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Manuel José Quintana
Pelayo

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Escena III

MUNUZA, AUDALLA.

MUNUZA.

        ¡Oh cómo tardan!

AUDALLA.

Mas yo la causa a concebir no alcanzo

 

De la inquietud, de la impaciencia extraña

 

Que desde el punto mismo te atormenta

 

En que a tus manos se entregó la carta.

 

Guárdarte de Pelayo ella te avisa;

 

La fama de su muerte ha sido falsa,

 

Y hacia Asturias camina, donde acaso

 

Alguna nueva rebelión se trama.

 

¿Qué más alto favor de la fortuna

 

Pudieras esperar? Ella le arrastra

 

A tu poder, y el golpe que le acabe

 

Hace espirar la agonizante España.

MUNUZA.

Llegó el instante, sí, que yo me acuerde

 

De donde tuve el ser, que yo renazca

 

Al noble ardor, a las costumbres fieras

 

Que el amor de mi pecho desterraba.

 

Nunca hasta en este punto la sospecha

 

Su atroz ponzoña derramó en mi alma:

 

Supe lidiar, vencer, y despreciarlos,

 

Y dejarlos vivir. ¿Qué me importaba

 

Que impacientes mordiesen sus cadenas,

 

Si ya a romperlas su valor no basta?

 

¿Quieres saber mi agitación? Pues vuelve,

 

Vuelve la vista a la mujer ingrata,

 

Por cuyo amor y artificioso halago

 

El ímpetu detuve a mis venganzas,

 

Y mírala también, cual yo la miro,

 

Cómplice ser de tan inicuas tramas.

AUDALLA.

Tú sabes bien si mi rencor perdona:

 

Cristianos todos son, y esto me basta

 

Para odiarlos sin fin; mas por ventura

 

También, como nosotros engañada,

 

La muerte de Pelayo ella creía,

 

Y es inocente en su traición.

MUNUZA.

  No, Audalla,

 

No es inocente: el joven que aquí mismo

 

Hablarla consiguió, vino a avisarla

 

De esta traición acaso. ¿Por qué ahora

 

De la tristeza en vez que antes mostraba,

 

De incertidumbre congojosa y viva

 

La miró palpitar? Pues tiembla y calla:

 

La perjura me vende; y... sangre, sangre

 

Pide a voces mi amor, vuelto ya en rabia.

AUDALLA.

Ahora sí que en ti encuentro aquel Munuza

 

Educado en los campos de la Arabia;

 

Ahora sí que en ti mira el gran Profeta

 

El firme musulmán que antes no hallaba.

 

No haya lugar a la piedad.




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