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| Manuel José Quintana Pelayo IntraText CT - Texto |
MUNUZA, HORMESINDA en un sofá sostenida por ALDIVA, en actitud de ir volviendo de un deliquio; AUDALLA algo separado y mirándolos desdeñosamente desde un lado del teatro.
MUNUZA.
¡Oh ingratitud! ¡Oh femenil flaqueza!
¿Con que, cuando debiera la alegría
Su corazón henchir, y este momento
Ser el más delicioso de su vida,
Dudar?... ¿Temblar?... ¿Desfallecer?... Y apenas
Dan sus labios el sí, cuando oprimida
De congoja mortal yerta la miro
A mis plantas caer?
ALVIDA.
Señor, mitiga
Tu enojo; ya en sí vuelve.
HORMESINDA.
¿En dónde, ¡oh cielos!
En dónde estoy?
ALVIDA.
Recóbrate, Hormesinda;
Mis brazos te sostienen; a tu lado
A tu esposo contempla
MUNUZA.
Ella le irrita
Con esa turbación.
HORMESINDA.
Ten, oh Munuza,
Piedad de esta infeliz: ¿por qué a afligirla
También los ecos de tu labio airado
Y esas miradas de furor conspiran?
MUNUZA.
¿Cuál es pues, dime, la funesta causa
De aquesta agitación tan repentina,
De ese pavor horrible que en tu frente
Y en tus ojos atónitos se pinta?
HORMESINDA.
El cielo ve la pena, los temores
Que mi interior ahora martirizan;
Y ve también a mi amorosa llama
Explayarse por él siempre más viva.
Sed contento, señor; vos ya vencisteis;
El triunfo es vuestro, la vergüenza es mía.
¡Ah! ¿Qué dirán ahora los cristianos
De esta mujer desventurada? (A Alvida.)
MUNUZA.
Olvida
Sus inútiles quejas. Ellos deben
Inclinará tus plantas la rodilla,
Y servirte en silencio.
HORMESINDA.
¿En dónde queda
El venerable anciano que solía
Con su amor y consejos ampararme?
Todo me abandonó: tú sola, Alvida,
Tú sola no desdeñas mi fortuna.
ALVIDA.
Eterno mi cariño, dulce amiga,
Siempre te seguirá.
HORMESINDA.
De estas ideas
Tiranizada ya mi fantasía,
Trémula y vacilante, a vuestro alcázar
A juraros mi fe fui conducida
Jurada está, señor, no me arrepiento,
Soy vuestra, lo seré... Cuando salían
Las fatales palabras de mi boca,
Y el acto solemnísimo cumplían,
Me pareció que, alzándose Pelayo
En medio de los dos, y ardiendo en ira,
«¿Qué te hicieron ¡oh pérfida! los tuyos
Para así abandonarlos,» me decía.
Tiembla entonces el suelo, ante mis ojos
La luz de las antorchas se amortigua,
Baña el sudor mi frente, el pie me falta,
Y opresa del afán, caigo sin vida.
¡Oh deliquio cruel!
MUNUZA.
¡Oh ilusión vana
Que todo mi placer vuelve en acíbar!
¿Ha de romper Pelayo a perseguirte
La noche eterna de la tumba fría
Que ya le esconde?
HORMESINDA.
¿Y si viviese acaso?
¡Ah, cuál entonces su dolor sería!
¡Desdichada de mí!
MUNUZA.
Lanza esas sombras
Que tu tímido espíritu atosigan:
Serénate ya, en fin. ¿Es tan difícil
Coronar el amor, labrar la dicha
A un amante, a un esposo?
HORMESINDA.
¡Ah! No: Pelayo,
Ya en el cielo ante Dios dichoso asistas,
Gozando el premio a tu valor debido,
Ya proscrito en la tierra y triste aún gimas,
Oye la voz de tu angustiada hermana:
Perdónala. Tu esfuerzo y osadía
A defender la patria no bastaron,
Sufre que yo la alivie en sus desdichas
Que yo la madre y protectora sea
De los vencidos que en su amor confían.
Él lo quiere, ¿no es cierto? ¡Ah! Yo me entrego
(Mirando tiernamente a MUNUZA.)
Al afecto imperioso que me guía,
Noble Munuza; mas consiente ahora
Que sola un breve tiempo, recogida,
Tu esposa pueda contemplar su suerte,
Acallar los temores que la agitan,
Y llenar sólo su tranquilo pecho
Del tierno y dulce amor que tú la inspiras.
(Vase con ALVIDA.)