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| Manuel José Quintana Pelayo IntraText CT - Texto |
MUNUZA, AUDALLA.
MUNUZA.
¡Oh cómo tardan!
AUDALLA.
Mas yo la causa a concebir no alcanzo
De la inquietud, de la impaciencia extraña
Que desde el punto mismo te atormenta
En que a tus manos se entregó la carta.
Guárdarte de Pelayo ella te avisa;
La fama de su muerte ha sido falsa,
Y hacia Asturias camina, donde acaso
Alguna nueva rebelión se trama.
¿Qué más alto favor de la fortuna
Pudieras esperar? Ella le arrastra
A tu poder, y el golpe que le acabe
Hace espirar la agonizante España.
MUNUZA.
Llegó el instante, sí, que yo me acuerde
De donde tuve el ser, que yo renazca
Al noble ardor, a las costumbres fieras
Que el amor de mi pecho desterraba.
Nunca hasta en este punto la sospecha
Su atroz ponzoña derramó en mi alma:
Supe lidiar, vencer, y despreciarlos,
Y dejarlos vivir. ¿Qué me importaba
Que impacientes mordiesen sus cadenas,
Si ya a romperlas su valor no basta?
¿Quieres saber mi agitación? Pues vuelve,
Vuelve la vista a la mujer ingrata,
Por cuyo amor y artificioso halago
El ímpetu detuve a mis venganzas,
Y mírala también, cual yo la miro,
Cómplice ser de tan inicuas tramas.
AUDALLA.
Tú sabes bien si mi rencor perdona:
Cristianos todos son, y esto me basta
Para odiarlos sin fin; mas por ventura
También, como nosotros engañada,
La muerte de Pelayo ella creía,
Y es inocente en su traición.
MUNUZA.
No, Audalla,
No es inocente: el joven que aquí mismo
Hablarla consiguió, vino a avisarla
De esta traición acaso. ¿Por qué ahora
De la tristeza en vez que antes mostraba,
De incertidumbre congojosa y viva
La miró palpitar? Pues tiembla y calla:
La perjura me vende; y... sangre, sangre
Pide a voces mi amor, vuelto ya en rabia.
AUDALLA.
Ahora sí que en ti encuentro aquel Munuza
Educado en los campos de la Arabia;
Ahora sí que en ti mira el gran Profeta
El firme musulmán que antes no hallaba.
No haya lugar a la piedad.