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Esta es la única de mis composiciones dramáticas que hasta ahora no se haya sometido al juicio del público ni representada, ni impresa. Hacía largo tiempo que, a causa de graves ocupaciones y cuidados tenía abandonado el cultivo de este campo de la amena literatura, cuando en el año de 1849, hallándome en Nápoles con un grave cargo, se me ocurrió emprender la composición de este drama, como por vía de distracción y pasatiempo.
Tal vez el apacible clima y el hermosísimo cielo contribuyeron a despertar en mi ánimo el amortiguado gusto a la poesía; pero de seguro contribuyó a ello la circunstancia de hallarme hospedado en casa de mi amigo el duque de Rivas, embajador de S. M. C. en la corte de las Dos Sicilias. Sabido es su afición a la poesía y al teatro, que con tanto éxito ha cultivado; y apenas le insinué mi pensamiento, lo juzgó en tales términos y me estimuló de tal suerte, que al cabo puse manos a la obra.
Es de advertir que el argumento de este drama rodaba en mi cabeza, si así puede decirse, desde que leí la historia de la Revolución francesa, si bien había olvidado hasta el nombre del principal personaje. Un padre que toma el nombre de su hijo para salir por él al cadalso, y la situación de éste, al enterarse de semejante sacrificio, me parece que es una de las situaciones capaces de despertar con más fuerza en el ánimo de los espectadores el terror y la compasión, sentimientos tan propios de esta clase de composiciones.
Con este propósito, y con objeto de darle todavía colorido más fuerte, me pareció conveniente encerrar este sangriento episodio en un gran cuadro, que representase la situación de la Francia en aquella época, sin ejemplo en la historia.
El punto culminante me pareció ser el día en que cayó Robespierre y su partido, pues desde entonces puede decirse que con más o menos rapidez comenzó a descender la revolución.
Aquel momento ofrecía también una singular ventaja, pues es imposible, aun poniéndose a imaginarlo de propósito, ofrecer un cuadro tan variado, tan lleno de alternativas y de peripecias como el que presentó, en el término de veinticuatro horas, la capital de la República francesa.
Una vez concebido el plan, procuré, en cuanto estuvo a mi alcance, ofrecer con fidelidad el retrato de los varios partidos en que estaba dividida aquella malhadada nación.
En el desarrollo del argumento mis conatos se encaminaron a que creciese, en cuanto me fuese dable, el interés del drama, dividiéndole en los actos que parecían reclamarlo, y presentaba cada uno de ellos un cuadro distinto.
Nada diré del estilo ni del lenguaje; sólo sí que cada día me afirmo más en el concepto de que debe procurarse huir de toda afectación y afanarse por alcanzar la mayor sencillez.
Terminado el drama, se leyó delante de algunos españoles, que a la sazón residían en la corte de las Dos Sicilias, y alentado con el efecto que produjo, se decidió el autor a que se representase en España, poco después de volver a su patria.
Brindábase a ello la circunstancia de haberse planteado el pensamiento de restaurar el teatro español, que tanto lo había menester, y que con tantas veras reclamaba la solícita protección del Gobierno.
Desconfiando de su propio voto, y tal vez no reputando bastante imparcial el de sus particulares amigos, reunió el autor a algunos de ellos con otros literatos que a esta circunstancia allegaban la de ser autores dramáticos de merecida reputación.
Su opinión se mostró sumamente favorable al drama, y alentado con un voto de tanto peso, decidiose el autor a que se representase.
Mas antes de que se verificase, vino a tierra el plan de reforma del teatro y se deshizo la comenzada obra, de cuyos resultados el secretario de la Junta Gubernativa, creada al efecto, devolvió al autor el original de su obra, manifestándole el motivo de semejante determinación.
La situación en que desde aquella época ha quedado el teatro es tan notoria como lamentable; siendo tanto más de sentir cuanto que abundan autores de gran mérito que pudieran levantar nuestra escena a una altura desconocida desde los tiempos de Felipe IV.
Devuelto el manuscrito de este drama, ha dormido con otros durante algunos años, y quizá no hubiera salido a luz, a no ser por la circunstancia de haber decidido el autor publicar la colección completa de sus obras dramáticas. Una vez formado este propósito, era natural que le ocurriese el deseo de no dejar sepultada en el olvido una composición que tan extraña suerte había corrido y que presentaba más de un título en su abono.
Tal como se escribió entonces se da a la prensa ahora, sin haber hecho en el drama ni la más leve alteración; al público imparcial toca el calificarle.
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