctima el cuchillo!

LEANDRO.

Cuando el forzoso término se acerca,

 

¿Qué vale murmurar contra el camino

 

Que sin recurso a fenecer nos lleva?

 

No, empero, sin venganza al fin morimos,

 

Y ya nuestros amigos...

PELAYO.

  ¡Ah! pudiera

 

Llamarlos con mi vez, darles aliento,

 

¡Al eco ronco de las armas fieras

 

Exaltarme y lidiar! Y si el destino

 

Triunfaba de mi vida en la pelea,

 

Muriera; pero al menos combatiendo

 

Contra esos fieros árabes muriera.

 

Así el fin a mi vida igualaría,

 

Así el poder y dignidad suprema

 

A que ayer me vi alzar se autorizaban;

 

Mas yo preso aquí estoy, y ellos pelean;

 

Ellos mueren con honra, yo en oprobio.

LEANDRO.

Basta a tu gloria tu inmortal carrera;

 

Y el mundo todo al contemplar tu suerte,

 

Llanto y admiración hará sobre ella.

 

Tú cual Pelayo morirás; mi alma,

 

De ardor sublime y de constancia llena,

 

Se elevará a tu ejemplo, y del destino

 

Sabrá a tu lado resistir la fuerza.

 

Digna de ti será mi última hora;

 

Y cuando en las edades venideras

 

Los hijos de la patria honren tu nombre,

 

También de mí se acordarán sus lenguas

 

«En vida, en muerte acompañó a Pelayo

 

Dirán: y mi alabanza será eterna.

PELAYO.

¿Sabes si tienes patria todavía,

 

Infeliz? ¿Si a este tiempo, ya deshecha

 

La flaca resistencia de los nuestros,

 

Coronan sus cabezas las almenas

 

En los muros del pueblo?... ¡Oh Dios del mundo.

 

Señor de la victoria y de la guerra,

 

¿Has resuelto otra vez abandonarnos?

 

¿Viven pintadas en tu mente excelsa

 

Las culpas de Vitiza y de Rodrigo,

 

Sin que ya nuestra fe borrarlas pueda?

 

¡Piedad, piedad! Tiempo es aún; perdona.

 

Cuando entregada esta región se vea

 

A la superstición abominable

 

Con que tu nombre el árabe blasfema,

 

¿Será mayor tu gloria?... ¡Ay! que algún día

 

Ha de llegar en que sereno vuelvas

 

Hacia España tus ojos, y mirando

 

Las plagas que tu enojo echó sobre ella,

 

De tan fiero rigor tú mismo llores,

 

Y entonces tarde a la clemencia sea.

LEANDRO.

¿Oyes, Pelayo? La mazmorra se abre,

(Ruido de puertas.)

 

Llegó el momento de morir.

PELAYO.

    Que venga:

 

Yo a Dios bendigo en él; venga, y acabe

 

La horrible incertidumbre, la impaciencia

 

Que ya no puedo tolerar.




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