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| Manuel José Quintana Pelayo IntraText CT - Texto |
ALFONSO, VEREMUNDO.
ALFONSO.
Sí, respetable Veremundo, hoy mismo
De las murallas de Gijón me ausento,
Donde tanta flaqueza y tanto oprobio
Están mis ojos indignados viendo.
El moro triunfa, los cristianos doblan
A la dura cadena el dócil cuello,
Sin que uno sólo a murmurar se atreva
De opresión tan odiosa: no, aunque en medio
De esta vil muchedumbre apareciese
Del gran Pelayo al animoso aliento,
En vano a libertad los llamaría;
Ya nadie le entendiera.
VEREMUNDO.
Él en el seno
De la etérea mansión goza sin duda
La palma que a los mártires da el cielo
En premio a su virtud. Fiero, incansable,
Los llanos de la Bética le vieron
Casi arrancar él solo la victoria
Que vendió la perfidia al agareno.
Él atajó el raudal a la fortuna
Del soberbio Tarif cuando en Toledo
Del victorioso ejército sostuvo
La terrible pujanza un año entero.
De igual valor fue Mérida testigo;
Hasta que, puesta su cabeza a precio
Por el infame Muza, y escondido
Desde entonces su nombre en el silencio,
Ni de él, ni de Leandro, el hijo mío,
La fama volvió a hablar.
ALFONSO.
¡Dichosos ellos,
Que así por fin descansarán! Sus ojos,
Cerrados ya con sempiterno sueño,
No verán el escándalo, la afrenta
De su sangre, el sacrílego himeneo
Que hoy se va a celebrar... ¡Oh Veremundo!
Perdona esta vehemencia a mi despecho
Ser Hormesinda esposa de Munuza
Es duro oírlo y afrentoso el verlo.
VEREMUNDO.
Mal pudieran las débiles mujeres
Resistir al halago lisonjero
Del moro vencedor, cuando sus armas
Domaron ya los varoniles pechos.
Mira a la hermosa viuda de Rodrigo
Ganar desde su triste cautiverio
El corazón del joven Abdalasis,
Y ser su esposa, y ocupar su lecho.
Mira a Eudón de Aquitania dar su hija
A un árabe también, y hacerla precio
De una paz...
ALFONSO.
¿Y la hermana de Pelayo
Debió seguir tan execrable ejemplo?
Excederle debió.
VEREMUNDO.
Yo, deudo suyo,
Que la eduqué, la amé cual padre tierno,
Disculpo su flaqueza, aunque la lloro
ALFONSO.
¿Cabe disculpa en semejante yerro?
VEREMUNDO.
Sí, Alfonso, cabe: ¿por ventura ignoras
El bárbaro y terrible juramento
Que hizo Munuza? ¿Ignoras que asolada
Gijón hubiera sido en escarmiento
De su noble defensa, si Hormesinda
No la hubiera salvado con sus ruegos?
Si nuestra servidumbre es más suave,
Si aún ves en pie nuestros sagrados templos,
Los cristianos, Alfonso, a su hermosura,
A ese amor que te indigna lo debemos.
ALFONSO.
¡Abominable amor! ¡Unión impía
Que Dios va a castigar! Y ya estoy viendo
A esa desventurada, a quien seducen
Los engaños del moro, ser muy presto
Objeto miserable de sus iras.
¿Ignoras tú su condición? Violento,
Implacable y feroz, si es generoso
En la prosperidad, lo es por desprecio,
Por arrogancia. Las inquietas hondas
Que baten las murallas de este pueblo
No son más de temer en su inconstancia
Que su alma impetuosa.
VEREMUNDO.
Hasta este tiempo
Gijón sólo conoce su clemencia.
ALFONSO.
Ella se acabará; que no está lejos
(Y plegue al cielo que me engañe) el día
En que, soltando a su violencia el freno,
Del tirano engañoso que ahora alabas
La rabia al fin confesarás gimiendo.
Yo tiemblo su frenética arrogancia,
Y esta llegada repentina tiemblo
Del fiero Audalla; Audalla, conocido
Por su celo fanático y sangriento.
Adiós: a darme asilo las montañas
Bastarán de Cantabria, cuyos senos
Ofrecen a la sed del africano,
En vez de oro y placer, virtud y fierro.
Ellas me esconderán...Mas Hormesinda...