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| Escena IV
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MUNUZA, sin
alfanje; ISMAEL, MOROS. - DICHOS.
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MUNUZA.
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Moros cobardes,
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No así me
aconsejéis: tras de la mengua
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De ser vencido, la venganza sola
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Es el placer que el cielo me reserva.
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¡Oh confusión!
¿Quién de las manos mías
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Ha arrancado el alfanje? ¿En dónde quedan
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Audalla y sus
valientes? ¿Por ventura
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Todos han muerto en la fatal pelea,
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O todos ya, mirándome caído,
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De seguir a Munuza se avergüenzan?
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HORMESINDA.
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Tu esposa no: por medio a los contrarios,
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Sin aterrarse
de sus armas fieras,
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Ella te salvará; su tierno pecho
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Será el escudo
en que los golpes hieran
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Ellos se acordarán
de tus piedades...
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MUNUZA.
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¿Quién te trae
ante mí? ¿Por qué renuevas
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En mi mente hostigada la memoria
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De mi descuido
y criminal flaqueza?
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Ella es ahora mi mayor verdugo;
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Por ti perdonó un tiempo mi clemencia
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A esta ciudad rebelde que al instante
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Debió ser igualada con la tierra.
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Por ti dejé
vivir sus moradores;
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Por ti, en fin, sin arbitrio, sin defensa
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En la horrenda
traición que me asesina
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Me miro fenecer.
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HORMESINDA.
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¡Cómo
te ciega
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Tu imprudente furor! No desconozcas
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La postrera esperanza que te queda
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Yo soy tu asilo.
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MUNUZA.
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¿Tú? Cuando mi
imperio,
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Cuando mis
muertos árabes me vuelvas;
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Cuando mi gloria... di por tantos bienes
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Como tu desastrado amor me lleva,
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Ya ¿qué te
resta por hacer?
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HORMESINDA.
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Salvarte:
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Queda en esta
mansión de tu grandeza;
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Yo saldré, yo a
las plantas de Pelayo
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Me arrojaré, le
rogaré, y es fuerza
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Que respete tu vida, o que contigo
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Perecer a Hormesinda se conceda.
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MUNUZA.
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¡De Pelayo! ¿Qué dices? Al instante
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Arrástrale, Ismael, a mi presencia.
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Quiero partirle el corazón yo mismo,
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(Saca un puñal.)
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Quiero lanzar al pueblo su cabeza;
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Decirle: «Ahí
le tenéis;» y complacerme
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Cuando se cubran de terror al verla.
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HORMESINDA.
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No le busquéis.
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MUNUZA.
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Corred.
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HORMESINDA.
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Él está libre;
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No le busquéis. ¡Oh Dios! quizá se acerca
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Ya vencedor aquí: cede a su suerte.
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MUNUZA.
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Mas ¿quién fue el temerario que las puertas
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Abrió de su prisión?
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HORMESINDA.
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No lo preguntes.
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MUNUZA.
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¡Ah infeliz! ¿fuiste tú? Muere, perversa,
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(La hiere.)
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Y que mi mano en el abismo te hunda,
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Donde tu aleve ingratitud me lleva.
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HORMESINDA.
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(Cayendo en
los brazos de ALVIDA.)¡Ay
de mí!
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MUNUZA.
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Me vengué; corred conmigo
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A encontrarle, a acabar...
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(Óyese ruido de los cristianos que llegan.)
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ISMAEL.
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Pelayo llega;
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Los cristianos
le siguen vencedores:
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¿Qué resolvéis,
señor? La resistencia
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Es aquí por demás.
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